desde G. para el Mundo

Estereotipos europeos según Alemania

Gracias a que hemos recibido al Presidente de la Junta de Accionistas de la Multinacional más arcaica de la Tierra, el resto del planeta ya sabrá situarnos sobre el mapa y clavará una chinchetita [verdadera o virtual] sobre nuestra frente y nuestras costas, elegidas ya como posible lugar de futuros y profundos veraneos. O eso me pareció entender, haciendo unas simples derivadas de dos de las declaraciones que escuché estos días de gloria papal y xacobea militancia:

“La visita de S.S. ha supuesto el bautismo internacional de nuestra televisión”, según leyó una locutora de la TVG.

“Los beneficios por la visita del Papa serán incontables”, según aventuró el ex-edil de esta ciudad que me vio nacer, crecer y todo el resto de mi ciclo biológico a la sombra de su faro. Maliciosamente, lo que se me vino a la mente al leer esa frase fue: incontables y, naturalmente, al alcance de unos pocos bien contados.

Los argumentos de venta de toda esta estupidez papal son, como no podía ser de otro modo y principalmente, estúpidos: la TVG lo ve como su gran desafío de despliegue para darse a conocer en el mundo, su puesta de largo catódica. Con todos – o algunos de- mis respetos pero, a nosotros qué coño nos importa su puesta de largo? En dónde reside exactamente el beneficio para nuestra comunidad? Todavía creen en la telegaita que el nivel de contenidos de una televisión es un indicador fiable del nivel cultural alcanzado por un país? Presencia mediática televisiva= argumento ochentero.

Por otro lado, aun admitiendo la medio verdad del argumento anteriormente expuesto, no vale cualquier emisión de contenidos para darse a conocer: una televisión que aspira a darse a conocer como un medio sólido debe hacerlo con contenidos también sólidos. No llega ser de cualquier modo una celebrity: importa en qué sentido se quiere ser una celebrity. Si aspiras a que se te reconozca como escritor/a, no hagas el payaso para salir en los medios. Si quieres ser una televisión seria, no emitas a personajes de frenopático. Del mismo modo que Dragó corre el peligro de pasar a la historia de la literatura como un pálido fuego imitador de Nabokov o Polanski debido a unas por un lado descerebradas y por otro megaaumentadas – la gente es escandalosamente idiota con lo que juzga escandaloso-  declaraciones públicas que eclipsan toda la posible brillantez o solidez de su labor -que no juzgo -, Galicia corre el peligro de saltar al clamor internacional como un bastión católico sólo porque una televisión local ha elegido ese evento [visita papal] como lo más representativo sobre su suelo.

Hace tiempo que sabíamos que buena parte del turismo moderno procede de, por un lado, el cristianismo y su afán propagador de ideas que se reducen a una y por otro, el postcolonialismo y su afán propagador de soberanías que se reducen a una. Sabíamos eso y lo creíamos superado: el nuevo turismo bebe también los vientos del humanismo, del conocimiento y respeto y en fin. No seamos retrógrados! Aunque mucho de lo otro sigue pesando en él. O es que todos los que se ampollan en el Camino lo hacen movidos por la fe, y todos los que destrozan Mallorca lo hacen movidos por su amor hacia los amaneceres mediterráneos? En Galicia hay algo más que un pastoral camino medieval que se reinventaron a finales del siglo XX asegurando que nuestra región sólo sirve para el sector servicios. Sólo sirve bien para servir. Y la leche, la pesca, las perdidas-en-el-tiempo manzanas camoesas de las que he oído hablar pero mordido jamás, las vacas cachenas, la saudade, el atlantismo, el petróleo, la madera, el granito, la celulosa, el nepotismo, el narcotráfico…? por mencionar algunos de los verdaderos negocios o actividades seculares de Galicia de las que apenas se habla, bien por bochorno o bien porque se ven inútiles en el mercado. La única razón en la que todo el mundo parece estar de acuerdo es en que potenciar aún más el sector turístico para Galicia es bueno.

Así que si viene el Papa, buenoserá, toda vez que con él se nos adviene una masa de gentes dispuestas a sintonizar nuestra tele, a volver a limpiar los restos del Prestige [ese otro gran foco de turismo], a relamer los platos con las últimas raciones de chocos en su tinta sin dejar por un momento de fotografiarnos a todos los gallegos, como fondo de sus primeros planos.

Como siempre que todo el mundo mantiene una postura monolítica acerca de un tema, conviene pararse a sospechar. O, por lo menos, a pensar: es realmente el turismo tan bueno para Galicia? Es su única salida empresarial? Los antibióticos son buenos para cargarse bacterias dañinas, pero en su ceguera se cargan también las buenas. Entre los turistas que aman las filloas, la niebla a ras y el seseo predorsal, no habrá unos cuantos miles que con su presencia echen a perder el encanto de C. V., el castro de B. o la famosa frase de “para comer, L.”?

El turismo es una credencial internacional, un salvoconducto. Garantiza un presunto cosmopolitismo, una apertura al mundo, una vez interpretada la ecuación: abrirse al mundo es abrir la mente, de donde abrirse al mundo sólo desemboca en hacer caso a una agencia de viajes. Pero ese salvoconducto dura poco tiempo -tanto si somos visitantes como visitados-, su valor mengua con el paso de las décadas, de los hunos y de los otros, no deja de ser una versión del pan para hoy y hambre para mañana o del cuento de la lechera.

