inspíralo con ira

utilidad de la ira

Hace unos años, a alguien se le ocurrió tomarle la temperatura literaria a los pecados capitales en la revista electrónica Literaturas. Si bien no de un modo explícito, la convocatoria invitaba a reflexionar sobre lo que sigue siendo pecado y lo que no: aquello que para el cristianismo eran sustancias pecaminosas capitales, en nuestra sociedad se consideran ingredientes muy apetecibles o directamente centrales [lujuria y gula a la cabeza]. Hay otros que, a pesar de los siglos, mantienen su estatus vintage de mal vistos: la envidia, la pereza, la avaricia, la ira.

Dado el título de la revista convocante, la mayoría de los que respondían pertenecía al gremio de escritores y la mayoría de los que respondían había elegido, dejando entre paréntesis a la omnipresente lujuria,  a la pereza como su sintomático pecado capital. Alguno que otro, la gula. Casi nadie la envidia [Suso de Toro, recuerdo, sí]. Pocas soberbias [aquí habría que poner un sic, tan de moda]. Entre escritores, poca soberbia [sic]. Y poca avaricia también. Forrarse se ve que no le importa más que a cuatro pobretones. El resto de escritores son o todos nobles o viven de las rentas, como ansiaba el maldito.

Al igual que alguno más, elegí la ira. Cuando pienso en mí misma, en ese acto meticuloso que es no saber nada de uno mismo y engañarse constantemente con autocomplacencia, no me veo como una persona desagradable ni airada en exceso. Es más, evito en lo que puedo los enfrentamientos, los accesos de cólera en público, me disgusta disgustarme con alguien si el motivo es ínfimo y aunque ese alguien sea ínfimo para mí. Soy tan cortés como me permite mi epífisis. Y mi epífisis es ancha, ancha como la castilla de mi educación, como el vientre de mi frente con su ombligo y todo. Son cosas de la anatomía a las que debo obediencia y ceguera.

Sin embargo, creo que sí la padezco. Padezco ira. Brotes de ira, brotes verdes de ira, brotes primaverales y rojizos como agallas. Y me gustaría padecerla más a menudo. Limpia el cuerpo, oxigena. Reverbera tras la retina. Nos ventila de una oreja a otra, como cuando Jerry recorre el interior de Tom de una oreja a otra.

La ira es antisocial, non precisa de los otros como la gula o la lujuria o incluso la envidia o la avaricia o la soberbia. La ira y la pereza son dos pecados asociales, pueden, naturalmente, depender de otro ser vivo para manifestarse pero no es condición sine qua non: uno siempre puede descargar la pólvora de su cólera contra un anodino cepillo de dientes sólo porque se le ha caído tres veces en la mañana.

La ira es misántropa pero también objetual, y obedece a la sensación de estar vivo.

Literatura contiene, además, la palabra ira. Y basta por hoy de tópicos juegos de palabras.

He aquí la bilis que doné para el experimento aquel:

DIES IRAE

Demasiado soberbia para la envidia. Demasiado lujuriosa para la pereza. Demasiado golosa para la avaricia. Demasiado avariciosa para la soberbia…

Cómo osan preguntarme??

Escojo la ira.

Me gusta la gente airada. En un mundo que aspira a la neutralidad, a la inexpresividad, a la descafeinidad, demostrar la cólera es soberbio. Es una lujuria del genio. La gula caníbal.

La ira es atributo de dioses y emperatrices.

Rompan platos. Griten. La violencia es insoportable. La ira ayuda a descargarla con la voz, el cuerpo, la venganza. La ira es el pecado sublime y jugoso de la venganza. Appetitus inordinatus vindictae. Y una buena venganza, ya se sabe, siempre urde la malla de una buena trama. Hamlet. Conde de Montecristo. Achab. Emma Zunz. Kill Bill.

Aírense…

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