ser texto que

pillowbook

Es malvada la escritura.

Es tramposa.

Te hizo creer en tu prodigio personal. Tus cartas imaginativas y audaces, tus exámenes de matrícula de honor, tus redacciones alabadas por las monjas, primeros relatos y poemas llenos de la torpe savia del crecimiento. Por escrito tú eras tóxica como todo lo fabuloso.

Te ramificaste en el aire. Escribiste sobre cortezas desangradas y secas.  Tu cerebro engendró anillos, dendros, celulosa dispuesta a ser escrita, es decir violada cada cierto tiempo.

El mundo lo constituía una palabra. Tú siempre, siempre, tenías la fortuna de poder pronunciarla.

Siempre -siempre- la acertabas.

Con las relaciones personales te empezó a ir peor. En vivo y en directo la gente se arrugaba al conocerte. No es que fueras desagradable, en absoluto. Era sólo que te faltaba algo… no sé. Un acento. Una tipografía discursiva más clara. Negro sobre blanco. La contundencia de tus argumentos por escrito se talaba en el cara a cara. Todos los que te amaban al leerte, que muchos eran, los que caían rendidos tras tus puntos finales, suspensivos, tus dos puntos, los que entraban en coma por tu desprecio hacia las comas, los que adoraban tu pulso, tus negritas, la bastardilla de tus magistrales ingenios verbales,  los que en definitiva ponían los ojos en blanco y lamían la página donde tú pasabas de secuencia genética a secuencia sintáctica… todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo.

Te evitaban en el metro, en el bus. Fingían no verte en la biblioteca, en la frutería. En la sex-shop.

Todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo. En el mundo ese. Real.

No te importaba demasiado. Les preguntaste a tus editoras si la venta de tus libros peligraba. No, respondieron. La venta de tus libros asciende, las cartas de tus fans siguen embutiendo nuestro pequeño puñetero buzón. Sigue adelante, Escrítaliz Escritora. Adelante.

No te convencían.

Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río. A punto de desaparecer. Ante el espejo eres casi transparente. Piensas en tus sólidas editoras, con sus gafas tres veces sólidas. Sólidas y estólidas. E impávidas. Y esdrújulas. No te convencen en absoluto. Para nada. No. Y no.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

Por ejemplo. Tú habías visto a H. aquella mañana. La mañana había sido el anonimato, tú podrías estar muerta o haberte fugado a Brasil. Nadie te había visto. En tu casa no había nadie. El correo se colapsaba de mails sin contestar. No dejaste huellas en la puerta que cerraste con guantes. No generaste basura. Las llamadas no fueron devueltas. El frío cortaba tu rostro hasta hacerlo desaparecer, casi no tenías rostro, éranse una vez un gorro y una bufanda huecos sobre un abrigo hueco ante un par de coquetos guantes huecos. Sólo quedaba de ti el lunar en el centro geométrico de tu cuello, una especie de satélite que orbita tu cráneo sin desplazarse. Casi no existías porque toda tu vida se volcaba en unas 100 páginas apiladas en una mesa. Ellas comían lo que no comías tú, se nutrían de tu esencia y, vistas de reojo, te atreverías a decir que palpitaban sordamente. Componían una historia.

[cuál de las semánticas anteriores precisará ser explicada en el futuro? La palabra mail junto a correo? Urogallo? Sonrisa de Cheshire? Cuál acompañará a la raza humana hasta el momento justo en el que tú lees esto, volviendo inncesaria una nota al pie o un hipertexto?]

Nadie te vio salir ni entrar. No compraste leche. Lo único que accediste a masticar fue un trozo de pan del día anterior o de hacía varios días.

Eras anónima.

Tal vez por eso ver a H. te turbó el ánimo. Era inesperado y en tu  gorro hueco la conversación no se coagulaba, no pedía abrirse paso hasta tu boca. No supiste qué decir. H. esperaba de ti la pirotecnia, el artificio, la revelación del secreto del cosmos, el por qué de esto y aquéllo o, al menos, una puta sugerencia literaria.

Tú. No. Dijiste apenas nada.