Me encantaría que la gente fuese de aquí a allá de un modo puro. Me encantaría que el turismo volviese a nacer.

[…]

La otra frase que sacudió nuestro espinazo estos días pentecostales y adventicios fue la que escuchamos pronunciar a S.S. en el avión que lo aterrizó directo sobre el botafumeiro: España está sufriendo un laicismo [… ] una secularización semejantes a las que vivió en los años 30.

Dicha así, parece una observación carente de estrategia, un mero apunte de un Presidente de Multinacional que ve cómo han bajado sus ventas en una zona que antes les compraba mucho. Pero, como haría George Lakoff en No pienses en un elefante, diseccionemos con bisturí el recurso literario empleado: la analogía. Es decir, la comparación: España se parece, en su terrible olvido de nosotros y nuestro producto [nosotros, la Iglesia; nuestro producto estrella, la salvación del alma humana], a esa España republicana que fue parcialmente recuperada gracias a la intestina guerra y el caudillo bilioso.

Recuerdo que de niña había dos cosas en el ancho y paralelepípedo mundo de los telediarios que me parecían inauditas: una era el apartheid [cómo es posible, si nos pasamos el día hablando de la igualdad de los seres humanos, del anti-racismo, de los negritos pobres del África en mi colegio de monjas?]; la otra era el Muro de Berlín [cómo que una ciudad está partida en dos y los de una franja no pueden ver a los de la otra? Y ahí al ladito, en Alemania? Y en pleno siglo XX! solía ser la coletilla de algún adulto de la casa].

Esa coletilla me vino igualmente al pelo una vez hube escuchado la frase del señor Presidente de la empresa I. en ese avión.: cómo es posible, en pleno siglo XXI, después de Montaigne o de Nietzsche o de Russell [quien demostró ser el Papa] o de Camus o de los Simpson…  que un tipo pueda creer que su empresa salvadora de almas posee aún algún tipo de verosimilitud o -yendo más lejos- legitimidad? Y cómo es posible que pueda apelar de un modo tan grotesco a la necesidad de una vuelta a la iglesización – no a la religión, naturalmente, es evidente que religión e Iglesia nunca han sido lo mismo, si la una supone una florescencia trascendente del pensamiento humano, la otra no es sino una empresa temporal abocada al clasismo, al poder- a la iglesización, pues, de un país en el cual dicha empresa ha devenido particularmente funesta y oscurantista?

 

David Pintor me fecit

Y cómo puede hacerlo con un planteamiento tan vil, tan contrario a la esencia de un buen cristiano o un buen hombre? Implícita en esa afirmación latía la necesidad de una vuelta a lo que se vivió entre los años 40 y los 80 del pasado siglo XX. Por qué si no elegir esa fecha, los años 30, los años de la segunda República? Por qué no decir en su lugar: España vive un proceso de secularización semejante al que se vivía durante la desamortización de Mendizábal?

Mendizábal nos queda muy lejos, ni siquiera sabemos muy bien quién es. Nadie que viva entre nosotros lo vio paseando al atardecer o se arregló alguna vez las patillas en su mismo peluquero: supone un referente remoto y sin implicaciones políticas relevantes. Pero los años 30 del pasado siglo aún están vivos, aunque sólo sea porque buena parte del cine y la literatura españolas han vivido de maquis en sus montes durante largo tiempo. Comparar la situación religiosa de la España actual con la vivida en 1930 es un recurso nada inocente: busca promover a la acción. Quizás Su S. no lo ha visto así, no todo va a ser conspiranoia en este mundo, no obstante es muy fácil continuar el razonamiento: hace falta que suceda algo, algo a nivel político y cívico y también eclesiástico, que devuelva a España la fe.

Coincido con esa línea de pensamiento que juzga inconcebible comprender el mundo sin conocer la historia de las religiones. Dentro de mi ateísmo, veo de necios negar alguna que otra pequeña bondad del cristianismo. Ahora bien, mi fe – o, en su defecto, mi respeto–  saldría fortalecida si la gran multinacional católica reconociese por una vez que su producto estrella [salvación del alma] y su medios para garantizarla [proselitismo sacramental, sucursales clasistas, represoras, hipocresía hacia la homosexualidad, predicación de un amor infinito e inhumano e inconsecuente hacia todos] hace siglos -eso es lo increíble, siglos!- que no son ni verosímiles ni legítimos. Pero que nos necesita, como una Zara o un Google cualquieras, para seguir viva. Entonces podría respetar su criterio, entrevería un crepúsculo de lucidez en su cabezona imbecilidad. Yo no tendría que estar escribiendo esto, asqueada tras haber escuchado lo que escuché. No debería ni asquearme, porque lo creía obvio y superado por casi todos. Qué hace falta para que el poder deje de aferrarse con uñas y dientes a sus prerrogativas? Son la filosofía o la ciencia manicuras demasiado suaves? Aspiran a derrocar un poder sólo para instaurar otro, como siempre ha sido?

Y no he mencionado la palabra fetiche cuando hablamos de deslegitimar el edificio vaticano: pederastia. La leña fácil, para carroñeros.

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