notas rápidas sobre el lector

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Pienso en el lector. No en ti. En el lector como concepto, como cosa que se maneja, se justifica y se defiende.

En ocasiones me recuerda al concepto de plebe, el lector. Al de pueblo. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Todo para el lector.

La literatura es el camarote de los hermanos Marx. La de cualquier lugar, me temo. La de Venezuela y la de Galicia, la de España y la de las Seychelles. Me pregunto cómo será la literatura de los cayos de Mochima y Morrocoy. En un mes estaré allí, buceando en su literatura, comiendo su literatura con gotas de limón, limpiándome su literatura de entre los dedos de los pies. Envidiando el resplandor de su literatura que tal vez quiera impresionarme a mí, la europea.

Decía que el concepto de lector se acerca y se quema de analogía en el concepto de plebe. La literatura, como toda empresa, es jerárquica hasta cuando no lo parece. Vende jirones de alma humana, pliegues oscuros y sociedades náufragas, hombres con bellos ojos en crisis, sustancia política y metafísica. Vende exilios, sentimentalismos de ganga, frases nobles que aprenderse de memoria. Vende honor perdido. Vende.

Y en todo organismo de venta impera la jerarquía. Los que venden mucho, los bestseller, son tratados desde las tribunas con el desprecio paternal con el que se contempla el mal gusto de los nuevos ricos. Acumulan dinero, sí, pero les falta estilo. El estilo, como la clara de huevo, es inaprehensible. Se lo arrogan los aristócratas.Tal vez no vendan tanto, pero sufren la distancia del respeto y la adulación.

Hay oligarcas. Hay alta burguesía bien situada, clave para acceder al salón del trono.

No existe rey. Todos somos Macbeth.

Hay escritores que dependen de otros escritores. Como los esclavos de los sirvientes, buscan su protección para subir en la escala. Se acercan con naricilla de ciervo. Oh. Normalmente manejan con soltura fortunas de ese capital extraño, que sólo empobrece a quien lo recibe, la lisonja. Caen bien. Son aceptados. Aguantan la bebida que no veas.

Todos los escritores olvidan en algún momento que los lectores también son escritores y que, por tanto, su juicio es mortal. Quiero decir que se muere y es reemplazado por otros juicios de otros escritores que en sus ratos libres ejercen de lectores, o al revés.

El lector es como el pueblo porque se habla de él de un modo afligido. Cuánto tiene que aguantar. Los pobres lectores. Nuestro público, que tanto nos quiere. Nuestro más fiel perro guardián, dragón del tesoro. Qué haríamos sin el pueblo. A ellos corresponde la última palabra. Yo, como lectora ciudadana, me siento vituperada si… Los poderosos nos oprimen con sus malas gestiones argentarias y sus préstamos morales. Los escritores nos oprimen con su falta de talento, su egolatría y su falsa modestia. El falso engreimiento no nos obligaría a perdonarlos pero, inexplicablemente, se tolera aún peor. A ver quién soporta a un escritor feliz, que no se torture con la soledad, el victimismo o las anfetas. Como lectores, como público, como pueblo, nos gusta creer que perdonamos algo. La magnanimidad. Ah. Atributo de los dioses caprichosos.

El lector se pronuncia en las cifras de ventas y el lector-escritor en las columnas críticas. Dioses atados a columnas críticas. Así son los escritores. Y el lector, que es el pueblo, juzga. Y luego sentencia. Compra. O no compra.

Todos los escritores sufren al escribir porque escribir es una prueba de humanidad. Si uno no escribe y posee capacidad para hacerlo se siente como el vampiro que descubre que no se refleja en el espejo. Desorientado, obligado por las circunstancias a succionar bellos cuellos. Hay quien percibe esa obligación, la obligación de escribir, muy honda y se convence de que es humano, y humanista, con 300 páginas, 700 páginas, 1200 páginas. También se conforman espectros literarios: aquéllos que podrían escribir tanto y de tal modo que ya no lo hacen y se dedican a vagar por largos corredores de ensueño.

Yo podría decir tantas cosas…

Escritores hipnotizados. Escritores contables. Funcionarios de la literatura, cumpliendo vagos plazos y mediocres tramas. Escritores que te obligan de un modo tácito a comprar sus libros. Escritores que se inmiscuyen en tus correos y tus teléfonos para contarte todas y cada una de sus presentaciones. Gandules. Esquiroles que, cuando no se debe escribir, lo hacen. Piratas. Y gente aburrida de sus privilegios de clase que teclea en su apple: mierda es la vida. Y le da a intro.

Hay escritores que suicidan su escribilidad. La tiran por la ventana de una pensión de Harar, o la estrangulan en la cama.

Hay burgueses que descubren que todo es Dinamarca, como quien descubriese la pólvora.Y se presentan con la nariz arrugada a cualquier fiesta. Esto es la literatura! Un podrido elsinor de dorians greys!

Y hemos oído decir que todos los escritores danzan la danza de la muerte alrededor de sí mismos. Parece que escribir e imaginarse mortal son la misma cosa. Me pregunto hasta qué punto ha modificado nuestros hemisferios -derecho e izquierdo- vernos por escrito. Es más que probable que a esos otros hemisferios, el Norte y el Sur, los haya modificado  terriblemente. Se diría que les ayuda a definirse su modo de verse en papel: por ejemplo, Buenos Aires. Nadie deja de observar sus librerías. La gente se anticipa a ellas. Tienen que existir. De dónde si no? De dónde si no Borges, Cortázar, Múgica, Pizarnik, Company? América Latina se conoce por su política ultrajada, pero nos ha escrito el siglo XX. Estados Unidos, desde que se disecciona las tripas ante nosotros, también nos cae bien. Si no fuera por el realismo sucio, rudo y duro que son la misma palabra al revés, no nos íbamos a creer que son los mejores. Disney no nos valía. Hollywood tampoco. Ni siquiera los Coen o Pixar.


Las escritoras. No es improbable que caigan mal. Quizás una mujer que escribe pierde sustancia follable, no lo sé. Una mujer escritora se sobreentiende que exige unos gramos de admiración destinados a otro lugar de su esencia que no es su belleza física. Clarice Lispector era muy guapa, como sabemos. Juan Rulfo también lo era. Nadie parece haberlo advertido nunca.  Rimbaud, un muñeco de porcelana. También me imagino bellos a Samuel Beckett y a Catulo. Creo que Mishima me volvería loco si fuese gay. Qué me dicen del pecho turbulento de Hölderlin, de los labios de Larra, de los ojos claros de Castelao. Keats, Byron y Coleridge siempre serán efebos. Pensativos. Pasmados. La decisión en el rostro de Hugo von  Hoffmansthal. En Pound. Adónde me lleva todo esto. Era la belleza un juicio literario? Las mujeres escritoras. Si se comportan como enfermeras y escriben libros curativos y autocomplacientes de fácil lectura, reciben su palmadita y su premio. Si escupen o ladran… qué les dejan a los escritores?

Adónde me lleva todo esto, lector, que has venido con tu dulce ingenuidad hasta este punto. Cuál es el punto y seguido de lo literario, sus puntos y comas. Sus puntos suspensivos malditos, hasta dónde y en qué número. Todo para el lector, pero sin. El lector-pueblo. La jerarquía oculta. Esa odiosa sensación de ingresar en un sistema sólo por dejar por escrito así tac tac tac estas palabras.


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