género que huye

… y siguió corriendo por esta página arriba, en dirección a la estación de tren de la frontera, sin más destino que ese, esta página y esa estación. La hemos visto tropezar y volver a levantarse, tropezar una vez más con puntos y comas, rodar sobre una alineación de puntos suspensivos, agarrarse al gancho oxidado de una interrogación abierta. Hay momentos -los hay- en los que ansía desaparecer por un  tiempo de nuestra vista y es en esos momentos cuando se encierra en un paréntesis y sigue corriendo veladamente, casi subrepticiamente, similar a una serpiente o una comadreja; solicita nuestra atención perfilándose en negro o con una fina línea bajo sus pies a la que llamamos subrayado. Alternativamente fosforece y se opaca y marca con agua -sucia- el fondo de su existencia. Se verjura. Se recicla. Se emborrona y, contra todo pronóstico, encuentra fuerzas para seguir corriendo, sin otro fin que esa estación donde tomará el tren que la llevará lejos, lejos de la ficción en la que ha nacido, crecido, madurado apenas, lejos de la página que la somete a sus dos vectores cruzados, el tren hacia el reconocimiento tridimensional, un tren largo, sinuoso, que cruza la frontera eternamente crujientemente nevada que el tiempo amarillea según su costumbre, un tren en el que se librará de los adjetivos, de su estilo pasado de moda, de su complexión de subordinada concesiva, de su falda retórica y su contradictorio peinado; por fin se quitará –en ese tren, siempre en ese tren- sus zapatos de tinta, sus guantes binarios, el guante 0 y el guante 1, sus anillos de epíteto y su sudor redundante, quiasmos, marasmos, orgasmos definidos por una sucesión de signos que taladran la oscuridad del cráneo, la constelan de un sentido que sólo engendra sentido bebiendo de sí mismo, más de su propia droga, onanismo de su mismo signo, subsumido en palabras, sintaxis, toda su vida corriendo de un lado a otro, de un verso a otro, verso, reverso, verso, reverso, transverso, párrafo, fárrago, emparrado de paisaje, fango de razón, estructuras geodésicas en las que argumento parece sostenerse sobre el aire, fractales que propagan una realidad en fuga, tan falsa como verosímil, y en fuga esta frase y en fuga su nombre y en fuga quien lee y quien protagoniza, fuga tránsfuga página arriba, página adentro, página afuera, dice desdice, lee deslee, escribe vive suscribe vive descohibe vive vive vive…

Necesitamos tomar aire después de todo esto: como narradores, nos hemos agotado con ella.

Silba un tren. Oídlo.

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