cruzo un tipo que me

CRUZO UN TIPO QUE ME

Hay un hombre apoyado en la esquina de esta frase, justo
en esta esquina
que acabas de doblar para mirarlo.

Lo reconoces?
Es alto. Sus manos son más grandes que las tuyas
con más pelo.
Sus pezones tiernos no dan leche.
Su nuez nadie la abre.
Su corazón palpita en los silencios del tuyo.
Aquí-dum.
Y aquí-dum.
Aunque no lo sabe, su atractivo es abismo.
Fina, la línea de su boca.
La almohada de sus muslos,
sus tendones nos enraman.
Aunque no lo sabe
y sólo a nosotras atribuye lo grácil.

Equivocadamente. Lo grácil.

En esta época se siente algo perdido. Nos mata. Nos adora.
Cree que si nos dice que somos más astutas
nos caerá mejor
le concederemos un puesto político
junto a nuestro cepillo de dientes.
A veces nos reímos de él, pero si nos mira serio
desde un chico que cruza la calle
o un hombre ya mayor un poco solo,
tragamos saliva y apretamos el paso
radiactivadas de amor
comprensión
asco
o deseo.
Como hijo como padre
como hermano
como viudo incapaz de hacerse frente
es quien siempre imaginamos puliendo la rueda
pintando altamiradas
con el ojo en el telescopio
a punto de dar con la ecuación definitiva
programa que te desprograma.
Y aunque todo eso no haya sido sido así exactamente
ha ocupado el centro de la esfera de Vitruvio
tanto tiempo
con sus omóplatos platónicos
el vello de su ombligo
su voz amplificada por el tórax
su pereza al afeitarse.
El de la genitalidad evidente
que no duda en mostrarnos como puede
el esclavo de sí mismo y de nuestra caderidad rotunda

o el que nació mujer
el que ahora se prueba el sujetador de su madre
el que habla de la guerra cuando ya no hace la guerra
el que habla del amor cuando sólo hace la guerra.
Ha ocupado el centro de esa esfera tanto tiempo.


Se queda fuera cuando damos a luz.
Sacude la cabeza ante una pila de compresas.
Engreído. Destructivo. Picaflor.
Le vale todo.
No hay criaturas más distintas
que dos hombres hombro a hombro en una cárcel:
el que ha violado a su hija
tal vez entiende al que mató por ella
y en el comedor se sientan juntos.

Se atribuye el universo, la razón y el genio.
Cualquier terruño que se encuentre entre el sol
y el infinito.
Aunque tan vasto reino no le impida
sentirse algo culpable cuando piensa en otra.
En otro.
Y es que.
De verdad quiere ayudar con las papillas.
Pero sus portazos nos crispan.
Sus manos.
En todas han dejado alguna marca.
En esa piel nuestra que tantos poemas ha tensado
de una esquina a otra del planeta.

Se supone que ha inventado el cero y el revólver.
Aunque esto no haya sido exactamente así.
Le gusta vernos de rodillas
a cuatro patas
fregando el suelo.
O vaporosas levitando un rayo de sol
sobre el mundo.
Nos llama victimistas para darnos pena.
Se ríe de los libros que escribimos
las teorías que formulamos
nuestro estilo al aparcar.
Paternalmente, nos señala: “eso sí es
un fuera de juego”.
Nuestro XX parpadea.
Su XY forrado en cuero apesta a cerveza.
Es su Y la que no encaja
en el rompecabezas celular.
Amamos esa Y, nos preguntamos
qué es pensar en ella todo el tiempo.

En general, tienen un lío con nosotras
no menor a nuestro personal lío con ellos.
Triunfantes. Bigotudos. Pies grandes.
Impacientes. Torpes. Increíbles.
Disparando al corazón de la manzana sin herirnos.
Regresando en las astronaves del exilio por nosotras.
Guardando un papel sucio en el bolsillo
con su sudor de hormonas fluorescentes.
Mentirosos.
Deliciosos.
Ingeniosamente estériles.
Y.
Obstinados en mirarme con sus
grandes ojos fijos
desde la esquina de esa frase
que hace tiempo doblé
y a la que regreso
por si vuelvo a verlo apoyado un solo instante.

Por si vuelvo a verlo.

2007-2010

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