cómo capturar relámpagos

[artículo publicado en …mmmm… el 1 de agosto de 2009]

En un documental, un hombre que lleva 30 años persiguiendo relámpagos.

Los capturaba con una vieja Minolta. 30 años. Podría haber secuestrado más de 15000. No recuerdo la cifra de sus instantáneas, como tampoco recuerdo la de los millones de galaxias posibles. 30 años. Nerviosamente, lo contaba a cámara. Tanto relámpago metido entre manos y vértebras, tantas noches sin dormir consultando radares, conduciendo con un sandwich y una cerveza y 30 rollos fotográficos ilusionados a sus anchas en la parte trasera de la furgoneta, acabaron por contagiarle una manera de estar en fuga sobre el mundo. El tipo parecía un tic. Un tic nervioso. Un clic nervioso.

Eruption, by David O. Stilling

Suelen dejarme con la cucharada de yogur a medio camino de la boca ese tipo de personalidades: las que se obsesionan con algo tan concreto tan concreto tan concreto como el punto y aparte de una tesis doctoral. Voy a ser fotógrafo. Bien. Pero más aún: Voy a ser fotógrafo de la naturaleza. Pues… bien, bien. Voy a ser fotógrafo de la naturaleza nocturna. No sé, pues de acuerdo. Y estocada final en la punta del clavo ardiendo: Voy a ser fotógrafo de relámpagos de tormentas nocturnas.

Qué decir ante tamaña infinitesimalidad?

Eso ha adquirido ya las proporciones de concentración de un láser. Una focalización tan aguda, tan minuciosa, que nos desarma: 30 años saliendo todas las noches de mayo a octubre a cazar relámpagos. Todas las noches de mayo a octubre en vela, relampagueado. Todas las noches de mayo a octubre en un prolongado clic de expectación. Todas las…

Hace un tiempo me dediqué a buscar en la red información -y whatsoever– acerca de volcanes. Me encontré con los experimentos fotográficos y audiovisuales de un hombre, un chico joven en realidad,  que filmó como amateur varias erupciones. También fuegos de artificio. Y finsternis, esa palabra medievalmente apocalíptica -y, por tanto, muy metal– que emplean los alemanes para los eclipses. Después de cortarme el aliento viendo algunas de sus imágenes en youtube y flickr, enamorarme perdidamente de su audacia y envidiar su especial talento para los abismos, me entero de que ha muerto hace unos pocos meses, precisamente mientras filmaba sobre el Etna. Se precipitó en una grieta tras resbalar en el hielo. Su excelente trabajo fotográfico mezcla la fascinación por lo temible, la belleza sobrenatural de los límites de lo natural y en él veo indicios de esa misma laserización de una manía, igual que en el acosador de relámpagos, el lightning stalker de antes.

Me quedo con la sensibilidad del acosador de volcanes. Eso sí, ambos me parecen dignos de una película de Werner Herzog.

Etna ash eruption, by Thomas Reichart

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia antes de las calendas de julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la Terra, como llegué yo. Arne Saknussemm. Jules Verne

Existe un modo artificial de congelar un relámpago en laboratorio, creando las llamadas figuras de Lichtenberg. Con el Dynamitron de Newton Falls, como por ejemplo sucede en Ohio. Ohio. Qué lugar, Ohio. Los amish con sus carromatos verdes pintados a mano pasando ante el cobertizo contiguo, que alberga un acelerador de partículas, un Dynamitron  último modelo del universo conocido.

Así que, ante semejante noticia del Popular Science, caemos en la cuenta de que un fenómeno tan primitivo como lo es el espectáculo de una tormenta eléctrica ya se ha convertido -también- en un dispositivo portátil. Así que. Muy pronto esos bloques de metacrilato con un rayo dentro adornarán repisas, chimeneas y las cristaleras de los últimos diseños arquitectónicos.

Nuestra ingenua naturaleza portátil. Nuestra naturaleza de bolsillo. Nuestro consuelo.

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