abismo mondariz

A ustedes no les importa que yo lo llame así.

Acabo de inventar esa manera de llamarlo. Es el efecto o técnica de la imagen que encabeza este post. Tiene otras muchas denominaciones. «Abismo Mondariz» no, desde luego.

Este efecto de perspectiva, como digo, con varios nombres: el más conocido es Droste effect [vía microsiervos pueden acceder a lúcidos y redundantes ejemplos]. Un término holandés que nos lleva a una marca de cacao con un clásico dibujo de los orígenes de la publicidad.

Droste

Sabrán de lo que les hablo. La imagen es muy similar a la de los famosos [y una pizca sobreestimados?] fractales de finales del siglo XX. El término en francés es mise en abîme. Ellos son así de poetas, así de terribles. Los franceses. Mise en abîme. Algo así como puesta en abismo.

[me fascina cómo los franceses utilizan el verbo abîmer. De un modo liviano. Despreocupado. En una crema de manos que hay en mi baño leo: mains abîmés. Manos abismadas. Se dan cuenta qué terrible? Perdidas en un vórtex espaciotemporal? Desvaneciéndose poco a poco a partir de las muñecas? Manos que caen por un pozo sen fondo mientras el resto de nuestro cuerpo las observa, espantado? Abîmer parece un acto cotidiano, casi doméstico para los franceses. Ellos sabrán por qué]

En verdad, la idea -y la técnica subyacente- consiste en abismar. Un abismo se supone que no termina nunca. En nuestro cerebro, el señor abismo comparte piso -un piso diseñado por Escher- con la idea de infinito, de ∞, de cosmos, de universo, de cielo, de átomo, de decimales de ∏… todos en un alegre vértigo craneal, tipo camarote de los Marx. Pero en este caso son las técnicas de la repetición, de la recursividad, las que alimentan ese abismo.

Incrustar una imagen en una imagen mayor e idéntica a ella, hasta que la imaginación – la de cada uno- dispare los límites de lo macro y de lo micro.

Volviendo a los franceses, en ese queso surrealistasurréalisme, también vocablo francés. Aunque aquí ya he visto muchas veces escrito subrealismo. Claro, estamos por debajo de ellos en el mapa Mercator. Normal que el surrealismo ibérico tenga un componente sub-, volvendo a los franceses -me está saliendo un texto de lo más recursivo, frases dentro de frases, un texto sumamente voilá y abîmé-, volviendo a ese queso francés y surrealista llamado La vache qui rit, traducido con mucho tino como La vaca que ríe, ahí también tenemos un ejemplo de efecto Droste o mise en abyme.

la-vaca-que-rie

Se acordarán: en una caja redonda, la vaca aparece en primer término. En un coqueto close-up. Como no podía ser de otro modo, ríe. Y, si nos fijamos en el detalle de sus pendientes, esos que suelen llevar las vacas con un número de serie, veremos que en este caso de la vaca penden dos argollas con la forma del queso La vaca que ríe, por lo que en el interior de esos pendientes nuevamente encontraremos, más pequeñita, a la misma vaca – es la misma? es un clon?-. Riendo, la vaca. Y luego ya tomamos la lupa con cierta preocupación. Porque nos hallamos cara a cara con la idea de infinito.

Y eso puede acarrearnos serios problemas de vista.

Bien. ¿Adónde quiero llegar? A Mondariz. En ese ilustre balneario de Pontevedra embotellan agua desde 1873. Lo hacen con una etiqueta de época: una ilustración de un hombre con peluca sosteniendo una botella gigante de Mondariz; dentro de la botella que sostiene está él mismo, nuevamente, sosteniendo otra botella, la misma … y así en abîme. Al viviseccionar la etiqueta de la botella, varios detalles captan nuestra atención:

mondariz (1)

uno, un hombre con peluca. También podría tratarse de una mujer disfrazada de hombre, aunque no sabemos con qué propósito sería esto último. En el teatro isabelino y en el japonés esos mejunjes andaban muy de moda. En fin, queer, trabelo, castrato, bóller dominatrix o afrancesado libertino: el prota de la botella puede ser una mezcla de todos ellos

dos, un hombre abrazando a una botella gigante

tres, un home abrazando a una botella gigante en cuya etiqueta vemos la misma escena del mismo hombre abrazando la misma botella y…

Cien años después, una niña de una casa del norte de Galiza [esperen, este discurso empieza a parecerse a los de las cenas-homenaje hollywoodienses] come apaciblemente en su cocina retro [moderna, entonces], entre dibujos de Mazinger Z, cuadernos Rubio, croquetas de su madre y la famosa botella de agua.

