fumarola

Posted 3 Febrero, 2010 by estíbaliz...
Categories: injertos

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F U M A R O L A   F E M E N I N A

Reseña aparecida en la revista gallega Ollo público en verano de 2009.Traducción de E…E

Los lugares de encierro [una página, por ejemplo] ejercen su poder de atracción sobre nosotros.

Todo lo que allí dentro sucede mezcla podredumbre y esplendor. Acecho y delirio. Puntitas de iceberg. Fumarolas oceánicas. Uno de los libros que releeré más veces en mi vida: Los hermosos años del castigo. De Fleur Jaeggy. En la colección La flauta mágica de la editorial Tusquets. 117 páginas. Primera edición en Adelphi,1989. No contamos aún con la traducción a gallego de una de las bildungsroman más femeninas que existen -junto al Orlando de la Woolf y la serie Claudine de Colette- en la estela literaria del internado suizo solo para chicas. Las novelas de internado son clásicos femeninos. Las novelas de internado adolescentes de Enid Blyton, Santa Clara y Torres de Malory. Las novelas de internados abandonados, El guardián entre el centeno de JD Salinger, las autobios de Thomas Bernhard. Las novelas de internado presurizan la naturaleza humana hasta volverla una pasta vulnerable. Más allá de las novelas, las historias de internado conforman esos microcosmos de aire helado en los que las palabras grandiosas del inicio de la vida adulta -fraternidad, viaje, casa, libremente, freilich, literatura, amor- escuecen como cartas sin respuesta.

La primera frase de la novela dice así: A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. Enseguida pasa a hablar de Robert Walser. Hay una voluntad de injertarse con la locura desde esas primeras páginas, pero la narradora parece condenada a contemplarla, casi a espiarla en otros seres. En Frédérique. Esa joven perfecta, esa Beatriz con gramos de la Olimpia del Coppelius de Hoffmann. No sabemos jamás el nombre de la narradora [¿hace falta saberlo?] como tampoco sabemos nunca el nombre de la aparente protagonista de Rebeca -que no es Rebeca- en ese clásico claustrofóbico de Hitchcock. De una manera análoga, la Rebeca de Los hermosos años… es la Frédérique maravillosa y glacial. Autómata. Una parábola de talento. La joven espiada, la joven adorada. El amor puro. La que ya había llegado más lejos que yo. Esta es la historia de todas esas criaturas que despuntan en su primer contacto con el mundo y son contempladas por otras, las segundonas, las narradoras, las actrices de reparto que, con el paso del tiempo, asistirán al desmoronamiento de tanta belleza. De tanta pureza. Sobredosis de.

Esta es la historia eterna de los que narran. Nunca los mejores. Sólo los que observan a los mejores.

El estilo de la novela discurre entre indolente y aplicado. Quiero decir que se aplica sobre lo que se narra con la disposición de una joven disciplinada y, de una manera muy fugaz, deja entrever las fumarolas que asoman en las geografías imprecisas de las relaciones con los cuerpos a los catorce años. Las fumarolas pero nunca la lava. Nunca el magma. La pasión se comporta como un recuerdo lejano. Existe pero. Explica el cosmos y las circunstancias vitales de ese montón de chicas de la alta sociedad aisladas entre lagos y montañas, pero. La narradora vertebra la escasa acción de la novela con el hilo de reflexiones venenosas y lúcidas sobre la naturaleza de las relaciones adolescentes. El tiempo va y vuelve, ella cuenta desde su presente y regresa a sumergirse en el único espacio que parece hallar en donde la tortura del encierro deviene luminosa: Bausler, el internado. La cárcel de la saudade. El castigo hermoso. La paradoja. El lugar de la primera comprensión del mundo y de su naturaleza. El lugar del desgarro infinitesimal.

Todo contado desde el interior de un glaciar.

Estíbaliz…Espinosa me fecit

Más de Fleur

meme y mema

Posted 1 Febrero, 2010 by estíbaliz...
Categories: listismo

cinderella

Sé que el cliché establece que internet nos relaciona con extraños al tiempo que nos distancia de nuestro entorno inmediato, familia, amigos o vecinos.  En mi caso, sin embargo, internet además de con unos pocos desconocidos y pseudodesconcocidos también me ha puesto en contacto con mi entrañable vecina de 3 pisos abajo, a la que apenas conocía y de la que ignoraba, por ejemplo, que tuviese un gato o leyese Bomarzo.

Hace unos meses me invitó a un meme. No soy muy de memes [mimi, mmmm], pero este lo rellené después de haber leído el suyo, que disfruté por su gran personalidad. Creo que por primera vez curioseé en el mundo interior de una vecina con mucha más precisión que si hubiese estado fisgándola entre visillos.

De este meme en concreto, tan insustancial como casi todos, me sorprende la lógica que rige el orden de las preguntas. Ninguna.

