corte transversal de una historia de odio

Una vez le escribí una carta de amor a un ser humano a quien no conocía. Lo veía a menudo, vivía unos cuantos edificios más arriba. Solo. Hosco. No sabía mucho más.

Se la dejé en la puerta de su casa, como un bebé abandonado en una novela.

Volví a verlo al cabo de unos días.
Nunca los ojos de alguien me habían prodigado tanto odio.

Hasta entonces sólo había conocido, como formas de rechazo, la diplomática  indiferencia y la irritante compasión.
Me sorprendió encontrarme al odio por allí, hincado en la piel vuelta de aquella carta.

Es curioso el odio cuando procede de alguien de quien no conoces ni el tono exacto de su voz. Inmediatamente, pensé en la guerra. Ese individuo me consideraba su enemiga. Yo no lo había amenazado, no lo había ni mucho menos insultado. Lo había elogiado. Según mi punto de vista, claro. Todas as cartas de amor são ridiculas. Había adelantado ingenuamente unas disculpas, por si le parecía improcedente tener noticia de lo que yo opinaba. Jamás me había dirigido a él en persona. Pero yo no era esperada. Ni en presencia ni en cuerpo de letra 12, Calibri sobre papel marfil. Yo me había colado en su intimidad por un horizonte de sucesos importunos. Lo observé. Lo intimidé. Lo detoné. Probablemente, mi persona tampoco sería de su agrado. Bueno, estoy programada para aceptar tal cosa. Lo de resultar detestable… eso ya fue una novedad. Me fascinó ese odio. Era tan incongruente como puro. Una noche nos cruzamos y, durante varios taladrantes segundos, me clavó un ceño implacable [su rostro tenía algo de Lauren Bacall agitada y batida dentro de un búho; también algo de Christina Ricci] como queriendo advertirme esto: Si te acercas a medio metro de mí, te hago una cara nueva.

Se me espesó el pulso. Las estúpidas mariposas abrieron unas fauces de cocodrilo en mi estómago. Tuve ganas de vomitar.

Hasta entonces yo me había calcinado en deseo por ese hombre.
Ahora no me quedaba otra que, entre los carbones, hacerle sitio a la perplejidad.

Es posible idealizar a alguien hasta creer amarlo.
De la misma manera, es posible su reverso: idealizar en negativo [contraidealizar] a alguien hasta el odio cerval. Creo que él había logrado contraidealizarme, ver en mí la encarnación de todo lo aborrecible. Y todo sin cruzarnos una sola palabra jamás. Yendo un poco más allá, con trampantojos tales han funcionado a la perfección tanto la reproducción humana como el conflicto bélico. Los matrimonios y los divorcios. Los odi et amo. Durante siglos.

Tan chiflada es una cosa como la otra.

De modo que los dos habíamos seguido la misma trayectoria. Sólo que en sentidos diferentes.

Lo único que me quedó entonces fue escribir esto, como quien redacta un atestado. Contaba con dos singularidades físicas donde no me alcanzaba su quizás desproporcionado pero espontáneo rencor: mis sueños y mis textos. Sólo en los primeros no podía permitirme el lujo de ser glacial.

Estás dentro de mi texto, pero no dentro de mi vida.

Hielo bien duro para los moratones.

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