un slurp de texto

Su mano cálida de niño en mis guantes de lana barata. Caminamos por el sendero asfaltado, unos nanosegundos por detrás de nuestros alientos. El frío rodea el colegio con su invisible capa color centella. Es en días así que duele el sol.

Seguimos a una mochila. Es de plástico chino, como casi todas, con la salvedad de que esta se bambolea alegremente en la espalda de un chino auténtico, de unos seis años, que toma la mano de su padre. A este lo reconozco. Me ha chapurreado cosas en su tienda, si por casualidad he entrado a preguntar por pantallas de papel o temporizadores de horno. En una ocasión también le pregunté cómo se decía hola en chino. Quería que mi hijo viese que es posible hablar chino con un chino. He olvidado drásticamente cómo se decía hola en chino. Sólo recuerdo a Scarlett Jonahsson en una peli mala con sus labios inmarcesibles Ni hao!

Nos cruzamos con varios padres que regresan tras haber dejado ya a sus niñitos en el útero subvencionado de la Xunta. Las mañanas son de los papás -adustas, de pocas palabras- en tanto que los mediodías, con su emblemático sol y su hormigueo de jornada cumplida, son de las mamás o las abuelas con restos de croqueta o sangre seca bajo el pulgar. Los niñitos caminan sin gana, atareados en contemplarse la punta de los pies hasta que reparan en los columpios a lo lejos, tras el vapor de la mañana, ese bostezo de vapor tan cerca todavía de la tierra. Echan a correr como abalorios de un collar roto, con sus bufandas de colores ondeando al viento y los yogures líquidos a todo batir en el interior de las mochilas.

Al corrillo de madres se incorpora tímidamente la ucraniana, sus piernas de gacela, por algo la mamá más deseable de infantil. Saluda a todos con su sonrisa políglota, charla con cortesía, sin artículos determinados, con des duras, postsoviética y flexible como una gimnasta retirada. El parloteo es insustancial, por tanto necesario. Suena la musiquita folk que indica que debemos largarnos para no inmiscuirnos en el ritmo de la pedagogía. Los niños nos dicen adiós con la mano mientras no dejan de empujarse y pellizcarse en secreto, en la fila.

Regresamos por el camino asfaltado, hacia la verja de salida. Ahí se quedan esos trozos de intestino perfumado hasta dentro de cinco horas. Iremos a rescatarlos, oh, sí, y para entonces habrán escrito docenas de ies torcidas con sus puntos importantísimos orbitando el papel. En su colegio multicultural de barrio barato. Orbitando un centro urbano, que a su vez orbita un centro nacional, que a su vez, periferias de periferias, los puntos sobre las íes, los chinos Ni hao, los negros, los gitanos. Las mañanas frías en la periferia helada. Los niños que corren. El amor.

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