pan troglodytes

callada, callada

la chimpancé Washoe, jugando al escondite

Me presento. Yo soy la chimpancé a la que dejaron sola durante varios años con una máquina de escribir y acabó por escribir la Ilíada.

Me llaman Helena, en homenaje a ese personaje que creé y que es mi predilecto. Al principio de todo este escándalo científico y literario, algún gracioso del equipo de investigación me quiso apodar Romera, por nosequé de un relato de Suso de Toro, y encantado de que yo fuese del otro sexo, no sé con qué oscuras intenciones mercantilistas. Pero al final gané yo, con la vieja estratagema de negarme a entregarles una segunda parte si no concedían en llamarme Helena. Con hache. Helena es mi predilecta porque es una salvaje, como dicen de mí. Y una caprichosa.

Ahora no les sigo contando nada si no me dan un cacahuete.

[lanzo un cacahuete desde el patio de butacas. Con desgana]

¿Sólo uno? ¡Mira que sois cutres, con lo que os reís conmigo!

Yo nací de padre desconocido en las selvas de lo que llaman Guinea. Cuando tenía cuatro años fui capturada y metida en un cajón a bordo de un barco, donde conocí bien de cerca la necedad humana y su necia lucidez.

Dale un poco de ron a esta, que tiene cara de lista

Si hubiese sido lista, no estaría aquí. Como nosotros

Entonces, que baile

Aprendí rápido. En las bodegas de carga del barco, donde me dejaban sola días y días para que corriese y chillase sin molestar a la tripulación, encontré los restos de un informe que un predecesor mío había escrito el año anterior. Era un informe para una Academia, nunca logré saber cuál. Admiré profundamente, con mi admiración tosca y protohumana –como aventuraréis a decir- a aquel anónimo hermano mío, perdido como yo en el mar mayor y en manos de aquellos seres que vosotros sois. Cuando llegué a mi destino, en el otro lado del océano, yo ya llevaba una idea en mi pequeño cerebro – que es la mitad que el vuestro, según vuestros propios cálculos- de qué tipo de criatura era aquélla que me había hecho cautivo y me iba a monopolizar la vida de allí en adelante.

[del patio de butacas se levantan cuatro personas]

Eso os duele, ¿eh? Pues para crear más suspense, antes os hablaré un poco de mi chico, el Piojoso, al que me vi forzado a abandonar en las paradisíacas y blandas selvas de la Guinea. El Piojoso era el más bárbaro macho que había conocido nunca. De mal talante, nunca quería cooperar y se negaba a que lo despiojasen alzando su bien formado culo. Mira que anduve loca detrás de él, días y más días, con regalos propios de un rey: bananas aplastadas, palos engomados para hurgar hormigueros, feromonas calientes sólo para él. Y nada. Él, como el Aquiles que después inventé, más preocupado en andar solo por ahí llorando Patroclos que en dejarse despiojar por mí. En mi grupito yo era despiojadora principal, aunque no había llegado, por el momento, a hembra dominante.

Estuve triste muchísimo tiempo. Una semana o así. Hasta que fui capturada y con la herida en caliente apenas me acordé de él. A ello se sumó que hube de invertir toda mi inteligencia –menor que la vuestra, según vuestros propios baremos- en tratar de desatarme y huir, y toda mi memoria en recordar un posible camino de vuelta. Dentro de aquel cajón sólo estábamos yo y el instinto por escapar. Pero en cuanto subimos al barco y noté el olor a pez muerto, supe que aquéllo iba para largo y sentí mucha morriña de mi Piojoso y también de mi pequeño grupo y de las bananas aplastadas con bichos que preparábamos para cenar en el virginal verdor de las selvas de Guinea.

[en el patio de butacas suenan los pañuelos]

Ahora seguiré hablando de cómo llegué a tierra y cómo, durante varios años, fui la estrella principal de un circo checo. Con una corona en las sienes. Me sentaba en un trono y simulaba dar órdenes a otros chimpancés, que corrían a cumplirlas como monos.

Una noche, sentados entre el público, entreví a los que se convertirían en mis mentores. Me observaban fijamente, como deseosos de conocerme y saber hasta dónde llegarían mis conexiones neuronales bajo su protectorado. Así que, de la noche a la mañana, pasé del trono de cartón del circo a la camilla de laboratorio de una oscura universidad con menos ventanales que salas blancas y con más prestigio que ventanales. Cada vez más lejos de mi estirpe animal.

[en el patio de butacas se advierten incómodos rozamientos de culo sobre el asiento]

Hará cosa de dos años resolvieron encerrarme durante una eternidad, sola, con una olivetti lettera Pluma 22, y de las antiguas –de las que se atascan al escribir, los muy cabrones-, después de observar mi interés por las películas tipo peplum y escuchar las críticas que yo había improvisado sobre ciertos autores reblandecidos como mantequilla en su afán de agradar a las señoras y a los abandonados por la fe religiosa. Mi objetividad de simio les parecía de una espontaneidad y un acierto tales que muchas de mis opiniones vieron la luz en suplementos literarios de prestigiosos periódicos. Y fueron totalmente aceptadas, dado que nadie sospechó de qué minimizados –así los calificaréis – sesos había salido aquella ristra de palabras.

[algunos reprimen un “oh” en el patio de butacas. Otros, no]

Y como sucede que no quiero aburrirlos con mi historia – y estoy hambrienta- termino ya. Lo demás les permito que lo imaginen. En esos dos años largos de síndrome de Estocolmo escribí una historia que la casualidad – o ciertas leyes inventadas- quiso idéntica a la transcrita por un ser de vuestra especie que vivió hace un par de miles de años, según parece. El hambre y la soledad a un hombre lo animalizan. A mí me humanizaron. Con ellas y con la ausencia de Piojosos compuse la trama de un largo asedio y una guerra, en todo semejante a lo que yo sentía en verdad dentro de mi cráneo, conectado con cables a la posteridad científica.Posteridad que tomaba la forma de un señor gordo que anotaba cosas en una libretita con cierta desgana.

El libro se publicó cuando yo trabajaba, ya adicta a los neurolépticos, en una segunda parte que titulé Ulysses.

[nadie reprime un “oh” en el patio de butacas. La gente tiene entrañas cuando se la sabe manejar bien]

Luego vinieron los premios, las fotos, los seres de vuestra especie que querían pasar noche conmigo a cualquier precio. Volví a ser la chimpancé sentada en el trono.

Pero este trono era de verdad, y mis monos érais vosotros.

Ahora me he aburrido de esa vida y me he retirado a vivir a una buhardilla en alquiler. Allí compongo historias que no acabo de terminar completamente. Y es que vivo fuera de mí, abúlica, sin interés. Planeo una fuga hacia Guinea, si consigo sortear a los paparazzi y a los pesados escandinavos que pretenden honrarme con un premio. A mí, escribir la Ilíada no me ha valido de nada. Quiero dejar de ser esto que habla y vosotros aplaudís.

[Pausa dramática. Entre el público hay un arranque de tímidos aplausos que Helena corta con un glacial gesto de autoridad]

Quiero volver a ser animal.

2002

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