sin nosotros

No poca de nuestra tecnología se encamina despreocupada a vaciar la tierra de nosotros: los cohetes, estaciones espaciales, las Biosferas 2, esa manía con el agua en otros planetas… Tramamos algo, está claro. La queremos bien, sí, a la tierra, pero no sabemos con exactitud durante cuánto tiempo más está dispuesta a aguantarnos.

Mucho la queremos, pero queremos también a otra. O querríamos otra.

La tierra se ha convertido en un habitante más. El más primitivo de todos. El más poderoso de todos. El que nos devora en sus grietas repentinas. Nos sacude. Se sacude de nosotros como un perro de sus pulgas. Modifica las rutas de aviación. Va y nos llueve en agosto. Se vulcaniza. Y al momento, en un ataque bipolar, se queda callada y humeante durante pleistocenos enteros. Podría estar atrayendo ya a algún meterorito con artes de salomé. Está rara. Constantemente, los humanoides somos presentados como su desgracia personal. La de ella. La de la tierra.

-Con mayúscula, so descastada!

Perdón. La Tierra.

La vemos desde el cielo. Nos resulta  increíble y entrañable, desde el glaciar Beardmore hasta el Mar de Aral. Todo nos vale. Somos terencianos. Nada en ella nos es ajeno.

A principios de un siglo cualquiera, yo y millones de criaturas más nos enganchamos a ciertos documentales en los cuales la tónica premisa era que prescindían de nosotros. La tierra sin habitantes o La tierra sin humanos uno algo más amarillista que el otro- nos servían el postre finisecular de todo megalomaníaco: fantasear con su muerte, ver cómo sigue el mundo sin él. Qué cara pone.

[Imaginarme muerta, accidentada y suicidada, es una fantasía ballardiana que alimento desde la adolescencia, es decir, desde que soy víctima de algo. El victimismo es fecundo en nuestra época, uno de sus grandes logros sociales y no digamos artísticos. Por supuesto lo desprecio, sobre todo cuando se trata de un victimismo burdo, poco elegante. De aplauso fácil.]

El mundo sin nosotros prosigue de maravilla, por lo visto. Da gusto ver desplomarse rascacielos oxidados y lozanas hiedras que abrazan campos de béisbol. Los perros atontados en los pisos se lanzan escaleras abajo en busca del instinto wólfico perdido. Ah, todo es instinto entonces. Todo es distinto. Como era de esperar en estos documentales, el sordo argumento de fondo es que una catástrofe natural [o provocada] que acabase con todos nosotros le sentaría de perlas al universo conocido.

Luego nos extraña que haya tipos por ahí con el virus del ébola en el bolso para soltarlo en el primer bar de aeropuerto en el que lo miren mal.

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