private tortures

A los catorce años jugué al tenis durante un año. A mí en realidad lo que me apetecía era nadar. Nadaba, nadaba yo. Pero, a ver, tenis. Me movía en un entorno de ricos sanos, nuevos ricos o, como era mi caso,  medioaltoburgueses que habían devenido súbitamente pobretones. El tenis es el deporte de todo eso. Me aburrí. Ese año fui la mejor de mi clase. Durante el torneo final, no podía soportar tener espectadores dándome ánimos. No podía soportar al público. Que la gente me mirase.

A pesar de eso, gané el torneíllo final, asqueada.

Con la literatura se me activa un mecanismo de rueditas dentadas muy parecido. Para vencer mi absoluto terror a escribir necesito saber que nadie espera que lo haga, que no hay público dándome ánimos, hablándome de un supuesto genial talento, de una presunta y alevosa valía, de un esperado  gran noveloide emergido de mi sombra en la pared mientras tecleo un qwerty. Necesito no ser mediática o, al menos, no demasiado. Sólo una cucharada de elogio y luego, soledad y curiosidad y escepticismo y deseo. Y distancia. Y Antártida [la Antártida es nuestro campo de ensayos para la vida en otros planetas. El otro día lo vi claro]. Y abismo.

No quiero exactamente que me dejen en paz.

Quiero no sentir sobre mis dedos la presión externa de que debo escribir. Y quizás así.

Quizás así.

Siquiera.

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