little afrique

Dispongo de 50 segundos para captar vuestra atención antes de que os esfuméis de link en link, con vuestras botas de siete leguas.

Vivo rodeada de bolsas negras y cajas y libros, en un piso donde la luz hace peligrar los colores. Sin cortinas.

Sin muebles.

Sólo cosas. Tiradas en el suelo con el estatuto de cosa.

Mudarse es cambiar la disposición cerebral. Cuando nos mudamos, nuestra vida pasa ante nuestros ojos. Puede hacerlo durante algunas horas [si son pocas las pertenencias que empaquetar y hay camión de mudanza abajo] o varios días [como fue nuestro caso, no con muchas cosas pero sólo dos personas desde un piso sin ascensor].

Con la firme promesa de tirar todo lo innecesario [qué crueles somos con nosotros mismos], nos proponemos una casa útil, orgánica, en la que prevalezca la luz por encima del consumismo. Sonreímos desayunando horchata con fartóns sobre un somier aún plastificado.

Hacemos inventario de manías domésticas:

1.- No soportar los zapatos de la calle en la casa. En zapatillas o descalza.

2.- Luces bajas, de mesa o de pie. Dan un aire medieval que puede estropear un poco la vista si pretendemos leernos Los Hermanos Karamazov, pero mucho más cavernoso o cavernícola. Hogareño, en fin.

3.- Necesidad de ver cielo desde la cama. A mayor proporción de cielo lejano, mayor sensación de que todo encaja y de que nos diluímos en el espacio como lágrimas en la lluvia, ranas en el estanque o píldoras en la boca

4.- Necesidad de poder realizar cómodamente la fotosíntesis desde varios rincones de la casa. Los pisos lúgubres que se los den a los de Hacienda

5.- Búsqueda placentera de escondrijos : los huecos donde se enrollan las persianas; espacios muertos entre mueble y pared; zócalo que se mueve. Esto de los escondrijos lo atribuyo a algún gen perdido de paleolítica superior, neanderthal huyendo de homo sapiens, judíos o gitanos medievales escondiendo candelabros de siete brazos o esmeraldas robadas, urraca común [Pica pica] o filibustera del XVII.

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Bajamos a la calle. A olisquear. La vida transcurre plácida. No la inmutamos. Debemos incorporarnos a ella con naturalidad.

El barrio es mucho más bullicioso que el anterior. Más joven. Demasiado tráfico. Más trapicheo. En el anterior todo eran casas con viejas medio ciegas que escudriñaban la ventana sin fuerzas, por pura terquedad. El barrio de antes se clavaba en el monte y era húmedo. La humedad vivía en tu casa, comía de tu mesa, te mordía el armario, los peines. Formaba galaxias verdes en el pan. En las fotografías.

Era un barrio literariamente tuberculoso.

El nuevo barrio es seco. Alto. Y, sobre todo, africano.

Los ves y te ven. Solos, en grupo. Ante el locutorio. Con grandes bolsas de mercancía. Cada gran ciudad del hemisferio norte tiene su little afrique, como su chinatown o su pachamama.

El nuevo barrio es ese conglomerado que nos hace sentir cosmopolitas, como si ser cosmopolita tuviese algo que ver con cosmos y con polis.

Son altos, me recuerdan a I.

Hace tiempo, conocí a Víctor Omgbá. Camerunés. La excepción de una regla. Escribe un libro semi-autobiográfico que se traduce al gallego y publica la editorial Galaxia. Colabora en el periódico de mayor tirada. Funda Equus Zebra. Esa voluntad de hibridarse que es sin duda complicada a nivel mental. Todo inmigrante es un conflicto, con o sin papeles.

Un conflicto mental, no social. Los inmigrantes, al contrario de lo que a la gente le gusta creer, no traen problemas. Los resuelven. Limpian las fosas sépticas que nadie limpiaría. Conducen el metro. Extraen el carbón. Levantan paredes. Mejoran la natalidad. Enriquecen el gastado pop local. Aportan nuevas especias y sabores a la cocina.

Aunque quizás esta visión también sea paternal: pobrecitos. Vienen a hacer lo que nadie quiere.

El mundo se ha poblado por inmigración. Tú y yo somos descendientes de inmigrantes africanos que se establecieron por despiste en europa hace un millón de años, cuando Europa ni siquiera tenía el aspecto de una ninfa griega.

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Vivo con un inmigrante. Eso me da derecho a hablar de ellos? A pontificar? Seguramente no. Pero adivino lo que es tener hemisferios cerebrales divididos en hemisferios planetarios. Hay inmigrantes que echan la llave a lo que dejan atrás. Pero muchos sueñan siempre que están en su país. Siempre. Jamás tendrán un sueño enrarecido en la mina o barriendo calles europeas. Sus sueños transcurren al otro lado, siempre.

Por Little Afrique vagabundeo, buscando un chino. Los chinos venden su trapallada barata. Kitsch. Nunca he visto un chino en un cine. Sólo cobrándome o sirviéndome tallarines al glutamato. Los chinos coinciden con los senegaleses en este barrio. No interaccionan. Los senegaleses se arremolinan ante sus locutorios, sus centros de comida y cultura, su asociación con la bandera en la puerta.

Son altos. Sus antepasados han sido [es inexplicable] transportados como sardinas al otro lado del océano para vivir y trabajar como el ganado. Su fisonomía es la del hombre que corre. Que huye. No parecen flexibles, sino ligeros. Las caderas son altas. Intentan parecerse a un árbol. A una sombra. Hablan por el móvil, compran cosas, charlan con su lejano acento francés. Nos estamos afrancesando en materia de políticas de inmigración [a pesar de las fricciones Zapatero-Sarkoszy], y no puedo dilucidar si eso es bueno o malo. Bueno o malo son categorizaciones infantiles, inmediatas. No sirven para comprender, sino para actuar en consecuencia. Bueno para el país que recibe inmigrantes? Bueno para los propios inmigrantes? Bueno para el fusion jazz? Para la literatura multicultural? Bueno para renovar la savia atascada en las raíces de la vieja Europa?

Lo extraño inquieta y atrae. Si algo no nos inquieta, entonces es menos nuevo de lo que creíamos. Por Little Afrique – o Petite Sénégal, o Cativa Mandinga– busco rostros, gestos, que me expliquen lo mucho que me pierdo, tanto como podría conmoverme. Huelen a algo. Aquí la gente es inodora y, en el peor de los casos, huele a alcohol disfrazado. Nosotros también olemos para ellos. Los japoneses de la Edad Media consideraban que los europeos que llegaban a sus costas olían a manteca rancia.

Esa puede ser una explicación. La inmigración es necesaria porque precisamos renovar nuestra atrofiada paleta de olores.

Pero no, el argumento es otro. La inmigración es inevitable y su discusión, absurda. Aquí se viene en busca de Eldorado, y esa pesquisa es honrosa y digna. Sólo llegan los mejores. Los más preparados. Los que han tenido más suerte. Los que han podido. Así se dice.

Y será por eso que echo de menos los tocados de colores de las mujeres africanas por esta provinciana Little Afrique.

Datos de interés: unos pájaros de la ría de mi pequeña ciudad- carricerines cejudos, a quien pueda interesar-, en contrapartida, invernan en Dakar. En algún momento, aves y humanos se cruzan en el Atlántico o en Gibraltar. A los pájaros la vida les pesa poco. Volar es sencillo. No sueñan. Y si sueñan, es sin dilemas geográficos.

Sueñan que están volando. Eso no los ata nunca a ningún lugar.

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