Radiografía mema de hace casi un año:

1.- ¿Cuál es tu obsesión ahora mismo? El meme

2.- Un lugar para relajarse. El hueco de mi brazo doblado

3.-¿Te echas la siesta? Tengo un niño. Eso quiere decir, NO. Pero a veces…

4.-¿Quién ha sido la última persona a la que has abrazado? Al que no me da siestas pero sí abrazos

5.-¿Tu plato preferido para la cena? Yogur con avena. Que rime es casualidad.

6.-¿La última cosa que te has comprado? Colirio. Internet me mata.

7.- ¿Qué escuchas ahora mismo? El ventilador del ordenador. Es como un ronroneo. A veces lo acaricio un poco.

8.-¿Tu estación del año preferida? Cerezas, nieve, perseidas, Orión, que anochezca pronto y saltar olas. Es decir, todas. Estacionalidad en sí.
9.- ¿Cuál han sido tus mejores o peores vacaciones? No me gusta demasiado viajar, al contrario que a casi todo el mundo. Casi siempre he viajado por trabajo o extrañas actividades.

10.- ¿Qué tienes en tu armario del baño? Lo que cualquiera: potingues que nos hacen creer más bellos, humanos y tolerables. Read the rest of this post »

preguntas para un puto abismo

Posted 28 Enero, 2010 by estíbaliz...
Categories: textos-probeta

Prescribed paradise, by Jason DeMarte

Quién debajo de ti debajo de mí debajo de ti. Quién observará la lenta corrosión de los aerogeneradores de A Faladoira y el óxido deshuesando los argumentos de los triunfadores. De cualquier época y de un lugar cualquiera. Quién se apoderará del trono de una hoja de papel por un instante. Al dorso de esta página, quién dibujará el croquis de una nave celeste. Quién creerá en el espejismo de la vida escrita en medio del desierto de la viva muerte. La maleza en torno a tus manos, quién la cortará. Quién verá al sol protagonizar  la novela del firmamento, adoptar los gestos de un hongo nuclear y quién, pregunto quién, se volverá carbón junto a este texto y todos aquellos textos, pregunto quién, increíbles. En la mano de quién se fragmentará el último ejemplar de Genji, los ojos de quién serán los últimos en leer a Swift, junto al corazón de quién estallarán las Follas Novas desrevoloteando como una golondrina flechada en pleno vuelo. Quién por sobre ti por sobre mí verá cómo los tallos de hierba engullen lo humano. Digieren lo humano. Eructan lo humano en forma de quién sabe qué fruto o esperma o flor. Con su parsimonia algo macabra fotosintetizan ideas, se injertan en lo inolvidable. Con su torpeza de rama, su ceguera de raíz, socavan una casa abandonada a los pies de una civilización. Quién irá desrepitiendo estas anáforas. Quién neiuq. Descosiendo el aliento vital, puntada a puntada, los televisores, los umbrales, las presas, los cines, las plataformas petrolíferas, los peep-shows, los grandes telescopios punto a punto, despuntando reduciendo a hilachas la magnitud. Quién y luego quién. Y otro quién. Y otro. Quién de entre vosotros, amigos, remotos, quién. Quién  a través de la idiotez se abrirá paso. Quién a pesar de todo su esfuerzo no durará. Quién, difama, quién. Quién di, fama, quién. Quién, pregunto quién, qué posteridad de seda la estrangulará si la vida no se compromete. Quién firmará bulas, certificados, garantías de hibernación en frío, cláusulas de clonación, novelas. Quién deseará no habernos conocido. Quién embrión, quién larva. Quién virus sin vida. Quién bacteria imbécil pero que heredará la tierra. Quién quasar en el confín de todo lo que nos resulta vagamente familiar y conocido. Quién parpadeará ante el nuevo infinito que no sabe de memoria. Quién de entre nosotros parirá la inteligencia que podría cifrar la vida, quién sabe, en un código diminuto, con una ecuación elegante, en un tejido algo absurdo, sobre  un material invisible, a través de lo inimaginado. Y se la llevará de aquí muy lejos de aquí, aquí a quién, pregunto quién, al fondo de este universo que se desenvuelve en tu mano, que ojalá se riese contigo o al menos de ti. Lejos, lejos, más lejanía entre yo y mi verbo, entre tú y tu circunstancia. Lejos de todo, quién se la llevará, vida nuestra, la que conocemos y nos conoce, quién, pregunto quién, de esta lúcida suspensión, lúcido sustento eclipsado por quién.

2009

cómo reconocer a un clásico

Posted 23 Enero, 2010 by estíbaliz...
Categories: textos-probeta

el síndrome ante el clásico

Leerte es amasar un trozo de uranio

mirada al sol todo un eclipse

no parpadear durante varios minutos

y, de salir indemne,

suspender mi aliento con tu aliento.

