página a punto de

PÁGINA A PUNTO DE

Irrumpimos en esta geometría de bordes obedientes a la escritura como feroces carcomidos por una distancia de siglos.

No es más que un nicho de mercado, dicen algunos. No es más que un esternón de calcio ausente de mi vida, dices tú. Como sobre una cama revuelta vendavalean nuestros sujetos con tu predicado. Es su silencio de venda el que nos hizo llorar. Es su aspecto de fotografía velada el que emborronó la luz del día. Sepulcro hermético de una palabra enclenque, aferrada a ti como a un cálculo de probabilidades. Fíjate bien, en su cuadrilátero apenas te noqueará la vida. Si bien nada de esto significa estar a salvo. La extinción de las formas sigue tu ritmo de lectura. Rebotamos contra las paredes de esta cárcel del idioma, instalada sobre la estera de un desierto. Qué pájaro querrá beber de este charco de autocomplacencias. Qué humano se contemplará en toda esta agua por la que circula con lentitud de vaca el universo. Una huella seca significa más que esto, relata mejor lo que se entusiasma y se pudre. A ver, un espejo de harina para el monstruo conmovido. La rectangularidad de este paisaje rebanará tu cuello. Hemos cultivado parterres blancos con inocencia y experimento. Campo magnético de juegos de pelota y puntos y aparte. Schrödinger formula nuestra existencia en términos de ser o no observados. Ahora la estricta regularidad de la página nos somete a sus guarismos: tu abuela asoma por el borde que has doblado y hay un borracho dormido entre las fibras vegetales. Nada de esto sucedería en el mundo digital. Las páginas no arderían como libros místicos sino que se disolverían como gramos de almas. Algo estremece esto que tenemos entre las manos. Tálamo nupcial de la locura y la consigna. Emulsión cuadrada de área igual a base por altura entre los dos. Compuerta por la que cabalga la humanidad casi dispuesta a conquistarnos. Quién escribe y con qué intenciones. Se desalojó de su materia y llegó a nosotros. Chip nevado. Palma primitiva. La primera mano virtual. Fosa mariana herida por un rayo. Llaga que nunca termina de cerrar del todo. La lenta supuración humana. A punto de nieve su soledad.

Toda la elegancia y la ternura de un pañuelo doblado por nuestra madre al fondo del cajón que en contadas ocasiones miras. Factura de la luz. Estos horizontes móviles pueden con todo. Nada los amenaza, nada los arrasa. Soportan, como columnas de humo, la belleza. Salen indemnes de ella. No se inmutan ante nuestro informe forense. Saben dónde se esconde el delator sin delatarlo. Nunca se leen entre líneas a sí mismas. Sellado con silicona preservan el corazón de los grandes. En una urna griega, las cenizas de un romántico inglés. En un cáliz que se aparta, las retinas celestes de un peruano. Resiste una copia en carbón de aquellos que se perdieron. Páginas de cortesía nos ofrecen su cálida nuca. Páginas, páginas, páginas. Demasiadas. Su insolencia. Léeme. A veces sosa su cáustica, aburrido su paroxismo. Las ocultas, las pálidas, las eclipsadas… qué hambre de su peinado de trenzas oscuras. De toda su patafísica. Quién lo diría: células fotoeléctricas que se activan con tu mirada. Hologramas viviendo su existencia a medias en el orden del alfabeto. Es esta una cama hecha para deshacerse. Una levadura que levita. Cada expresión humana corre a esta ecuación a guarecerse. Del mundo. A pesar de nosotros mismos, su registro nos lamina en pasados y futuros, formas dichas y elididas, nombres propios y comunes. Lo mezcla todo. Su ciencia vacuna la ficción. De la escritura no esperes nada, la literatura con su forma de hueco de pala está excavando los contornos de tu muerte. Les planta flores y vías lácteas. En este laboratorio improvisado que fregamos desde los siete años, una casual sucesión de químicas orgánicas convierte esos contornos en bomba.

Una bomba permanentemente en suspense sobre la boca abierta de un niño.

Es el hijo de tu hijo de tu hijo, radiactivado en la lectura.

Estíbaliz…Espinosa, 2008

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