still life en patio interior

dibujo de Mizna Wada 

Una gaviota acaba de caer del tejado al patio.

Es marrón, pequeña. Joven.

Ella no lo sabe, pero tiene 8 pisos que remontar.

Oí la caída desde esta habitación. A continuación, los chillidos. Me levanté. Sin correr. Me asomé a la ventana de la cocina. Era marrón, pequeña. Joven. Estaba asustada.

Imaginé su corazón. Las gaviotas no tienen corazón. Pero esta tenía uno, marrón y pequeño. Joven. Bombeaba mucha sangre a su cerebro de gaviota. Así que movía la cabeza nerviosa, buscando cómo salir.

Nadie estaba asomado a las ventanas del patio. Solamente yo. La única de la raza humana entre toallas y braguitas puestas a secar bajo las mamparas de los tendales. La única que podía estimar las probabilidades de supervivencia de esa criatura caída. La única que podía ponerse en su piel permeada y compartir los latidos de su corazón. La única que podía hacer algo, fuera del ingenio de su cerebro y la habilidad de su vuelo. De la gaivota. De aquello que iba a serlo [gaviota]. De lo que fuese que fuese.

Cerré la ventana.

Los chillidos y las pisadas en el techo de plástico se amortiguaron.

Comprobé que todo estaba en su lugar: el azúcar en el tarro. El agua, en la botella. El corazón, a la izquierda.

Sólo la gaviota estaba fuera del suyo, pero eso ya sucedía más allá de los límites de mis ojos. De mis oídos.

Volví a mi trabajo humano. A esta página. Aquí.

Un trabajo que puedo justificar de mil maneras sin que haya una gaviota por el medio de ninguna de ellas.

Pero verdaderamente, desearía bajar a por esa gaviota y depositarla con amor infantil en el tejado.

Y con estas sintaxis esforzadas no soy capaz de hacerlo.

Como non puedo volver a juntar el azúcar desparramado.

Como no puedo reintroducir el agua en la botella rota.

Como no puedo por arte de magia hacer latir un corazón.

La gaviota es una criatura desesperada. Con 8 pisos que remontar [sólo yo dispongo de ese dato].

Una vez conocí a alguien igual.

Y la literatura fue una herramienta demasiado blanda, demasiado autocomplaciente, demasiado estúpida para levantarlo de nuevo hasta el tejado.

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