por los caminos de Husqvarna

Debido a mi trabajo titiritante hube de recorrer muchas carreteras de este país.

A veces llaman para una boda en el otro extremo de la provincia [de la provincia romana, claro]. Entonces cojo el coche y paso sola un par de horas. Llego. Subo unas escaleras de caracol tímido, revirado. Escaleras de concha de nautilus fosilizado en el gótico. Rumbo a las gárgolas, las telarañas, los símbolos masones grabados en la mampostería. Detalles que ningún ojo capta, a no ser los de los campaneros. Los de los jorobados. Los de los pintores de bóvedas. Subo como ufana de pertenecer a tales lumpen gremiales en peligro de extinción…

Allá arriba, desde el coro, una aún cree menos en dios y más en los hombres, a pesar del esfuerzo escolar en que fuese al revés [tan pía que era yo…]. Las piedras te golpean en la cara todo aquello de lo que fue capaz un hombre por un ferrado en el cielo, o en cualquier tugurio. Pintar del revés. Esculpir gárgolas obscenas. Zoofilia. Arbotantes. Antigravedad. Las vidrieras enferman mi piel pálida. Quiero vomitar. Vomitar de belleza. Padezco el síndrome de Stendhal, que es tan elegante.

Las vírgenes.

Miro la virgen. En su rostro de belleza antigua y algo sufrida desparramo La vergine degli angeli, de La forza de destino. O algún célebre Ave María. Un espiritual. Algo de Bach. De Haendel. De los Beatles. De algún musical. De alguna ópera calentorra. Algo que no pega con todo ese pastel de merengue en forma de vestido de novia, sudor de manos de novio y laca de madrina. Estoy por encima de todo eso. La iglesia es mía. Allá arriba. Suelto risotadas. Miro escotes. Interrumpo al cura con mi impresionante voz amplificada por las bóvedas.

Los curas protestan: les molesta perder protagonismo. La soprano? Farfullan. Quieren supervisar mi repertorio. Lo han perdido todo: las almas, los diezmos, los hijos de los nobles, la casilla de la renta… Pero quien canta, ora dos veces, San Agustín dixit – digo, y selecciono mi mejor cara de idiota de un amplio surtido que poseo, mientras miro con aire mongólico al abad de la Colegiata de Santa María, iglesia pía pija entre las pijas, cura abad pijo entre los pijos. Pesetero. Eurero. Usurero.

Cargo con partituras, aunque me las sé todas de memoria. No por pedantería. Por analfabetismo musical. Los analfabetos musicales tenemos una memoria y un oído prodigiosos. Creo que fluimos más, musicalmente hablando [escribiendo]. Creo que somos fluidos. Fluidos rosas.

Miles de canciones.

Los músicos tocan con sus papeles dispuestos sobre atriles antipáticos. Los violines. Normalmente voy con un piano. El piano también viene en el coche, con nosotros. Calladito, en la parte de atrás. Con el cinto de seguridad. Es fuerte y frágil, el piano. Va como sobrado de sí mismo. Un poco decadente. Se deja transportar como un genio inválido, como Orson Welles o Stephen Hawking no se me ocurre quién. Y luego suena en la marcha nupcial obediente y tan tópico como en los sueños del padre de toda novia.

Vomito sobredosis de canto desde niña. Aborrezco las bodas. Tengo que combinar esas dos pasiones encontradas para ganar dinero negro, la vidilla esta, que tá mu mal.

La gente me felicita. Conserva esa voz. Qué registro tan amplio. Si supieran. Mi voz es un desperdicio. Contenedor verde. Basura orgánica.

Y cargamos de nuevo con todo. La música se mete en sus estuches aterciopelados, los arcos limpian los restos de corcheas, el piano se sacude los bemoles. Carraspeo y un fa se cuelga de mi úvula. Quiere salir. Quédate ahí, pienso. A veces tengo pesadillas en las que desapareces.

De nuevo en el coche.

De vuelta a casa. Sola. O con el piano.

Cuando voy sola, ideo. Conducir por la autopista o la ducha siempre fueron momentos de especial inspiración. Como esos minutos antes de dormir donde surgen las mejores tramas novelescas, los mejores títulos y la comprensión global del universo, más o menos. Mis grandes ideas, mejor dicho, alguna de mis dos grandes ideas han sido engendradas [las grandes ideas son engendros] en esos momentos necesarios. Rutinarios.

Sin libretas a mano.

En esos vectores de A a B. Y vuelta, de B a A.

Las carreteras de Galiza son especialmente proclives al pensamiento. A destacar la autopista Coruña- Carballo, diseñada al parecer por un mandril, y cientos de pequeñas carreteras comarcales, diseñadas por la última glaciación y el feudalismo. Uno ha de ir tan atento a las curvas que compensa esa tensión, esa fatiga, con ideas esplendorosas sobre ciencia, sobre arte, sobre literatura, sobre kamasutra. La resolución de todos los males y sobre todo de tantas mediocridades como en el mundiño campan transcurre en la carretera Coristanco-Santa Comba.

Transcurre por los caminos de Husqvarna. En todo cobertizo-a-la-orilla-del-camino que se precie reina la hache coronada de Husqvarna. Como unha consigna [”vas bien, amigo, tira para adiante” ou “para un pouco a beber unha birra e despois si, despois xa lle dás tó tieso”]. Como un escudo heráldico con un fondo jornalero, comunal. Una huella de bestia. Maquinaria agrícola. Una especie de Ikea rústica, rupestre, rudimentaria. A ver que digo otro sinónimo, mmmm momentito… Ruda, como esa hierba venenosa de los caminos. Husqvarna es quizás el mejor logotipo inconsciente del campo gallego. Un logotipo sueco. Claro. Los gallegos tenemos un fondo sueco [las invasiones vikingas, tal vez?] que resulta obvio cuando nos hacen preguntas que no nos interesa contestar.

Por eso será.

Decían?

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