siamesidad


Hoy tengo diecinueve años.

Creía que no volvería a tenerlos. Me equivoqué.

Aquí están. Míos.

Relucientes. Todavía con ese rubor impalpable de una piel sin manchas.

No conozco a mi hijo. Las torres gemelas están en pie. Mi tía las visita y nos lo cuenta, sobre el mantel. Dibuja Nueva York. Junto al cuchillo, la quinta avenida. Avenida aquí, avenida allá. El mantel, por suerte, es a cuadros. Hay migas del postre.

No conozco al padre de mi hijo. Vive en otro país y segrega hormonas para otra. Su país es uno más del mapa. Me sé su capital.

Mi hermano posee entero el fémur. Miro su rostro. Es tan joven. Podría tanto.

Aún no hablo gallego.Ni escribo en gallego.

Todavía echo de menos a mi padre. Todavía me lamento por mí misma y no por él.

Todavía me lamento por los muertos y no por los vivos. Todavía creo que el arte es lamentarse. Y la literatura. Por qué no?

Los posos cristianos de los que cuesta deshacerse pese a todo escepticismo.

Mi madre. Parece mayor de lo que me parecerá más tarde. Ya es maravillosa. La adoro. Pero necesito despegarme un poco de su regazo inmenso y bendito, de su granja de Kansas.

Mi pelo crece tan fuerte.

Vivo demasiado viva.

El universo acaba de abrírseme como un hongo nuclear y lo siento, vuelto un miembro fantasma en mis sienes.

Mis sienes. Las toco a menudo. Escribo con una olivetti muy vieja porque no hay dinero para más. No conozco internet ni los PC.

Ni a mi primer amor. Al correspondido. El otro, el platónico, se me deshidrata en la memoria de colegio de pago.

Escribo sonetos.

Voy al planetario los domingos.

Contemporizo.

Mi saliva es dulce. Rosada. La he compartido poco.

No he salido de Europa. Y Europa no es Europa, sino el continente del que tampoco me siento contenido.

Europa es, naturalmente, fenicia y princesa.

No han fabricado aún el coche que conduzco, el teclado con el que escribo esto, el empaste de mi muela izquierda, la fortaleza Schengen.

No hablo una palabra de ruso ni sé cantar ópera. A veces, me noquea una melancolía que no entiendo.

La atribuyo a causas esotéricas y no a la secuencia de mis genes.

Corro. Corro bastante. Puedo correr para:

a.- coger un bus

b.- atrapar un folio que vuela

c.- huir de ti

d.- seguir corriendo

Me fijo si me cruzo con algún senegalés en la calle. Borges es dios. Bernhard pertenece al feudo de mi hermano, como el globo terráqueo que se ilumina.

No tengo CD. Pero sí muchas cintas. La beca alcanza poco. Mi madre llega inquieta una mañana porque se equivocó de día en el INEM y pueden retirarle el subsidio. Trae fruta. Siempre la de mejor calidad.

Alguna vez toco la guitarra. Ya no le limpio el polvo. Ahora Nirvana.

Ignoro el significado de siglas como SMS o USB. Mi mundo es tan real y analógico como puede serlo un mundo.

Robo libros en el corte inglés.

Me estiro por las mañanas. Duermo muchísimo. China es pobre y nadie habla de Shanghai. Dejo de fumar.

Cuba existe, luego resiste. Mis meses preferidos son junio y noviembre. Por la inminencia.

Veo 10 veces Blade Runner, 5 Star Wars y me enamoro de Orson Welles.

Creo en el big bang y en algún otro tipo de vida extraterrestre.

Bebo bourbon. Me creo una grandiosa. Hago teatro. Cosas muy humildes que a mí me hacen levitar.

Todavía me miran por la calle.

Aún puedo cometer locuras y atribuírselas al clima.

En las noches fosforezco.

Empiezo este poema una noche de esas. Sola y a lápiz.

A mi alrededor

tan sólo

cinco mil seiscientos millones

de humanos más.

Y mañana. Mañana. Mañana seguiré teniendo

diecinueve

violentos, putos

sobreestimados por la posteridad

soberbios

años.

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