cerebelos en la Costa da Morte

 

From the series "Sunshine & Noir: Photographs of Los Angeles" by THOMAS MICHAEL ALLEMAN

 

S. me está explicando cómo se lleva a cabo la tradición del Berro Seco en las fiestas de San Fins y de pronto la conversación se bifurca hacia el misterioso mal llamado ataxia de la Costa da Morte. No sé de qué va eso. Una enfermedad endémica de mi zona, un tipo de ataxia pero de aquí. Del país. Un neurólogo, que por cierto fue músico en Milladoiro, anda investigándola. Afecta a la cabeza. El cerebelo -hace un gesto para reducir la mano a puño- se queda arrugado. Pierde sus funciones. Se atrofia.

Por un momento, pienso en los cerebelos de la Costa da Morte, resecándose sin remedio como champiñones arrancados y puestos a al sol. Se deshidratan y cambian de forma, supongo. Congrios puestos a secar al sol de la enfermedad. No entiendo nada del congrio. No entiendo nada del cráneo. No entiendo nada del campo. El campo es para mí un enigma, otro idioma. Una patología que afecta apenas a un puñado de familias en todo el mundo. Endémica. En C. de B. procedemos todos de unas pocas casas. Somos como los Borbones, de tanto liarnos entre nosotros durante siglos hemos ido de mal en peor. No os corre el viento mestizo por el ADN. No.

S. es intensamente expresivo. Me resulta difícil no atender a su voz, gravísima, hipnótica. Una voz nocturna bajo un sol llameante. Me pregunto por un momento cuántas criaturas habrán sucumbido ante una voz así, una voz de espectro. Diez? Cien? Mil? A qué joven no le gustaría que le hicieran esa pregunta! Sigue contándome, ondula las manos haciendo flotar pañuelos imaginarios de mago en la punta de los dedos. Los dedos son flexibles. Muñecas flexibles. Menciona a su abuelo. A su padre. Sorprendentemente, me esboza la sospecha de que incluso él puede portar el mal. Bueno, existe un 50% de probabilidades. Mi abuelo lo tiene. Mi padre ya muestra signos, signos que también yo he notado. No se debe fumar. Ni fumar ni mamarse, claro. Está encendiendo el tercer cigarro. Hace el gesto de beber, con el meñique respingón y el pulgar señalando los labios. Es una enfermedad neurodegenerativa, por lo visto empiezas por no coordinar bien los movimientos, haces eses al andar y tal, y acabas sordo y hecho una planta.

El humo se le sale por las comisuras de la sonrisa, como a un dragón chino.

Volvemos a hablar del Berro Seco. La conversación se reconduce y acaba por caer como una cascada al Atlántico, con despreocupación.

Sigo pensando en los cerebelos cuando nos despedimos. No se lo dije, pero había leído una vez que tocar el piano se relaciona precisamente con el cerebelo. El cerebelo automatiza movimientos. Quizás la música redima a los cerebelos. Quizás el cerebelo del abuelo de S. no se salvó por no saber música. No se lo pregunté. Tu abuelo era músico? S. es músico. S. toca, precisamente, el piano.

Acaso el neurólogo que fue flautista de Milladoiro debería poner a tocar el piano a todos los sujetos de su estudio, a todas esas familias con vínculos sanguíneos, familias de pescadores y labradores tal vez, entrelasadas como  seseos convexos, como los mimbres maravillosos de los sesteiros, familias de persebeiros y mariscadoras, de anguleiros y lancheiros, de astilleros, de redeiras derradeiras -así escribió Olga-, a todos esos encéfalos ensimismándose, ensañándose con su dueño que es siempre el mismo dueño, la misma sangre, la misma saga en las mismas coordenadas medulares, ponerlos a tocar por turnos en largos pianos de cola ante las violentas rachas de viento de la Costa da Morte. No era la música uno de nuestros modos de ensañarnos con la naturaleza? Con el destino?

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