[l]a-mantis

 

Robert &Shanna Parkeharrison

 

“La primera vez que fui a Toledo algo se me grabó al rojo en las retinas: zigzagueando por la ciudad vieja y a considerable velocidad, nos rebasó [nos peinó, diría] un Ferrari testarossa. Quién esperaba eso! Rugía con el motor de la paradoja, de lo inopinado. De lo desopilante. Un tigre rojo desgarrando con alegría la piedra sagrada, color arena, de las famosas tres religiones peninsulares. La piedra y con ella sus silencios.

En esta segunda visita, lo más increíble – si pasamos por alto el tópico del viaje en tren chuchú, increíble porque nunca creí me atrevería a montar en uno y a recomendarlo además, y del porqué del nombre calle Hombre de Palo– fue la mantis religiosa que se me posó en la pierna durante la noche, caminando hacia la parada de bus de regreso al hotel.

Al principio la confundí con un poco de hierba que había arrastrado el viento, pero me pareció una hierba insistente. Voluntariosa. Y me pareció también que el viento raleaba.

Sacudí un poco la pantorrilla y salió despedida la mantis, religiosamente la mantis. Aterrizó en la acera, en la acera toledana que aún guardaba su calor. La miramos. Era del color del Tajo, probablemente había surgido del Tajo. Una bicha del más allá, una bicha medieval del color de la arena cuando la arena toma la forma de un reloj o de una esfinge.

No tenía nada de Greco ni de Bécquer, nada Garcilasa era y mucho menos Nemorosa, aquella mantis. Ni Alfonsa X ni traductora ni berberisca. Nada. Ni los ojos damasquinados ni las patas afiladas. No había nada en ella ni de moro ni de judío ni de turista. Ella era puro paisaje en movimiento.

Nos la quedamos mirando en un pasmo, Y. y yo, y llamamos a I. que caminaba unos metros por delante, lo llamamos de un modo casi inaudible, si es que eso es posible, para no espantarla. La mantis nos regaló su quietud, orando por nuestras almas y nuestra resurrección. Aunque era imposible saber si nos miraba a nosotros o a la luna creciente o a la pantorrilla de un chico que pasaba.

El detalle me pareció tierno porque habíamos pasado buena parte de esa mañana buscando a unas religiosas que hacen dulces en Toledo. No sé, tal vez la mantis era la reencarnación de alguna de ellas, si hacemos caso al samsara, por otro lado tan lejos de la Mancha.”

Fragmento revisitado de carta a L.

Anuncios