Y es leerte odiarte y lamentar no haberte escrito

y es leerte una matriz donde me espasmo.

Desear morirme en el medio de tus sustantivos vencida de

entropía que desordena tus páginas cuando te cierro cuando

le hago el amor a otros objetos

y tú – y tú-

te entreabres como un labio que silba mi nombre en medio del desierto de Sonora

en lo alto

de un promontorio que conozco y al que hube de arrojarte.

Tú palpitas para que te abra de nuevo y lo haces

y lo haces todo el tiempo porque llevas

la perdición en tu lomo banal y tu burda portada.

Leerte es untarme con helio.

Me esperas inocente en la mesilla.

Me preguntan por ti: no digo nada.

No quiero que nadie te conozca.

Te odio y te venero.

Mis palabras resuenan

en el hueco de tu eco.

2003

Breve reatrato de la posteridad, Pablo Gallo

página a punto de

Posted 12 Diciembre, 2009 by estíbaliz...
Categories: ciencias y ficciones

PÁGINA A PUNTO DE

Irrumpimos en esta geometría de bordes obedientes a la escritura como feroces carcomidos por una distancia de siglos.

No es más que un nicho de mercado, dicen algunos. No es más que un esternón de calcio ausente de mi vida, dices tú. Como sobre una cama revuelta vendavalean nuestros sujetos con tu predicado. Es su silencio de venda el que nos hizo llorar. Es su aspecto de fotografía velada el que emborronó la luz del día. Sepulcro hermético de una palabra enclenque, aferrada a ti como a un cálculo de probabilidades. Fíjate bien, en su cuadrilátero apenas te noqueará la vida. Si bien nada de esto significa estar a salvo. La extinción de las formas sigue tu ritmo de lectura. Rebotamos contra las paredes de esta cárcel del idioma, instalada sobre la estera de un desierto. Qué pájaro querrá beber de este charco de autocomplacencias. Qué humano se contemplará en toda esta agua por la que circula con lentitud de vaca el universo. Una huella seca significa más que esto, relata mejor lo que se entusiasma y se pudre. A ver, un espejo de harina para el monstruo conmovido. La rectangularidad de este paisaje rebanará tu cuello. Hemos cultivado parterres blancos con inocencia y experimento. Campo magnético de juegos de pelota y puntos y aparte. Schrödinger formula nuestra existencia en términos de ser o no observados. Ahora la estricta regularidad de la página nos somete a sus guarismos: tu abuela asoma por el borde que has doblado y hay un borracho dormido entre las fibras vegetales. Nada de esto sucedería en el mundo digital. Las páginas no arderían como libros místicos sino que se disolverían como gramos de almas. Algo estremece esto que tenemos entre las manos. Tálamo nupcial de la locura y la consigna. Emulsión cuadrada de área igual a base por altura entre los dos. Compuerta por la que cabalga la humanidad casi dispuesta a conquistarnos. Quién escribe y con qué intenciones. Se desalojó de su materia y llegó a nosotros. Chip nevado. Palma primitiva. La primera mano virtual. Fosa mariana herida por un rayo. Llaga que nunca termina de cerrar del todo. La lenta supuración humana. A punto de nieve su soledad.

Toda la elegancia y la ternura de un pañuelo doblado por nuestra madre al fondo del cajón que en contadas ocasiones miras. Factura de la luz. Estos horizontes móviles pueden con todo. Nada los amenaza, nada los arrasa. Soportan, como columnas de humo, la belleza. Salen indemnes de ella. No se inmutan ante nuestro informe forense. Saben dónde se esconde el delator sin delatarlo. Nunca se leen entre líneas a sí mismas. Sellado con silicona preservan el corazón de los grandes. En una urna griega, las cenizas de un romántico inglés. En un cáliz que se aparta, las retinas celestes de un peruano. Resiste una copia en carbón de aquellos que se perdieron. Páginas de cortesía nos ofrecen su cálida nuca. Páginas, páginas, páginas. Demasiadas. Su insolencia. Léeme. A veces sosa su cáustica, aburrido su paroxismo. Las ocultas, las pálidas, las eclipsadas… qué hambre de su peinado de trenzas oscuras. De toda su patafísica. Quién lo diría: células fotoeléctricas que se activan con tu mirada. Hologramas viviendo su existencia a medias en el orden del alfabeto. Es esta una cama hecha para deshacerse. Una levadura que levita. Cada expresión humana corre a esta ecuación a guarecerse. Del mundo. A pesar de nosotros mismos, su registro nos lamina en pasados y futuros, formas dichas y elididas, nombres propios y comunes. Lo mezcla todo. Su ciencia vacuna la ficción. De la escritura no esperes nada, la literatura con su forma de hueco de pala está excavando los contornos de tu muerte. Les planta flores y vías lácteas. En este laboratorio improvisado que fregamos desde los siete años, una casual sucesión de químicas orgánicas convierte esos contornos en bomba.

