fumarola

F U M A R O L A   F E M E N I N A

Reseña aparecida en la revista gallega Ollo público en verano de 2009.Traducción de E…E

Los lugares de encierro [una página, por ejemplo] ejercen su poder de atracción sobre nosotros.

Todo lo que allí dentro sucede mezcla podredumbre y esplendor. Acecho y delirio. Puntitas de iceberg. Fumarolas oceánicas. Uno de los libros que releeré más veces en mi vida: Los hermosos años del castigo. De Fleur Jaeggy. En la colección La flauta mágica de la editorial Tusquets. 117 páginas. Primera edición en Adelphi,1989. No contamos aún con la traducción a gallego de una de las bildungsroman más femeninas que existen -junto al Orlando de la Woolf y la serie Claudine de Colette- en la estela literaria del internado suizo solo para chicas. Las novelas de internado son clásicos femeninos. Las novelas de internado adolescentes de Enid Blyton, Santa Clara y Torres de Malory. Las novelas de internados abandonados, El guardián entre el centeno de JD Salinger, las autobios de Thomas Bernhard. Las novelas de internado presurizan la naturaleza humana hasta volverla una pasta vulnerable. Más allá de las novelas, las historias de internado conforman esos microcosmos de aire helado en los que las palabras grandiosas del inicio de la vida adulta –fraternidad, viaje, casa, libremente, freilich, literatura, amor– escuecen como cartas sin respuesta.

La primera frase de la novela dice así: A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Enseguida pasa a hablar de Robert Walser. Hay una voluntad de injertarse con la locura desde esas primeras páginas, pero la narradora parece condenada a contemplarla, casi a espiarla en otros seres. En Frédérique. Esa joven perfecta, esa Beatriz con gramos de la Olimpia del Coppelius de Hoffmann. No sabemos jamás el nombre de la narradora [¿hace falta saberlo?] como tampoco sabemos nunca el nombre de la aparente protagonista de Rebeca -que no es Rebeca- en ese clásico claustrofóbico de Hitchcock. De una manera análoga, la Rebeca de Los hermosos años… es la Frédérique maravillosa y glacial. Autómata. Una parábola de talento. La joven espiada, la joven adorada. El amor puro. La que ya había llegado más lejos que yo. Esta es la historia de todas esas criaturas que despuntan en su primer contacto con el mundo y son contempladas por otras, las segundonas, las narradoras, las actrices de reparto que, con el paso del tiempo, asistirán al desmoronamiento de tanta belleza. De tanta pureza. Sobredosis de.

Esta es la historia eterna de los que narran. Nunca los mejores. Sólo los que observan a los mejores.

El estilo de la novela discurre entre indolente y aplicado. Quiero decir que se aplica sobre lo que se narra con la disposición de una joven disciplinada y, de una manera muy fugaz, deja entrever las fumarolas que asoman en las geografías imprecisas de las relaciones con los cuerpos a los catorce años. Las fumarolas pero nunca la lava. Nunca el magma. La pasión se comporta como un recuerdo lejano. Existe pero. Explica el cosmos y las circunstancias vitales de ese montón de chicas de la alta sociedad aisladas entre lagos y montañas, pero. La narradora vertebra la escasa acción de la novela con el hilo de reflexiones venenosas y lúcidas sobre la naturaleza de las relaciones adolescentes. El tiempo va y vuelve, ella cuenta desde su presente y regresa a sumergirse en el único espacio que parece hallar en donde la tortura del encierro deviene luminosa: Bausler, el internado. La cárcel de la saudade. El castigo hermoso. La paradoja. El lugar de la primera comprensión del mundo y de su naturaleza. El lugar del desgarro infinitesimal.

Todo contado desde el interior de un glaciar.

Estíbaliz…Espinosa me fecit

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