momentos estelares de la inhumanidad

Las cámaras andan por todas partes salvo por donde deberían. En no pocas ocasiones echamos de menos una o varias, desde ángulos distintos. Tendrías que verte, decimos. No me digas que no lo has grabado, amenazamos ante alguien con cara de complemento circunstancial de cuyo cuello pende una cámara bien metida en su estuche, mientras come tranquilamente. Debido a nuestro cósmico pavor a no dejar registro de cuanto nos parece registrable [todo, prácticamente] las cámaras, grabadoras y demás mecanismos de captura se incorporan a cualquier dispositivo, desde móviles a juguetes. Y llegará el día en que se nos transfieran a la piel, como un tatuaje, para ir grabando la vida a base de pestañeos o chasquidos de dedos.

Sin embargo, las cámaras no estaban hace dos siglos, en el interesante principio del XIX. Ni hace cinco ni veintiocho. Una de las virtudes del cine digital y las imágenes creadas por ordenador es su reversibilidad. El cliché las vincula al futuro y a la ciencia-ficción y olvida que también funcionan la mar de bien en el pasado: podemos recrear escenas ya no sólo históricas [algo que el teatro, el cine y sus decorados han cumplido con sus más y sus menos], sino mucho más antiguas.

Escenas previas a la vida humana, por ejemplo.

La tierra se forma –o así lo aseguran casi todos- hace 4.600 millones de años. Según esos científicos, pasa por fases y travestismos de escándalo: se congela tipo bola de nieve, se llena de metano, es bombardeada mil veces por alegres y despreocupados meteoritos que no solo no matan a nadie, sino que… En fin, es mucho tiempo, muchos cambios, primero sin agua, luego con ella, que si el ozono… Cómo sucedió todo eso? Podemos leerlo en las distintas publicaciones y teorías científicas pero hasta ayer no podíamos verlo.

Una meganeura [libélula gigante] pasa volando y golpea a la cámara; la cámara no se pierde a un gorgonópsido de caza; su visor se moja con el agua en cuyas profundidades acabamos de ver a los primeros estromatolitos conspirando vida bacteriana y ella, la cámara, asiste imperturbable a miles de años de aire irrespirable y temperaturas mortíferas; a través de ella hacemos zooms de vértigo, desde el interior explotado del meteorito del golfo mexicano hasta una diminuta primera semilla voladora, vemos morirse las plantas que serán carbón y los peces que serán petróleo [serán petróleo, mas tendrán sentido], nos extinguimos y explotamos no sé cuántas veces, podemos detenernos en el aire ante el carámbano de un glaciar y seguir el recorrido de una gota en su interior, ver una luna primeriza -veinte veces mayor que hoy- ruborizada aún a causa del polvo incandescente del que nace, escrutar el interior de las algas y los asteroides cargados de proteína nueva, ver desplazarse continentes, elevarse el Himalaya, asistir al sosiego arbóreo de un joven homo del Rift, antes del cambio climático que lo empujó un poco más hacia nosotros.

Son momentos estelares, prehumanos, emotivos a su manera, un poco inertes en sí. No vemos napoleones, grandes pasiones humanas, sutiles odios y venganzas, interiores domésticos. Pero de algún modo ese meteorito es presentado como un capitán enemigo, el huevo con el lagarto verdeazulado compone una escena íntima, los anodinos estromatolitos contagian de su persistencia, de su manía por vivir… Hasta las primeras babosas pluricelulares que se arrastran por el suelo marino nos tienen un aire simpático, chaplinesco, de voilà.

No había cámaras allí, pero la tecnología nos ayuda a avanzar un poco más hacia atrás, con imágenes a las que primero han llegado los dibujos animados [Fantasía, de Disney] . Poco a poco incorporamos más ingredientes de verosimilitud al bizcocho y el resultado es un documental como este del que estoy hablando y que vi estos días,  seguramente obsoleto en poco tiempo, pero hoy todavía capaz de emborracharnos. La formación de la tierra de -cómo no- su majestad National Geographic, escoge para nosotros algunos momentos-estrella en este largo periplo de miles de millones de años, entre los cuales la vida humana ocupa una dimensión de brizna. Es uno de esos docus de los que soy un poco bastante fan, a regañadientes lo de ser fan por lo poco fan que soy de ser fan.

Otros en ese estilo [tecnología al servicio de la imaginación, de la cámara imposible] son La tierra sin habitantes o La tierra sin nosotros [los dos muy parecidos, como mellizos hijos de productoras recién divorciadas]. Hablé de ellos hace un tiempo, aquí mismo.

La formación de la tierra cede el protagonismo indiscutible a la tierra, claro, detalle estético que comparte con los otros dos documentales que acabo de mencionar. De hecho, los humanos no aparecen si no es para mostrar cómo transforman su superficie: veremos sus famosas huellas primitivas y, ya hacia el final, el mosaico luminoso de sus ciudades. Nada más. No esperen primeros planos de rostros piojosos con su destello de inteligencia en el eclipse del iris, no esperen manos pintando bisontes con soltura o afilando esas hachas de piedra tan abundantes. No hay nada de eso. Sólo protohumanos vistos mal y de lejos. Eso sí, la tTierra es contemplada con arrebato filial, sus lavas, sus lluvias ácidas, su tenue vibración bajo el gas metano, su aspecto progenitor como Pangea, su aspecto de abuelita despistada como Gondwana, su tatarabuelo aspecto ya para nada acogedor como Rodinia, sus días de 6 horas, sus bosques, sus criaturas. El perfil de la tierra nos sobrecoge, como a marcianos o a cosmonautas, pero sobre todo como a terrícolas de paisano.

A pesar de estar buscando piso hace ya tiempo, dejar este en el que todos vivimos nos llevará lo suyo, nos costará mucho, muchos documentales como este para llevarnos en la mudanza. Y para irnos mentalizando de que, por muy habitable que nos parezca ahora este planeta, ni por asomo lo será eternamente.

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