Una bomba permanentemente en suspense sobre la boca abierta de un niño.

Es el hijo de tu hijo de tu hijo, radiactivado en la lectura.

Estíbaliz…Espinosa, 2008

base de datos: obsesiones

Posted 27 Noviembre, 2009 by estíbaliz...
Categories: listismo

BASE DE DATOS: OBSESIONES

Me obsesiona el futuro.

Cuántos escritores hay leyendo esto

sin saber que algo les influiré

a su pesar

con todo.

Me obsesiona que él se encuentre bien.

Que las rocas del espacio se exhiban indiferentes

que no todo en ellas sea significativo

ese alivio cósmico

me obsesiona.

[...]

Me obsesiona escribir extraordinariamente

lo que sé que podría escribir de puta pena.

Me obsesiona qué pasó con Lucy

la australopitheco

y las tres huellas de Laetoli. Hacia dónde. Y. Por qué.

[...]

Salir a la calle a cruzarme con un chico

más joven que yo que mirará en mis ojos

y a ellos, como un ácido, arrojará su vida.

Me obsesiona no vivir en guerra

y que nadie amenace con volarme las ideas.

Lo agradezco pero

es sospechosa tanta paz.

La palabra país no me obsesionaba a pesar de que

todo en la naturaleza indica que ha de obsesionarme.

Los árboles me miran interrogantes esperan nombres

que yo no sé darles, yo no, sino Dorotea, la bisabuela

que jamás dejó de estar sola

en su

ca

ri

cola.

Se imaginaba a sí misma mi bisabuela

como una gran ammonites mi bisabuela, seguramente

tampoco ella contaba con nombre para eso.

Una mujer obsesionada con su propia naturaleza

furiosa de leira herida.

[...]

Dos generaciones después, he aquí que en la pequeña ciudad me obsesiona ganar una miseria

y que no me obsesione ganar mucho más dinero.

Debería ansiar el poder y el dinero. Debería porque.

El prestigio. El Nobel.

En el fondo

siempre me entristecen esos mis ciertos

atisbos de genialidad.

Como todo el mundo siento que a veces abro mis ojos

y un láser arrasa el mundo que conozco.

La lucidez, fina como es como un bisturí,

no cabría por el ojo de la aguja con que la razón nos cose

a cada milimétrica punta de emoción.

[...]

Me obsesionan -en ciertas posturas- la caverna de Platón,

la caña de Pascal, la almohada de Shonagon,

el sello del anillo de Spinoza, el brazo perdido de Valle y sus barbas

y las de Tolstoi y las de Whitman, similares en caos y alegría.

El maldito maletín negro de Benjamin

y la calidad de las piedras en el bolsillo de Woolf.

Blavatsky en el cerebro perdido de Lovecraft.

Tesla y Buckminster mano a mano, el rayo mortal en la nave espacial Tierra.

Los dos nacidos en mi mes.

Eclipsados los dos en su momento

para poder relamernos con gusto sus heridas en el nuestro.

El lugar de Taramancos, me obsesiona

si existe un pulmón allí enterrado.

Y las erres arrastradas de Lispector y las de Cortázar, y que todo eso

se arrugue como un papel en las manos de un monstruo.

Ramón Llul, me obsesiona.

Su capacidad de darle a todo, a todo, sí.

Yo le daba a todo y eso ha devenido en

una maldición promiscua de la que ansío librarme.

El polifacetismo. No encuentro insulto peor.

Sólo sé esto: escribir.

Sé hacerlo bien. Lo hago desde niña

en soledad y en penumbra

bajo la manta y el nogal lo hago

sin pedirle explicaciones a los virus por ser ellos

más inmortales que yo y que tú

y que este verso que estamos agrietando juntos,

tú de ese tu lado

y yo de este el mío,

tan riquiños

los dos.

Y si esto era un verso, cómo es que nadie lo recuerda?

[...]

Nada de mendigar por los periódicos una columna de san simeón a la que encaramarme.

Nada de pedir limosnas culturales, ni sonreír en las fotos sé.

No llevo bien los halagos, las críticas peor.

Me obsesiona no saber cómo gestionar un éxito repentino.

Me obsesiona que a esto le llamemos poesía sólo porque

he querido cortar la frase ahí: qué hay de truco en todo eso?

Un ilusionismo barato

baratísimo

no te cuesta nada leerme ni odiarme.

Debería cobrarte.

[...]

Los autómatas me obsesionan y todo

aquello que nos recuerda que somos reproducibles.

El clon del clon del clon

con esa palabra que es casi una onomatopeya.

