flor carnívora, flor suiza, flor

na imaxe: Fleur Jaeggy
en la imagen: Fleur Jaeggy

Por alguna casualidad que no logro explicarme, muchos de mis escritores preferidos resulta que son escritoras.

No estoy hablando de discriminaciones positivas. Dije muchos de. Otros muchos siguen siendo -ores. Y seguirán siendo -ores. Y seguro habrá un porcentaje que ignoro de transexuales y, quién sabe, de asexuales. Y de amebas. Y de chimpancés con una olivetti. Lo cual es irrelevante para el tema del que quiero hablar. Por lo tanto…

sigo.

No teman: no soy sospechosa de ser feminista de raíz [pero lo rozo, lo rozo, ahí está la gracia, idiotas]. Mis mujeres predilectas. Son muchas. Me crié en una órbita femenina. No todo el mundo obtiene de la vida ese huérfano privilegio. En algunos casos toma la forma de desgracia, pero una desgracia al cabo del tiempo también es una forma de costumbre.

Tenemos por costumbre humana agradecer las costumbres humanas.

En una órbita femenina los puntos de anclaje en la tierra son mujeres. Entre las mujeres predilectas que recuerdo en mi infancia había bastantes actrices. Había pocas filósofas o compositoras. Una científica. Y muchas escritoras.

Con el tiempo, y de manera como ya dije casual, las mujeres predilectas fueron siendo cada vez más y por más motivos. De las Simone, Rosalía o Ingeborg originales [esta última regalo de mi hermano] de un modo lento como la explosión de una supernova en el firmamento, fui acercándome a esos seres siempre en órbita, siempre algo marginales de los cánones, siempre como términos marcados: femeninos. Y no sólo hablo de los grandes nombres de la literatura o de la música. Hablo también de las María Pascual que ilustraban los libros de la infancia, de las Purita Campos, Borita Casas, Tracy Chapmans o Madonnas que rellenaron la preadolescencia de una especie de hormigón rosa.

Después las Mary Shelley, las Clarice, las Frida, las Emily. Las Wislawa. Las Teresa. Las Juana Inés. Las Virginia. Las Amélie. Las Agota. Las Colette.

Las Sei.

-en medio había PJ, había María, había Janet Baker, Billie, Ella, Sarah, Björk, Cecilia, Isabelle, Buika, Maruja, Angelina-

Y Fleur.

Fleur merece un punto y aparte. Este.

Fleur merece puntos suspensivos. He ahí…

Fleur podría ser un Thomas Bernhard que no provoca vómitos. Ni insomnio. Ni cefalea. Pero que circunda todo eso de una manera subcutánea, febril. Una distante dama que corta. No es bueno decir demasiado de Fleur. No es bueno que la conozcan demasiado. Retrasé este post varios meses, varios años, porque no quería compartirla. No quería que conocieran esa flor rara, esa flor medio suíza, venenosa, alpina, carnívora, azulada, esa flor animal disfrazada de roca entre los libros donde se acumulan

las historias estúpidas

los egos astringentes

las tramas que ofenden a un lector medio

las tramas que ofenden a cualquiera, sea lector o no.

Las chorradas. Fleur no. Es abominable mujer de las nieves. Es violenta. Es anti-autocompasiva.

Como las flores. Su sensitividad es distinta. La suya, sí. Es distinta. Menos trillada. Menos topicaza. Un poco menos insoportable que el resto de sensitividades. Algo más vegetal. Algo más umbría.

Una flor entre la mierda literaria. Que es mucha. Y muy variada.

Los hermosos años del castigo

Proleterka

Temor del cielo

El ángel de la guarda

Letras de Franco Battiato [?]

Todo eso. De Fleur Jaeggy.

Memoria para injertos futuros: Fleur apenas deja retratos. La imagen de arriba es uno de los dos que le conozco. Hace poco escribí este comentario en un blog que criticaba la introducción de una obra [La princesa de Clèves] en la que la estudiosa a cargo de dicha introducción juzgaba a la ligera tanto el aspecto como las intenciones de la autora [Madame de Lafayette]:

Sin embargo, y sin ánimo de ofender -ni ningún otro tipo de ánimo-, tal vez exista en la fisonomía de los autores algo que aunque en nada afecte a su genio sí alimente nuestro morbo o nuestra curiosidad. O nuestro estómago.

No quiero decir con esto que las afirmaciones sobre la Lafayette en una introducción pseudoliteraria estén justificadas. Sobre todo porque el estilo de la introductora Persona Ana María es gazmoño y autocomplaciente. Pero sí que en el fondo, agradezco esos libros con foto de autor. Y no sólo de escritores, de científicos o escapistas del XIX. Me detengo en sus caras. Y naturalmente, juzgo si los retratados son guapos o feos, atractivos o repelentes, elegantes o birollos. Dignos. O indignos.

Por eso Pynchon o Salinger tienen ese punto irritante y un poco descorazonador. No nos permiten estudiar sus rasgos y decidir que su cara es del montón. O una soberana mierda.

Nos condenan a su literatura

Estíbaliz…Espinosa

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