las tripas de un cuento

fotografía de Robert&Shana Parkeharrison, The Book of Life

Escribe.

Escribe con mano mortal un coche.

Escribe con mano mortal un coche sobre una carretera.

Cualquier otra mano escribiría: un día apacible. Tú no. El día es apacible, pero no merece la pena registrarlo. Registrarlo todo es de funcionarios. Tu labor es contraria a esa máxima.

Así que: la carretera; y sobre ella, el coche.

En el interior del coche viajan tres personas. Un hombre. Una mujer. Un niño.

Cualquier otra mano diría algo de ellos. O haría un punto de inflexión en el relato. Por ejemplo: la pareja discute. Por ejemplo, la pareja no se conoce de nada. Por ejemplo, accidente.

Tú no. Tu terca mano mortal escribe la nada de ese día, de ese coche, de esos seres. Un vector en el espacio. La música suena muy por encima de las posibilidades de que suceda algo más. La mujer se peina el pelo largo y lo echa hacia atrás, con la soltura de una mano mortal efervescente de células. El hombre ríe y hace algún comentario sobre los árboles del camino. Son frondosos. El río discurre como una intuición, brillante a lo largo de una idea. Aquí se ve. Aquí no. La mujer ríe también y estira el cuello. Creo que intenta ver el río.

Tú no ríes y sigues narrando.

Es un trabajo duro porque narrar se basa en la curiosidad humana. En la curiosidad humana y en cierto modo de abordarla.

Un diálogo? Ahora? Por qué no?

Podríamos bañarnos en el río

– Eso lo dices porque lo vemos desde aquí. En cuanto te acercas a la orilla está todo lleno de insectos

– Parece un cofre de esmeraldas y zafiros

– Eso es la perspectiva. En cuanto te acercas hay lodo y mierda y agua fría. Insectos

– Me bañaré desnuda

La conversación podría ser superflua, pero no lo es. Muchas conversaciones son necesariamente superfluas. Son modos de encender una realidad que titila y se desvanece. Una realidad hipnótica como una carretera en un bosque compulsivamente denso. Denso hasta la sobredosis. La realidad en silencio parece suspensa, parece en stand by. Hibernar. Los humanos hablamos para contrarrestar esa sensación de tiempo detenido. Hablar es poner en marcha un cronómetro finito. Una pareja en un coche habla. De la música [en esta cantaba Lennon o McCartney?], de los árboles, del vino de la comida, de las cosas que han visto o esperan encontrarse. Del niño que va entretenido en la parte de atrás. Entretenido en el detalle. La infancia no tiene nunca una visión global. La infancia es un detalle: el marco de una puerta, los ojos de un muñeco, el color del zapato. La infancia es zambullirse en el estampado del vestido, naranja y blanco.

El niño viaja sumergido en su río privado de abejas de madera y peluches desteñidos de muchos lavados.

No escucha la conversación sobre el río. El sol no le afecta demasiado. El día no es singular ni plural.

Escribe, escribe con mano mortal que nada sucede. Que el coche circula por la carretera paralela al río. Que el hombre sonríe, que la mujer sonríe.

Y ahora haznos creer que todo eso, que todo eso es alta literatura.

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