Quién tomaría en serio a su clon? Y sin embargo

sería nosotros, dispuesto a donarnos su páncreas si hiciera falta,

sus dos aurículas y sus dos ventrículos:

mucho mejor persona que muchas personas nativas.

[...]

Me obsesiona -por las noches que no duermo-

la ciencia en la literatura como una

inyección de abismo en el tórax

como una –como una-

ecuación donde la emoción se despeja y gravita pelada

sólo sus huesos bajo el infinito.

Temblorosos.

Algo tan parecido a ti.

Que me acusen de experimental, me obsesiona.

Que no me acusen de experimental.

Seré yo, maestro? Seré yo?



Me obsesiona mi inseguridad

que certifica a los demás que nada hago a derechas en su presencia

cuando el fantasma de la perfección se me aparece en sus ausencias

clarito y diáfano como toda aparición a solas.

Me obsesionan esas entrevistas llenas de tonterías deformadas

por la supuesta necesidad de la información.

De la necesidad a la necedad en un par de siglos.

Que se dice pronto.

Nadie necesita que yo le explique nada.

Las entrevistas no pueden suplantar una obra.

Una obra no puede suplantar tu mano.

Tu mano no puede suplantarte.

[...]

Me obsesiona el crucero hasta Creta

que sólo deseo llevar a cabo con mi madre

para que salga de esto que ahora llamamos España

y la miren los hombres.

Que yo me encamine al palacio de Cnossos y ella

se entretenga tomando el sol toda vestida

con una cerveza muy cretense y muy fría

de cháchara con un nativo:

“Todos los cretenses mienten. Si no lo fuese, señora,

diría que es usted bellísima”

y mi madre sonría bajo el sol y la verdad.

Lo he soñado mucho.

De mi madre

también me obsesiona que sepa

que todo mi trabajo es un culto a su persona

a su fuerza sobrenatural

sin ayuda de los hombres,

o a pesar de ellos,

al colágeno natural de su piel

a sus arreglos chapuceros en trajes de chaqueta

a su belleza imposible con una pensión como la suya.

[...]

Me obsesiona la medicación de G. y es por eso

que me obsesionan el cerebro y sus obsesiones.

Un globo redondo que estalla

si lo presiono con un dedo de melancolía.

Esos líquidos raquídeos.

Esa invasión de letargos.

Esa lengua que prende porque

algo en la cabeza no anda bien.

Sostiene un libro entre las manos y el libro tiembla.

Eso es el haloperidol.

Eso es ser clase baja.

No poder salir de una frase

que no estaba destinada a nosotros.

Me obsesiona que G. sepa, que sepas, mi hermano mío,

que en mi cabeza siempre tienes diecinueve

con tu diploma literario, tus medallas deportivas

y la marca que dejaron en el empapelado de nuestra vida

siempre diecinueve

los tienes, abrumadoramente.

[...]

Me obsesiona la obsesión de un neanderthal.

Si algo intuyó sobre el tiempo que le quedaba.

Si acertó a adivinar qué especie torpe le haría tropezar.

Me obsesiona el cosmos y su falta de obsesiones.

Debería manifestar alguna histeria, alguna neura.

Un grito en el vacío de vez en cuando.

Nos haría sentir mucho mejor.

Lo único obsesivo es

el aire de no ir a dejarnos nunca

que tienen las estrellas

su cómica duplicidad

su talento poco reconocido.

Me obsesiona pensar que algún día

descerrajaremos todo eso

y se acabará la magia.

Me obsesiona el principio de un poema

como me obsesiona su final.

Como me obsesiona su final.

[...]

Como me obsesiona no repetirme. Y como me obsesiona

el parpadeo de los libros, de la propia tierra cuando se abre

cuando se cierra.

Y te ha engullido.

Estíbaliz…Espinosa

rea

Posted 28 Octubre, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

mulleresgatos

Comparezco ante el tribunal de escritoras. Read the rest of this post »

notas rápidas sobre el lector

Posted 29 Agosto, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores, ojo mecánico

palacedepression

Pienso en el lector. No en ti. En el lector como concepto, como cosa que se maneja, se justifica y se defiende.

En ocasiones me recuerda al concepto de plebe, el lector. Al de pueblo. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Todo para el lector.

La literatura es el camarote de los hermanos Marx. La de cualquier lugar, me temo. La de Venezuela y la de Galicia, la de España y la de las Seychelles. Me pregunto cómo será la literatura de los cayos de Mochima y Morrocoy. En un mes estaré allí, buceando en su literatura, comiendo su literatura con gotas de limón, limpiándome su literatura de entre los dedos de los pies. Envidiando el resplandor de su literatura que tal vez quiera impresionarme a mí, la europea.

