dispositivamente

Pueden apasionarme, trastocarme obsesivo-compulsivamente hasta neuromutarme los conceptos y valores de lo literario, del abismo literario, de la literatura, de la escritura y la lectura como fenómenos de lo más friki de la existencia humana.

Sin embargo, en general, desprecio los conceptos y valores de cierta modalidad de vida social literaria, del do ut des, de los peajes precisos para que mi nombre se repita cada cierto tiempo, del quítate tú, que me pongo yo. No desprecio a publicidad -en cierto sentido, me encanta-, pero sí los recursos promocionales zafios, fáciles, esperables. Vendidos como transgresores. Ingenuamente conformistas y limitados.

Cierta vida social social literaria: el podrido elsinor de dorians greys.

[Hay otra vida social literaria, exoplanetaria, que sí me interesa. Pero esa es otra historia y… eso].

Pueden apasionarme ciertas cuestiones derivadas de la tecnología contemporánea y de las que llevo escribiendo mínimamente desde un tiempo a esta parte [a este aparte]: la tosca y quizás sobrevalorada relación entre las máquinas y el humano, la implicación literaria de la tecnología, la captura dentro de un texto [estás dentro de este texto, pero no dentro de mi vida; dentro de este verso me estiro intentando darte alcance; dentro de este texto había algo; la vida se suspende por encima de este verso; Te mira desafiante desde esta página; A quién esperan encontrar al otro lado de este verso?; Alguna vez te sentaste por la parte de atrás de un poema; Estamos solos los dos/ y tú me haces sentir que todo esto es cierto;  Hay un hombre apoyado en la esquina de esta frase; El texto acaba aquí, son todos ellos fragmentos sueltos de poemas que por lo visto escribí entre los años 2001 y 2009, y se me revelan ahora con esa obsesión común, la de la inclusión entre los versos, la del trenzado verso-vida], las palabras hibridación y mutación y cosmos [que ahora que las repiten tantos modernos ya no me hacen tanto tilín], la relación con ese lector capturado en un texto, la glacialidad que quema como un hielo pegado a la piel, la creatividad relativa, la posteridad, el estilo entrecortado, incluso amputado, con muchos puntos, con frases o títulos sin acabar, los puntos suspensivos, las bases de datos o listas de cosas, la idea del cyborg como una joven criatura esperanzada, los autómatas, lo masculino dentro de lo femenino, los teoremas de la física, la astrofísica, los neandertales [nuestros compañeros que no pudieron serlo], los lobos [que nos dijeron no], en general lo paleo o tecnoprimitivo o, como acuña E. Fernández Porta, lo Ur, el tiempo hacia atrás [escombros revolviéndose con la terca intención de una casa, número e], la alquimia y la química, la eironeia, el rechazo de la ñoñería sentimental, de la búsqueda de dar lástima clásica de los escritores, mi torpe relación con los medios de comunicación- lo cual no deja de aliviarme- la búsqueda de un estilo literario sin afectaciones, impecable, implacable, inaplacable… puede apasionarme todo eso casi desde siempre pero desprecio episodios de esa vida social, los valores que comporta la idea de ser moderno intelectual [sí o no gafopasta]. A mi juicio, ciertos modernos no constituyen más que otra versión del pijo lacoste que ahora lo que viene a ostentar son marcas tecnológicas o bien mezcla torpemente confesionalismo y emo como producto comercial.

Yo escribo. Sé que no todo lo que debería [procrast…]. Pero a lo mejor, lo que escribo es justo lo que le hace falta la este mundo. No tiene por qué ser interesante que yo me largue 300 páginas sobre algo. Me da un pudor bestial publicar mediocridades, sobresaturaciones, superficialidades disfrazadas de, cursiladas autocomplacientes que me tiren flores, dispositivos que sólo existen para justificar una foto en un periódico, otro premio más [1/ 150.000 premios, qué valor es ese?], una entrada en un libro de texto con mi nombre en negrita o una discusión en un foro sobre mi talla.

Ya no me interesa caer bien.

Ni a los poderes públicos ni a la prensa especializada ni a los colegas de profesión.

De hecho, es mucho más honesto caer mal. Caer mal y escribir bien. No es que aspire a eso. Bien pensado, también tiene su aquel de triste. Pero sería más honesto que caer bien y escribir mal. Más acantilado. No deja salida: los que te reconozcan serán no tus amigos ni tus amantes, no los políticos que ven en ti una forma de promocionar su ideología y la idea de cultura, cuya diseminación [artificial] parece irrefutable. En nombre de la cultura,

– De la Cultura, dirás, idiota!

– Eso, de la Cultura. En nombre de la Cultura, no les da la sensación de que parece valer todo? A más Cultura, mejor. Presiento que disiento.

Los que te reconozcan serán sólo los que te leen y disfrutan de tu literatura, de tus argumentos, de tu estilo, a pesar de todo. Los que disfrutan de tu obra sin que importe medio bledo quién eres tú.

Me sé demasiado ambiciosa..

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