voyeur espontáneo

uno de mis dibujos favoritos y que no aparece en el Libro del Voyeur

basado en un email real

¿La presentación del Voyeur?

Emerger del metro tras horas de aeropuerto, avión y túneles y he ahí que torsos desnudos en la hierba del Retiro leyéndose mutuamente a Tolstoi y a Safo [o tal vez a Bernhard y a Preciado], bikinis y pañuelos de scout, voyeurs a la sombra, solos con sus bolsillos, policía voyeur de todo eso, yo voyeur de todos, tal vez objeto del voyeurismo de alguien que no veo, siempre nos creemos voyeuristas no voyeurandos [?],  30 grados, casetas de la feria, una, dos, tres, trescientas, tinta, sudor y páginas, Pablo tan contento, de casualidad en casualidad, hablamos de un gato, de Burgos, de Satam-aliVE, vemos a Vila-Matas rejuvenecido, S. R., de repente en medio de un grupo, presentación erótico-apostólica, el editor malabarea un juego al principio del acto y lee un texto propio ad hoc, se lo ve ilusionado con el libro, eso es un editor, su entusiasmo, el libro es un juguete, rojo y ojo y negro, los dibujos, maravillosos, algunos de los textos, muy buenos, hay escritores que han enfocado su texto con tanto humor que me siento a leer el mío consternada por habérmelo tomado tan a pecho, de repente el pudor nos resbala por las axilas, milimétrico, de poro a poro, pero todo transcurre con normalidad y algún toque de humor y fallo técnico, el sexy vestido de S., la cordialidad de O., el pelo de C., la dulzura de A., las sonrisas, el no saber qué decir, adónde dirigir la mirada, un ojo de cerradura nos vendría bien, un ojo de cerradura a todos, a cada uno, portátil, un dispositivo de invisibilidad, el deseo de ser invisible es el deseo de ser voyeur, me acuerdo de Tatami y de Coetzee y de Hal-9000, me acuerdo del chico del primero, de los prismáticos, de su mano con cigarro en ventana, con el pulgar se rasca la frente, junto a la ceja, ahora mismo estará congelado en ese gesto y afuera la feria [ la 69ª Feria del Libro de Madrid] se contonea como un avispero con su promesa de redención por la cultura, con los libros que jamás leeremos aunque nos harían felices, acabarían con nuestra melancolía, con nuestra timidez, con nuestras obsesiones inopinadas, con nuestro vello en los brazos, libros encapsulados, libros diamantinos, libros hormonados, con su dosis de inteligencia o de vulgaridad, listos para nadie, sexies para nadie, volando sus páginas hacia la no-posteridad y la no-reseña, las fotos de sus autores envejecen en la solapa, anti-dorians greys, alguien saca una cartera, alguien se lleva cinco ejemplares, alguien saliva ante algo, alguien se masturba hacia la palabra cultura, cultura en los colmillos, cultura en las fauces, cultura en hordas, hordas de escritura, Ch. P., alguien se agrede con una hoja, se corta el fino cuello con la página 23, pero todo es normal a ojos de un voyeur, hay cochecitos de bebé y sandalias y miradas huidizas, no parecen inmutarse la tasa de paro, ni la crisis, ni el juez Garzón, ni Pakistán ni Urano ni la energía oscura, todo se congela en una cámara de embriones, ahí estamos, henos ahí, confusos y acalorados, con ese libro que nos mira en las manos, un dispositivo que se abre y se cierra, se abre y se cierra, parpadea con nosotros, al acto de presentación acude más gente de público que de autores que leemos, lo cual no deja de ser curioso habiendo por ahí sueltos vila-matas, punsets, marías,  escandinavos negros, nuevos modernos firmando sus libros, viejas glorias apuntalando los suyos, viejos modernos y nuevas glorias tatuándose mutuamente en la hierba del Retiro, 30 grados, 400 casetas, cerveza, tinta, sudor, dinero, ojos de cerradura, páginas.

[…]

Taxi a la casa-lechería de M. y M. con pintura acrílica en los párpados y la camiseta, toda la tarde pintando, Eurovisión, con su espontáneo que se incrusta en el escenario en la actuación de España, con qué arte saboteó, qué detalle el agacharse, qué ritmo para escapar, un, dos, tres pasitos [qué evidente falta de ritmo en los gorilas que van a por él], qué frescor sobre lo rancio, qué sonrisa sentida frente a la impostada, qué ganas de joderlo todo pero con ternura y buen hacer. Es difícil seguir impertérrito una actuación en directo con un espontáneo ante ti, pero no lo es menos sabotear sin perder los papeles. Nadie parece tener eso en cuenta.

Luego nos enteramos de que se trata de un catalán, de profesión invasor o intruder o espontáneo o jumper. Al margen de las consideraciones políticas, de que sea catalán o andorrano o tinerfeño y lo haga por esto o por aquello, por acabar con qué o con dónde, por resquebrajar qué cosa y sin pensar luego en qué o en cuándo o en quién, hay que reconocer que su actuación también resultó irreprochable. Antes los saboteadores se cargaban lo saboteado, le estampaban un hacha en el cráneo, no sé, mostraban su fuerza bruta. Ahora la fuerza de este señor ha consistido en su mera presencia inesperada y su sonrisa ilusa siguiendo el ritmo. Lo inesperado, aunque cordial, es una forma de sabotaje. Sin duda porque vivimos en la era de la hipertrofia de la seguridad y la organización.

Por eso la espontaneidad, siempre aséptica y en-el-guión, es un ingrediente exótico apreciado en nuestros días, como la vainilla, de la que sólo catamos el aroma.

La espontaneidad rige en un marco similar al de la originalidad. Cuando son reales se acallan, se estrangulan.  Se abortan. No nos valen. No funcionan.

La espontaneidad viene siendo profesión.

Anuncios