temporalmente sin nombre

tormenta by pequesquimal

tormenta by pequesquimal

El día 23 de enero de 2009 era hoy. Lo tenía ante mí, detrás o entre mí.

Era un día alerta naranja. A pesar de eso, por eso, era un día hermoso.

En la mañana, G. había ido al médico. Me lo dijo ayer. Lo sé porque eso le turbaba un poco el ánimo. Yo le había preguntado. Luego, nuestra rutinaria conversación telefónica de todos los días discurrió por nuestras lecturas. Vila-Matas no le disgustaba aunque luego pareció que sí. El exceso de exhibicionismo cultural. Sus amigos literarios componiendo una vida literaria. Él ahora me ha prestado el Sebald que le había regalado yo. Él me había regalado Sebald una vez, Del natural. Yo le regalé otro, años después, Los anillos de Saturno. Hablamos de Sebald, entonces. Sé que a G. le afecta la nobleza bajo todas sus formas. La nobleza despojada. Durante mucho tiempo G. eligió ser un noble despojado; alguien que nace con todo y desaparece sin nada.

Una especie de civilización conformada por un solo individuo.

Él es sebaldiano, vila-matense, bernhárdico, hikikomori sin tecnología, canettino, kafkiaco, borgesco, nietzschés. Podría decir que es todo el siglo XX convertido en una patología de raíz literaria masculina.

Algo después de esa conversación, tomé un taxi. Fui a buscar a mi hijo. A la guardería. Ese quehacer, junto con el de organizar fiestas culturales neoyorquinas, me parece el colmo del glamour. El taxista era un hombre entusiasta, hablaba y criticaba con entusiasmo. Feliz. Me gustó escucharlo, aunque eso no debe engañarme y conducirme a creer que amo el género humano.

El taxista usó esta expresión deturpada: “a rejatabla”. Yo sonreí. No porque lo pronunciase mal. No con condescendencia. La condescendencia es una aberración moral del carácter que trato de extirparme desde hace tiempo. No me importa que la gente hable mal si lo hace con entusiasmo imaginativo. Hay gente que habla tan bien, que escribe tan bien y dice cosas tan desvaídas, tan muertas que podrían deshacerse y convertirse en polvo dentro de tu cerebro. Llenarlo de polvo. De polvos eruditos. El taxista hablaba así, “a rejatabla”, y pensé en la reja de un arado surcando frases, ideologías, convicciones, haciendo tabula rasa de todo ello. Con ese entusiasmo un poco ciego que a veces se opone a la tétrica lucidez.

El taxista hablaba, decía “a rejatabla” y me miraba de reojo. Es decir, no miraba a la carretera por la que, aseguraba, circulaba mucho imprudente, mucho maleducado. Gente que podría ofender tu moral aparcando mal. Hemos llegado a sentirnos ofendidos por un coche mal aparcado.

Sin duda, este noroeste peninsular es un pequeño receptáculo de bienestar. De bienestar paranoico. Eso pensaba yo el día 23 de enero por la mañana, cuando era hoy.

Luego llegó la tarde. La tarde, como la segunda mitad de cualquier proceso histórico, el imperio asirio, la revolución francesa, os séculos escuros en Galicia, fue diferente. La tarde partió en dos el día. El día dejó de ser homogéneo y de una pieza. A rejatabla, lo partió.

[…]

Por la tarde salí a trabajar como actriz, a una localidad, B., distante una hora y media en coche. Durante todo el día el viento se había dejado sentir como un lobo hambriento. Los telediarios hablaban de la inminencia de algo, las autoridades civiles recomendaban no salir a menos que fuese imprescindible.

En el coche se respira el humo del teatro. Se bromea mucho, con ingenio y malicia, se habla de dinero, de próximas actuaciones, se intercalan las intervenciones con fragmentos de textos teatrales, actuales o pasados – eso es del Ricardo o de la Bailadela?-, se comenta sobre personajes ficticios, sobre antiguos conocidos enfermos, sobre los mejores hoteles y restaurantes de las ciudades concebidas como plazas de conquista, sobre política, sobre intimidades. Somos mujeres.

Las primeras ráfagas de un ejército de vientos nos enmudecen varios minutos.

Llegamos a B. y armamos la obra sobre el escenario, 7 mujeres, 2 técnicos y un director. Pensamos que no acudirá nadie porque la noche ha empalidecido expectativas. El temporal sin nombre, alguien lo llama por su tecnicismo, ciclogénesis explosiva. La tormenta perfecta, en jerga de los marineros, esas criaturas del pasado y de los abismos que componen el pasado del pueblo gallego.

A las nueve menos diez sólo hay tres personas congregadas en la puerta. A las nueve, unas cuarenta. A y cinco comenzamos, chicas.