Te limitabas a sonreír. Pero la sonrisa es patrimonio de los pánfilos, de los que no tienen nada que ofrecer más que su sonrisa. La sonrisa procede del miedo. Del nervio social. Los chimpancés de Jane Goodall se sonreían por nerviosismo. La sonrisilla nerviosa es el tornillo suelto de ese acto que es sonreír y al que atribuímos seguridad, confianza en uno mismo, facilidad para el orgasmo. Nada que ver con la risa, que pone en funcionamiento la musculatura toda, el esqueleto, la inteligencia:  un proceso contundente, preciso y acabado. La sonrisa es un medio hacer. Un no saber para dónde tirar. En la sonrisilla nerviosa se descubre su verdadero origen rastrero, que muestra los dientes sin control, desesperadamente. Sonreír es para los desesperados. Pero para los desesperados sociales. Existen desesperados introspectivos. Kafka, Shostakóvich, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy, Valle-Inclán. No necesitaban sonreírte nunca.

Qué haces sonriéndole a H.?

H. cree que eres simpática. Que le sigues el rollo. Intentas esterilizar tu sonrisa a base de mentalizaciones. Puentes derrumbándose, ahorcados, ayuntamientos estafadores.

Tu expresión varía. H. se marcha, decepcionado de no encontrar a la mujer prodigiosa, a la heroína de todas tus novelas desde Pretensión hasta Lo ovalado del misterio, al yo disimulado en un de todos tus poemas desde Glup hasta Su carbono radiante, a la inteligencia eruptiva mimetizada en largas frases subordinadas de ensayos brillantes como Política para Nintendo y la Play, El cine que empobreció el uranio, Pensamientos siameses o La muerte en contextos de ingravidez.

H. no encuentra nada de eso. Encuentra tan sólo a una mujer aparentemente estúpida con una conversación en forma de glaciar. Se marcha en busca de cualquier perro que le ladre.

Tú percibes entonces, en ese divino momento, que tu humanidad no se parece ni de lejos a tu literatura. Ese pensamiento natural se alía con este otro: entre ser ente literario o ser humana sale ganando el primero.

Entre ser texto o no serlo, eliges serlo.

Así es como llegas a tu casa. Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río.

Desapareces en un tifón diminuto que comienza en tus ojos. Tus ojos se transforman en dos puntos, como los de un puto emoticón. Tus orejas todas las orejas, se han curvado siempre como interrogaciones a ambos lados del cráneo; en eso se transforman. En tus brazos los tendones crujen llenándose de una fibra pastosa. Las hebras de papel sustituyen tu sistema vascular. Tu clítoris se metamorfosea en un punto suspensivo, seguido de otros dos, invisibles, subcutáneos. La tinta fluye como si se acabase de derramar por una mesa de trabajo, tus párpados aletean como folios junto a una ventana que un temporal abre de pronto. Un gurruño de papel con frases jamás pronunciadas se desdobla hasta tu lengua, hasta tus pechos bajan enroscadas obscenidades y versos cursis, de la mano, extremo con extremo. Lo cursi y lo obsceno en algún punto se rozan. Te vuelves a un tiempo negrita y cursiva y tachada y letra capitular. El lunar de tu cuello es el punto de partida, tu palabra mayúscula, tu voz.

En el espejo, una lámina de papel se contempla. Se arruga. Cae. Como a todos, sólo le queda esperar. Ser leído.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

El papel se compone de fibras vegetales, es decir, de materia orgánica, o lo que es lo mismo, de elementos que están o han estado vivos.

La historia que cuenta ese papel. Ya no la distinguimos. Salimos de este texto desordenadamente, como lectores compungidos por un final tan melancólico como en el fondo deseable.

Como los textos  rongo-rongo, el manuscrito Voynich, el lineal A, grafittis a lo largo de solitarias vías de tren, mensajes en el interior de celdas, despachos de torturas, paredes íntimas de casas derruidas. Historias mudas. Escrituras que al final no serán ni grandiosas ni vanidosas ni inapropiadas ni rancias.

En un cielo demasiado lleno, solo indescifrables.

2001. Space Oddissey

2001. Space Oddissey


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