Decía que el concepto de lector se acerca y se quema de analogía en el concepto de plebe. La literatura, como toda empresa, es jerárquica hasta cuando no lo parece. Vende jirones de alma humana, pliegues oscuros y sociedades náufragas, hombres con bellos ojos en crisis, sustancia política y metafísica. Vende exilios, sentimentalismos de ganga, frases nobles que aprenderse de memoria. Vende honor perdido. Vende.

Y en todo organismo de venta impera la jerarquía. Los que venden mucho, los bestseller, son tratados desde las tribunas con el desprecio paternal con el que se contempla el mal gusto de los nuevos ricos. Acumulan dinero, sí, pero les falta estilo. El estilo, como la clara de huevo, es inaprehensible. Se lo arrogan los aristócratas.Tal vez no vendan tanto, pero sufren la distancia del respeto y la adulación.

Hay oligarcas. Hay alta burguesía bien situada, clave para acceder al salón del trono.

No existe rey. Todos somos Macbeth.

Hay escritores que dependen de otros escritores. Como los esclavos de los sirvientes, buscan su protección para subir en la escala. Se acercan con naricilla de ciervo. Oh. Normalmente manejan con soltura fortunas de ese capital extraño, que sólo empobrece a quien lo recibe, la lisonja. Caen bien. Son aceptados. Aguantan la bebida que no veas.

Todos los escritores olvidan en algún momento que los lectores también son escritores y que, por tanto, su juicio es mortal. Quiero decir que se muere y es reemplazado por otros juicios de otros escritores que en sus ratos libres ejercen de lectores, o al revés.

El lector es como el pueblo porque se habla de él de un modo afligido. Cuánto tiene que aguantar. Los pobres lectores. Nuestro público, que tanto nos quiere. Nuestro más fiel perro guardián, dragón del tesoro. Qué haríamos sin el pueblo. A ellos corresponde la última palabra. Yo, como lectora ciudadana, me siento vituperada si… Los poderosos nos oprimen con sus malas gestiones argentarias y sus préstamos morales. Los escritores nos oprimen con su falta de talento, su egolatría y su falsa modestia. El falso engreimiento no nos obligaría a perdonarlos pero, inexplicablemente, se tolera aún peor. A ver quién soporta a un escritor feliz, que no se torture con la soledad, el victimismo o las anfetas. Como lectores, como público, como pueblo, nos gusta creer que perdonamos algo. La magnanimidad. Ah. Atributo de los dioses caprichosos.

El lector se pronuncia en las cifras de ventas y el lector-escritor en las columnas críticas. Dioses atados a columnas críticas. Así son los escritores. Y el lector, que es el pueblo, juzga. Y luego sentencia. Compra. O no compra.

Todos los escritores sufren al escribir porque escribir es una prueba de humanidad. Si uno no escribe y posee capacidad para hacerlo se siente como el vampiro que descubre que no se refleja en el espejo. Desorientado, obligado por las circunstancias a succionar bellos cuellos. Hay quien percibe esa obligación, la obligación de escribir, muy honda y se convence de que es humano, y humanista, con 300 páginas, 700 páginas, 1200 páginas. También se conforman espectros literarios: aquéllos que podrían escribir tanto y de tal modo que ya no lo hacen y se dedican a vagar por largos corredores de ensueño.

Yo podría decir tantas cosas…

Escritores hipnotizados. Escritores contables. Funcionarios de la literatura, cumpliendo vagos plazos y mediocres tramas. Escritores que te obligan de un modo tácito a comprar sus libros. Escritores que se inmiscuyen en tus correos y tus teléfonos para contarte todas y cada una de sus presentaciones. Gandules. Esquiroles que, cuando no se debe escribir, lo hacen. Piratas. Y gente aburrida de sus privilegios de clase que teclea en su apple: mierda es la vida. Y le da a intro.

Hay escritores que suicidan su escribilidad. La tiran por la ventana de una pensión de Harar, o la estrangulan en la cama.

Hay burgueses que descubren que todo es Dinamarca, como quien descubriese la pólvora.Y se presentan con la nariz arrugada a cualquier fiesta. Esto es la literatura! Un podrido elsinor de dorians greys!

Y hemos oído decir que todos los escritores danzan la danza de la muerte alrededor de sí mismos. Parece que escribir e imaginarse mortal son la misma cosa. Me pregunto hasta qué punto ha modificado nuestros hemisferios -derecho e izquierdo- vernos por escrito. Es más que probable que a esos otros hemisferios, el Norte y el Sur, los haya modificado  terriblemente. Se diría que les ayuda a definirse su modo de verse en papel: por ejemplo, Buenos Aires. Nadie deja de observar sus librerías. La gente se anticipa a ellas. Tienen que existir. De dónde si no? De dónde si no Borges, Cortázar, Múgica, Pizarnik, Company? América Latina se conoce por su política ultrajada, pero nos ha escrito el siglo XX. Estados Unidos, desde que se disecciona las tripas ante nosotros, también nos cae bien. Si no fuera por el realismo sucio, rudo y duro que son la misma palabra al revés, no nos íbamos a creer que son los mejores. Disney no nos valía. Hollywood tampoco. Ni siquiera los Coen o Pixar.