Mis primeros quince minutos transcurren en escena. Buena parte de la representación la paso en camerinos, pintándome las uñas de color crema de leche, leyendo, pensando cosas que escribir, títulos, temas, sacando fotos aburridas e interminables. Me aventuro a comprar bebida o comida a una de esas solitarias máquinas expendedoras de uno de los pasillos del auditorio. Mi personaje reside teóricamente en el más allá, y yo misma parezco un fantasma que, por un momento, imagina caminar por una nave desolada, fantasmal, asediada por vendavales futuros. Qué hago aquí comprando un kit-kat? [conozco un bloguero que decidió poner todos los nombres comerciales al revés, así a su iPod lo llama doPi] Qué hago aquí, en esta playa del fin de los tiempos, comprando un tak-tik?

Lo compro. Lo como. Regreso al camerino despacio, aspirando el temporal. Fosas abisales. Fosas nasales en alerta. Llama mi madre, ejerciendo su profesión: Quedaos a dormir, hija, no volváis. Recibo mensajes de un amigo que me aconseja lo mismo.

Dos compañeras descienden ahora la escalera de caracol de madera, hacia los camerinos, procedentes del escenario. Me miran con una leve ansiedad, como si yo fuese una estación meteorológica. Hablamos de la posibilidad de no regresar, de quedarnos a dormir, de llamar a protección civil. Hablamos de morirnos. En las conversaciones de teatro se habla de morirse muchas veces, quizá el teatro empezó siendo un asomarse a un abismo temporal, un escenario como un acantilado. De hecho, a día de hoy, como profesión antigua que es, casi arcaica, casi de museo, el teatro entraña cierta peligrosidad, tramoyas, poleas, parrillas de focos, pequeños barrancos en bambalinas, pequeñas amnesias repentinas antes de salir, lejos de la escena alumbrada donde todo es orden, sucesión de hechos, cronologías, genealogías, preguntas y réplicas, desenlaces. Como su opuesto binario, el fondo del teatro es el tártaro y el caos. Es una profesión en regeneradora extinción y, como todo lo antiguo, genera cierta fascinación, cierto esplendor dorado en el ojo de quien lo observa.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

Así que el orden prosigue arriba, en el proscenio, donde se hilan los monólogos con un hilo suavísimo de araña mientras abajo nos morimos de indecisión, nos mesamos el pelo real, alguien se desmaquilla con malhumor, alguien fuma su no saber qué hacer.

Tal vez imaginamos remolinos en la autopista, remolinos en la autopista de madrugada, vórtices donde se perderían nuestras voces jóvenes y viejas, nuestros matices de personajes, todos nuestros discursos ante audiencias futuras y nuestros susurros en orejas enfermas y queridas como conchas. La autopista se ha transfigurado en un monstruo de las profundidades, quizás proceda del cretácico, tal vez no nos devuelva a nuestra casa sino a nuestro terror ancestral, a nuestro código genético. Y si la autopista nos desintegra en moléculas sin motivos, en virus a la búsqueda de nuevas víctimas vivas, en calcetines fríos, en galaxias extintas dentro de bellos cráneos?

Les digo que casi he tomado la decisión -me cuesta tomar decisiones, soy por ello una persona lenta, atortugada, torturada- de no viajar, de quedarme.

Casi están convencidas.

La obra finaliza entre aplausos indecisos también. Hay poca gente hoy. Tenemos frío y ganas de amor y sopa. Bajamos a cambiarnos, a ponernos nuestras ropas. Hay cierta discusión, alguien grita un poco, alguien sale a fumar un cigarro y entra con la decisión de quedarse. Otra vez se habla de la muerte. Hay alguien que aún no sabe nada. Qué dicen nuestras parejas, nuestros familiares, los amigos? Lo peor aún está por venir. La borrasca, la tormenta sin nombre, perfecta, danza extasiada hacia el norte y entre las doce y las tres de la mañana se esperan los mayores desperfectos, el peligro máximo.

Son las once y veinte.

Hablamos en el vestíbulo del auditorio. La gente se ha marchado, ha envuelto sus buenas impresiones en sus abrigos neutros y se ha ido. Los árboles, no. En el vestíbulo, la gigantesca escultura negra de una tortuga marina nos contempla, colgada de la pared. Es un aviso? Un designio? En este lugar del mundo es imposible no pensar en los marinos. La flota está amarrada. Alerta roja en el mar.

[…]

Cada cierto tiempo, en este lugar del mundo donde el mar fue significante y significado, suceden cosas que nos obligan a mirarlo de nuevo. El Mar Egeo o el Prestige, los marineros perdidos, Ramón Cambeiro tres veces nacido, barcos con nombres hundidos La Isla, Centauro I, O Bahía, Río Bouzós, Ferralemes, los más de 300 barcos naufragados en la historia de nuestra costa, el Nautilus de Nemo bajo Vigo, Lugrís, los percebeiros,  el mítico Gran Sol [o gran lenguado, grand sole]… el océano ha perdido la condición de protagonista principal de esta obra y a veces nos lanza largos soliloquios.

