Informe de Opia

Sospecho mucho de los seres humanos.

¿Por qué encontrarán gracia en hablar de sí mismos? Una hormiga no pasaría horas viendo a otras hormigas trabajar como hormigas. No elaboraría intrincadas filosofías existencialistas sobre su suicidio (ni pensaría en esa posibilidad), sobre su ser o su puñetera nada. No celebraría el día del Hormiguismo. Las hormigas no. No se venden al detalle. Son siempre parciales. Se comportan como células de un organismo gigante, la “hormiguidad”, y la noción de individuo importa mucho menos que un sandwich de queso olvidado en una gira campestre.

Pero no para ellos. Que todo lo ven marmóreo y shakesperiano. El nombre de uno de sus ejemplares, uno cualquiera de sus ejemplares, es una decisión meditada durante casi nueve meses. Viven pendientes de espejos y autorretratos y miles de fotografías. Todos, en alguna ocasión, piensan en la posibilidad de matarse. Se regocijan imaginando no existir. Quizás para hacer sentir culpables a otros. Porque ellos se sienten culpables. Matan. Y torturan. Son Maos. Son Mengeles. Son hunos. Son Macbeths. Pero explotan por dentro. De culpa. Como sistemas circulatorios que descienden a fosas abisales. Las venas verdes. Las arterias escarlatas. La conciencia. Como un gas. Explotan.

También son seres felices e inconscientes. Más de la mitad de sus poblaciones no sabe nada. Y el desconocimiento (como el olvido, como la sordera) es garante de paz y bienestar. Lo cual no quiere decir que lleven una vida digna. Casi nadie la lleva. Ni siquiera los miembros de las sociedades opulentas, usando bienes que les pertenecerán definitivamente cuando celebren su 2ª próstata o su 5ª liposucción. Desquiciados por montañas de papeles, firmas, cláusulas y vencimientos y códigos pin. Sedados con la ilusión óptica de la democracia, que finge que la mano que se introduce en una urna es la mano que sostiene el bastón de mando de un país. Inventan esa palabra, país, que no deja de ser un coágulo de pueblos y comunidades con temor y orgullo, obsesionados con su Historia Común, una ficción más o menos buena literariamente, una burbuja en la que tú no puedes entrar, chincha. También viven obsesionados con informarse. De cualquier cosa. La cuestión es vivir informado, porque eso se supone un cordón umbilical con el mundo. Sólo que no se sabe con qué mundo.

En los países opulentos llegan a vivir seriamente taladrados con la cultura. Todos quieren hacer cultura. La obra de arte, antes un producto para llegar a las divinidades (sempre enfurecidas las divinidades, todas hipertensas y con úlceras gástricas), se vuelve asombrosamente cada vez más una cuestión de vida, integrada en lo cotidiano como una necesidad vital. Diseño industrial, casas de diseño, pret-à-porter, body art… Incluso para los seres humanos la propia vida se concibe como una obra de arte: el life art, será. O bioart, ya que bio- se ha revelado como un prefijo tan afortunado… Vidas fascinantes cuyas decisiones obedecerán estrictamente a criterios estéticos y artísticos en consonancia con la moda de la existencia. Fascinantes. Existencia. Moda.

Miran poco al cielo. Ya no les sirve de nada. Esperaron tanto tiempo que llegara alguien. Nunca vino nadie, nunca nada más que estrellas, sol, luna, eclipses y otra vez eclipses y tormentas. La misma aburrida meteorología. Bandadas de cuervos. Un cometa perdido cuando mucho. Luces extrañas. Signos. Significantes sin significado. Se volvieron prosaicos, terrestres. Todo está aquí abajo. Dentro de nosotros. Estamos hechos de polvo estelar, ¿qué más coño queremos?

En ocasiones siento tierna lástima de ellos. Pequeños seres, confinados a su memoria. Actrices de belleza legendaria que ni se reconocen en la pantalla [alguien lo sabe? el nombre de aquel artista que sabía que había sido grande pero había olvidado exactamente quién?] , altos mandatarios que olvidan las leyes injustas que promulgaron, grandes magnates que olvidan dónde enterraron los tesoros saqueados… El Alzheimer, antes que la Muerte – como creían los medievales- los iguala a todos. Sin memoria no son nada, nadie, nada. Por eso se esfuerzan con cierto patetismo en sacar fotos, en hacerse cédulas de identidad, en firmar en miles de documentos, en filmar películas que les inventen su historia, sus guerras, sus descubrimientos científicos, que les recuerden a ellos mismos quién son ellos mismos, tienen miedo de no ser, pero mucho más de no haber sido, y eso es el olvido, eso es que los olviden, que no quede rastro de ellos, nada, ni una pelvis fosilizada, ni los restos de sus monumentos, ni los restos de una última cena, ni una instantánea, ni un apunte con su letra, ni una huella suya sobre las cenizas de un volcán, ni su voz en una grabación muy vieja, ni un lazo de su pelo, ni su nombre en el medio de un millar de nombres, ni su nombre pequeño, aquel por el que nos llamaban los que nos amaban los que nos detestaban los que nos amamantaban
a nosotros
que durábamos para casi siempre sólo porque escribíamos esto y tú

tú lo leías obedientemente hasta el final…

BSO adecuada para este informe: Angelene, PJ Harvey. Nunca hubo puta tan existencialista como Angelene. Su tristeza rigurosa tan arte.

La foto fue tomada por Yolanda Castaño y retocada por Estíbaliz…

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