Las escritoras. No es improbable que caigan mal. Quizás una mujer que escribe pierde sustancia follable, no lo sé. Una mujer escritora se sobreentiende que exige unos gramos de admiración destinados a otro lugar de su esencia que no es su belleza física. Clarice Lispector era muy guapa, como sabemos. Juan Rulfo también lo era. Nadie parece haberlo advertido nunca.  Rimbaud, un muñeco de porcelana. También me imagino bellos a Samuel Beckett y a Catulo. Creo que Mishima me volvería loco si fuese gay. Qué me dicen del pecho turbulento de Hölderlin, de los labios de Larra, de los ojos claros de Castelao. Keats, Byron y Coleridge siempre serán efebos. Pensativos. Pasmados. La decisión en el rostro de Hugo von  Hoffmansthal. En Pound. Adónde me lleva todo esto. Era la belleza un juicio literario? Las mujeres escritoras. Si se comportan como enfermeras y escriben libros curativos y autocomplacientes de fácil lectura, reciben su palmadita y su premio. Si escupen o ladran… qué les dejan a los escritores?

Adónde me lleva todo esto, lector, que has venido con tu dulce ingenuidad hasta este punto. Cuál es el punto y seguido de lo literario, sus puntos y comas. Sus puntos suspensivos malditos, hasta dónde y en qué número. Todo para el lector, pero sin. El lector-pueblo. La jerarquía oculta. Esa odiosa sensación de ingresar en un sistema sólo por dejar por escrito así tac tac tac estas palabras.


deje su huella digital aquí, por favor

Posted 19 Agosto, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

one day

one day

[TEXTO MATRIZ DEL SEMINARIO SOBRE BLOGS IMPARTIDO EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, MARZO DE 2009]

DEJE SU HUELLA DIGITAL AQUÍ, POR FAVOR

Si la pared o el techo son porosos

y las condiciones de conservación

son favorables, nuestra mano

en negativo podrá perdurar a lo

largo de miles de años.

Nos encontramos dentro de la Cueva del Castillo, en Cantabria. Afuera nieva. La caverna se estremece con la luz y hace dudar a la tiniebla. También nuestras pupilas. Siguen el pálpito de un corazón común. Allí estamos reunidos, hombres y mujeres. Portamos nombres que no trascenderán. Rostros que nadie inmortalizará en una polaroid o un retrato goyesco. Tenemos 15.000 años.

Un hombre y una mujer apoyan sus manos sobre la pared de la cueva. Cada uno la misma. La izquierda. Con la derecha sostienen una concha con dos huesecillos de mirlo y un poco de pigmento desleído. Soplan. Durante unos minutos. Sus zurdas permanecen inmóviles, atrapadas en el color. Cuando despegan las manos de la roca, se han escrito para siempre. No lo saben. No tienen ni idea de lo que durará eso ahí y ni siquiera les importa. No existe conciencia temporal, magnitud  histórica. Obedecen al instinto ciego de perpetuarse. Tanto sirve plasmar ADN en los genes de la prole como plasmar una huella en una pared de roca.

El corazón común se acelera y la pared se llena de manos, los cerebros de significado y la pulsión humanística comienza a latir

15.000 años más tarde, el día 17 de septiembre del año 2005, un ejemplar de la misma especie, homo sapiens, se encuentra ante el ordenador una tarde, detrás de unas persianas. Lleva tiempo dándole vueltas a dos ideas: su conciencia es menos suya de lo que le han hecho creer. Su naturaleza es más autómata de lo que la filosofía individualista propugnó, es más hija de su tiempo -los genes de su madre, la alimentación de su bisabuela solitaria, las lecturas de la facultad y el azar- de lo que creía. Es más una criatura mecánica. Para lograr ser una completa criatura mecánica, una parte de su cerebro debe engancharse a alguna sustancia inerte, digital, debe probar las entrañas de la máquina y unir su memoria humana e imprecisa con la memoria cruel y exacta de un ordenador.  Así que brota en su reblandecido cerebro la idea de crear una página personal. Duda entre una página web o un blog. Para la primera tendría que contratar a alguien que manejase el lenguaje html y conceptos básicos de diseño de páginas para la red. Conoce a varias personas, pero no se decide. El estatismo de las páginas web frente al dinamismo y la customización de los blogs es lo que termina por abrirle camino.