Mi sueño recurrente es el tsunami que arrasa mi ciudad. Creo que esto lo he dicho ya en algún otro lugar.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

[…]

Decidimos quedarnos. Quedarnos en B. A veces son buenos los planes B. La noche se alborota y durante la cena decide dejarnos a oscuras charlando de nuestras sombras privadas. Llegamos de milagro al hotel, envueltas en tinieblas y bufandas. Una vez allí, un hombre muy antiguo nos prepara siete candelabros de botellas de cerveza para iluminar medievalmente nuestras habitaciones. Subimos proyectando esas sombras exaltadas que, seguro, engendraron en su momento toda la literatura gótica: al amor y al terror de las lámparas de aceite. Se habla de Poe estos días, veo su rostro disconforme, con la frente anormalmente ancha, en muchas publicaciones. La manga de mi abrigo verde se mancha con cera de vela. Poe le tenía miedo a la oscuridad. En la habitación el confort es invisible. Sólo se palpa en la planta de los pies, en forma de moqueta espero que limpia.

Coloco la vela sobre la mesita. Me desnudo. Me guardo a dormir. Antes leo y escribo frases que tiemblan igual que las sombras, las señales de tráfico y los eucaliptos australianos y pinos americanos a lo largo de toda la autopista que nos separa de nuestro punto A.

El punto B, a oscuras, respira adormilado.

Soplo la vela. Echo convenientemente de menos a los míos. Me duermo enroscada. El viento prosigue, esta vez sí a rajatabla, un trabajo arcaico ayudado por la lluvia y el enfrentamiento térmico de masas de aire.

Me duermo temporalmente sin nombre, sin casa, sin luz y sin familia. Y en este pequeño exilio de juguete echo de menos la mañana, la otra mitad de este día ahora en alerta roja, y escribo estas líneas para que sea otro el ciclón que se las lleve.

[…]

Me levanto un poco antes de que amanezca y, por suerte porque no tenía mechero, ha vuelto la luz. Me ducho largo. Algunas compañeras ya leen la prensa en el vestíbulo y, una vez todas juntas como ovejitas, vamos a desayunar. Nos reímos de la noche inesperada, para el anecdotario. Para contar a los nietos, se dice en ocasiones como esta. Como si a nuestros nietos les fuese a interesar. Todo tiene un aire amigable, de armisticio con el clima.

En el viaje de vuelta en coche por un momento me recordamos a generales contemplando desde sus cabalgaduras los restos mortales de un inmenso campo de batalla, jirones de señales, árboles mutilados y puestos cuidadosamente a un lado de la vía, arbustos que se han despedido de la tierra y han volado muchos metros, vaticanos rayos de sol por entre las nubes, teatralmente colocados ahí para hacernos pensar en las grandezas celestes y equivocarnos acerca de su origen.

Somos generales paseando una tregua.

Miramos alternativamente a un lado y a otro de la carretera. Pienso en las batallas que, con toda probabilidad, se habrán librado bajo estos campos. Aquí donde ahora un árbol languidece decapitado, algún hombre se ahorcó hace muchos siglos. Es un pensamiento masculino, me digo. Porque las mujeres han librado otras batallas en estos campos estremecidos que hoy se desperezan tan tranquilos, un poco descoyuntados, pero tranquilos; me imagino muchachas que, atravesando uno cualquiera camino a su casa, fueron fecundadas contra su voluntad, una batalla silenciosa a ras de hierba. Recuerdo una canción de una cantante venezolana que he escuchado este verano con la abuela Borges, La embarazada del viento, en la que se narra con humor el caso de una mujer que dice haberse echado a dormir y haberse levantado preñada de un mal viento. La capciosa madre intenta sacar el parecido, pero resulta que el niño tiene el nariz de uno y los cachetes de otro y las manazas del de más allá, con lo cual lo más útil es concluir que verdaderamente se trata del hijo de un ventarrón. También los supersticiosos legionarios romanos temían estos lugares en los que las yeguas eran fecundadas por el viento y alumbraban caballos salvajes. Bestas.

[…]

Hace dos años, en octubre, yo deshacía en la madrugada el mismo trayecto de B. a A. una noche de mucho viento y lluvia, tras una actuación con un pianista en el mismo auditorio.

Dos semanas después, en el cuarto de baño de mi casa de entonces, un rosa intenso en un palo de plástico me revelaba embarazada.

[…]

Los romanos le tenían miedo a este lugar. Creo que antes de los primeros pobladores, los que llenaron de petroglifos el granito y el seixo, antes de los soldados que temían pasar el río Limia y olvidar, antes de los suevos y la reina Lupa, antes de las Casitérides, antes de, antes, aquí sólo había bestias paridas por el viento. El viento es nuestro habitante más antiguo. Ya he dicho eso en otro lugar. Nuestro viaje de vuelta no fue entonces con la mirada de los generales al día siguiente al examinar los despojos de la guerra. Fue con el mirar curioso, el mirar contemplado,  de los que reciben su dosis periódica de visita de antepasados ruidosos y algo ciclópeos.

Temporalmente nos quedamos sin nombre para todos ellos y los llamamos, con cierto fervor, temporales.

Hungarian Peasant Dances, de Béla Bártok

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