Y cuando alguien, probablemente su hermano, le dice:

– Eh, tú, pásame el agua

ella se queda un buen rato callada, sosteniendo la botella con temblor- la botella pesa un poco- y con gravedad -la idea de infinito, también-.

Acaba de entrar en contacto con el concepto de lo abisal y en la vida de cualquier niño eso es digno de unos minutos de reflexión y de un post en un blog años después.

La botella de agua Mondariz será observada muchas veces en los meses y años posteriores. Arrebatada de su plácida e inofensiva existencia en neveras o despensas, al acto goloso de beber agua a raudales – es una bebida golosa, pese a los disidentes- se sumará el acto científico de examinar su etiqueta hasta perderse en abismos insondables.

Una sensación que se recuperará años después:

a) con Cosmos de Carl Sagan

b) con las imágenes ocultas en 3D -sólo los puros de corazón las veían las veíamos.

c) Con Bastian leyendo La Historia Interminable dentro de La Historia Interminable

d) con el espejo cóncavo del Matrimonio Arnolfini

e) con el Don Quijote de la segunda parte hablando de la primera parte de Don Quijote

f) con el cartel de Memento

Así que hoy me salió la vena patriotera -yo, que poseo más bien nanocapilares patrioteros-y quise traer ese efecto óptico y matemático que engendra en nosotros el monstruo de lo infinitesimal desde las nieblas normandas donde pastan las vacas que ríen, desde las brumas europeas donde beben cacao Droste mezclado con cerveza en jarrahasta las nieblas galaicoportuguesas de las que brota el manantial de las aguas abismadas de Mondariz.

Y tras esta frase terrible que suena lapidaria, me despido, como no podía ser de otro modo, a la francesa.

Alehop

BSO: Sysyphus. Un hombre condenado a repetirse. El estremecedor talentísimo de los Pink Floyd de Ummagumma: la portada de este disco también es un abismo Mondariz

Memoria para injertos futuros: ojo al hacer chipirones a la plancha en la casa. Saltan mucho debido a que con el calor les explotan, precisamente, los ojos

Objeto fetiche de hoy: la elegante librea rayada que viste la misteriosa figura de la etiqueta de Mondariz. En las estanterías, junto a los libros, siempre tengo una botellita y fantaseo mucho aún…

Reflexión del día siguiente: por qué los humanos necesitamos medirnos con la idea de infinito? Porque caminamos en un espacio limitado, limitado por la atmósfera, las 4 dimensiones a nuestro alcance y nuestras sentencias, nombres y leyes físicas… y precisamos verter esa materia finita del mundo en un molde infinito? Nos alivia la idea de lo que no empieza ni termina? Nos alivia de la carga de tener que calibrar los cuándos, los cómos y los por qués? No. Porque si fuese así, no nos entregaríamos con sadismo al cálculo de esos cuándos, cómos y por qués.

Esos efectos ópticos, matemáticos, casi interpretados por nuestro cerebro como juegos, tal vez son la llave icónica de la certeza de que nunca llegaremos al fondo de las respuestas ni tampoco a su cubierta más externa. Los mise en abyme, abismos mondariz o Droste effects preparan para nosotros la cucharada de la medicina que nos hace comprender nuestra situación en el universo: en el medio de la nada, en el suburbio de una galaxia espiral, con estrellas delante, estrellas detrás, en número tan grande como nuestras preguntas retóricas lanzadas al aire con una risa negra, esperanzada. Y negro otra vez.

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