libro de horas

Polaroid personal

Polaroid personal. Luz que se procesa en el momento no debido

En el colegio, las pálidas y reconcentradas éramos las más firmes candidatas a ser mártires.

En la guardería, el último año: me fascina una niña nueva que se ha sentado en mi sitio. Cuando una tiene cuatro años, cada sitio es un sitial. Esa usurpación tan natural del fetiche propio tuvo como consecuencia inmediata enamorarme de ella. Juntas nos disfrazamos de las dos únicas identidades bárbaras capaces de hacer sucumbir a una niña (si exceptuamos, claro está, la árabe): ella fue de rusa; yo – detrás de su preciosidad y guiñando los ojos para volverlos oblicuos a base de perseverancia- de japonesa.

Al año siguiente, ya en el colegio, despreciaba a casi todas. Eran seres meones, lloricas y no sabían dibujar. En clase de psicomotricidad demostraban el ritmo propio de una lavadora industrial centrifugando. Y yo no me sentía digna de ninguna.

Sólo de una: de Beatriz.

Su frialdad y su caligrafía eran signos externos de exigir devoción. Copiaba su letra inclinada, de mujer romántica flotando en una urna de vidrio y tenía envidia de su rostro, en el que parecía haber nevado alguna vez. Yo también era pálida. Yo no me daba cuenta.

Asistimos juntas a ballet. Yo era alta, de anchos huesos. Todo lo contrario de la sensación de ingravidez que despega a una bailarina de este mundo. Abandoné ballet (aprendiendo a pronunciar Terpsícore, como venganza). Ella prosiguió e hizo una hermosa función de fin de curso en la que su rostro parecía el ala de una libélula escarchada.Beatriz, concentrada en su perfección. El caso Beatriz fue sutilmente archivado y mi atención dolida procuró otro icono.

Fue extraño, sin embargo, que en la clase de psicomotricidad no hubiese reparado en Inés. Supongo que, a la altura de la clase de psicomotricidad, yo aún buscaba el absoluto, la perfección. No recuerdo a Inés hasta el año siguiente, cuando me dejé llevar por las cosas de este mundo.

Como una especie de aristotelismo, desde un punto de vista pedante.

Necesitaba la amiga primordial. Un ser básico en la madurez emocional de toda niña. De niña, una se siente tan distinta a todo el mundo que busca alguna réplica que la devuelva al mundo: yo quería tener una gemela a toda costa. Porque no me parecía a mi madre, porque mi hermano era mayor, porque mi padre estaba muerto.

Así que con 6 años probaba con la lengua la sal de este mundo.


Sabía que el platonismo era lo único capaz de mantenernos vivos. Sabía que la sal de este mundo no era platónica.


Había que salir fuera de una para saberlo.

El cuerpo de las niñas es tan tibio, tan cómodo. La existencia es una piel suavísima, blanca y rosa como las nubes de gominola. La existencia son caprichos, micrófonos, fiebres altas que nos conceden ojeras de mártir. De niña vomitaba siempre. Muchas niñas lo hacen. Creo que es una reacción ácida al probar la sal de este mundo. En la superficie de mi cuerpo de niña sólo había lunares, ombligo, perlas de agua de piscina.

Dentro respiraba la orfandad y el horror de los seres únicos.

Pero Inés.

Inés me rescató como un príncipe. Me rescató de esa soledad vertiginosa y palpitante que se cose a nosotros con tanto orgullo. Como hacen los príncipes. Sólo que las dos éramos princesas. Había algo simétrico allí que no encajaba. Algo siamés. Pero nos tendimos los brazos y supimos odiarnos como a ninguna. Yo no sabía que Inés ensayaba conmigo sus futuras relaciones con los chicos. Tampoco ella lo sabía. Nadie sabe nada. Y es precioso así.

Estamos en 4º. Subimos una escalera. El recreo ha sido intenso y subimos sudorosas, exultantes de animalidad. Confabulamos. Delante de nosotras, una niña de maciza melena rubia que siempre elige ser el príncipe –algo tan impensable ¿cómo se va a querer ser el príncipe?-. Nos tiene subyugadas.

Con esa melena rubia ningún cráneo de niña puede albergar deseos de príncipe.

Inés y yo.

A cuatro escalones de ella.

Confabulamos. Confabulamos y subimos, llenas de faunesca sonrisa.

Alguna dice –no importa cuál, somos princesas las dos, somos princesas siamesas con un sólo cerebro, en nosotras comparece ese mal- : “Seguro que es un niño disfrazado. Sí, mira, mira. Mira la careta”.

La careta no es sino el cerco de rubor que le coagula la cara. La niña-niño de leoparda melena rubia porta una máscara de sangre bombeada a fuerza de tanto cabalgar en los juegos del patio.

Es el príncipe. El príncipe que vive escondido en una clase de pálidas y reconcentradas niñas de 4º, con opción a ser mártires. Monjas o mártires. El futuro Rey, Dios salve al Rey.

Inés y yo la miramos, subyugadas, palidísimas, y más princesas y malvadas que nunca.

Venido de no sé dónde, un pensamento congelado parece dar una mano de permafrost a nuestro idilio: Pero la reina seré yo.

Y me tiemblan los labios y mi frente se abomba, como les suele suceder a las reinas cuando leen en sus Libros de Horas la fugacidad del poder y de la vida.

Ya por entonces era reina.

Y ya había elegido serlo en la arrogante modalidad de mártir.

2002

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