C.

En el mundo real (MR), nunca conocí a una mujer tan hermosa como C. Compartió conmigo años de carrera y jamás fuimos amigas. Su piel hacía llorar. Como era de esperar, tenía los ojos grandes, enormes y soñadores de lechuza. Una vez me regaló una, un búho de la suerte. Lo miré con curiosidad y se lo agradecí. Tenían también algo de Bette Davis, sus ojos, Bette Davis eyes, limosos y amnióticos como una solución ambarina. Albariña. Pero su rostro se curvaba en el espacio de un modo más perfecto. Que el de Bette Davis, quiero decir. Era pelirroja. El pelo rizado. Recuerdo sus dientes y un gesto mínimo de su boca. Recuerdo su sentido del humor, poco explosivo, sutil. Alta. Lánguida. Nacarada. Aplicada en el estudio. No destacaba especialmente en ninguna asignatura salvo en la del enigma de su persona. Así, en general, constituía la encarnación de la mujer clásica de la que enamorarse perdida y melancólicamente en los ratos muertos de una clase de literatura.

En ese estado imaginaba a los pocos varones, tal vez a alguna chica también, de aquellas clases. Contando catorce sílabas con una mano, escandiendo el aire, por ella. Pero no lo sé con certeza. Andábamos todos adormilados, indolentes de pura juventud.

Un topoi. Un ser así siempre creí que protagonizaría una película, una novela, un anuncio, tres desfiles de moda, nueve canciones, ciento cinco sonetos, catorce mil fantasías nocturnas.

Para mis adentros la llamaba la mujer del teniente francés. Era fácilmente envuelta por la imaginación en una capa de terciopelo pesado y azul oscuro, era fácilmente colocada por la imaginación sobre un acantilado, era fácilmente rodeada por la imaginación en un halo de romanticismo hechizado.

Cuando años más tarde leí el cuento pluscuamperfecto Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón, Olivia Reyes tuvo para mí la presencia apenas empolvada de C.

Jamás había vuelto a acordarme de ella.

Meryl Streep. La mujer del teniente francés, 1981

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