Elías Canetti habla de una sociedad en la que todo el mundo es pintado y reza ante su imagen. En principio un blog parecería eso: se habla con acierto y amargura, de los egoblogs, del autobombo, del exceso de yo. Qué sucede en la literatura? No es acaso la literatura en primera persona o con una tercera persona que camufla una primera [Madame Bovary soy yo, Flaubert dixit] una sobredosis sin anestesia de yo, una inmersión a pulmón en un yo?

La escritura en blog también tiene algo de disolución en la nada. Al fin y al cabo, creo que tardaríamos mucho más en acabar con todos los libros y documentos escritos sobre la Tierra que con toda la virtualidad volcada en la red.

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ser texto que

Posted 18 Febrero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores, ciencias y ficciones

pillowbook

Es malvada la escritura.

Es tramposa.

Te hizo creer en tu prodigio personal. Tus cartas imaginativas y audaces, tus exámenes de matrícula de honor, tus redacciones alabadas por las monjas, primeros relatos y poemas llenos de la torpe savia del crecimiento. Por escrito tú eras tóxica como todo lo fabuloso.

Te ramificaste en el aire. Escribiste sobre cortezas desangradas y secas.  Tu cerebro engendró anillos, dendros, celulosa dispuesta a ser escrita, es decir violada cada cierto tiempo.

El mundo lo constituía una palabra. Tú siempre, siempre, tenías la fortuna de poder pronunciarla.

Siempre -siempre- la acertabas.

Con las relaciones personales te empezó a ir peor. En vivo y en directo la gente se arrugaba al conocerte. No es que fueras desagradable, en absoluto. Era sólo que te faltaba algo… no sé. Un acento. Una tipografía discursiva más clara. Negro sobre blanco. La contundencia de tus argumentos por escrito se talaba en el cara a cara. Todos los que te amaban al leerte, que muchos eran, los que caían rendidos tras tus puntos finales, suspensivos, tus dos puntos, los que entraban en coma por tu desprecio hacia las comas, los que adoraban tu pulso, tus negritas, la bastardilla de tus magistrales ingenios verbales,  los que en definitiva ponían los ojos en blanco y lamían la página donde tú pasabas de secuencia genética a secuencia sintáctica… todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo.

Te evitaban en el metro, en el bus. Fingían no verte en la biblioteca, en la frutería. En la sex-shop.

Todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo. En el mundo ese. Real.

No te importaba demasiado. Les preguntaste a tus editoras si la venta de tus libros peligraba. No, respondieron. La venta de tus libros asciende, las cartas de tus fans siguen embutiendo nuestro pequeño puñetero buzón. Sigue adelante, Escrítaliz Escritora. Adelante.

No te convencían.

Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río. A punto de desaparecer. Ante el espejo eres casi transparente. Piensas en tus sólidas editoras, con sus gafas tres veces sólidas. Sólidas y estólidas. E impávidas. Y esdrújulas. No te convencen en absoluto. Para nada. No. Y no.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

Por ejemplo. Tú habías visto a H. aquella mañana. La mañana había sido el anonimato, tú podrías estar muerta o haberte fugado a Brasil. Nadie te había visto. En tu casa no había nadie. El correo se colapsaba de mails sin contestar. No dejaste huellas en la puerta que cerraste con guantes. No generaste basura. Las llamadas no fueron devueltas. El frío cortaba tu rostro hasta hacerlo desaparecer, casi no tenías rostro, éranse una vez un gorro y una bufanda huecos sobre un abrigo hueco ante un par de coquetos guantes huecos. Sólo quedaba de ti el lunar en el centro geométrico de tu cuello, una especie de satélite que orbita tu cráneo sin desplazarse. Casi no existías porque toda tu vida se volcaba en unas 100 páginas apiladas en una mesa. Ellas comían lo que no comías tú, se nutrían de tu esencia y, vistas de reojo, te atreverías a decir que palpitaban sordamente. Componían una historia.

[cuál de las semánticas anteriores precisará ser explicada en el futuro? La palabra mail junto a correo? Urogallo? Sonrisa de Cheshire? Cuál acompañará a la raza humana hasta el momento justo en el que tú lees esto, volviendo inncesaria una nota al pie o un hipertexto?]

Nadie te vio salir ni entrar. No compraste leche. Lo único que accediste a masticar fue un trozo de pan del día anterior o de hacía varios días.

Eras anónima.

Tal vez por eso ver a H. te turbó el ánimo. Era inesperado y en tu  gorro hueco la conversación no se coagulaba, no pedía abrirse paso hasta tu boca. No supiste qué decir. H. esperaba de ti la pirotecnia, el artificio, la revelación del secreto del cosmos, el por qué de esto y aquéllo o, al menos, una puta sugerencia literaria.

Tú. No. Dijiste apenas nada.

Te limitabas a sonreír. Pero la sonrisa es patrimonio de los pánfilos, de los que no tienen nada que ofrecer más que su sonrisa. La sonrisa procede del miedo. Del nervio social. Los chimpancés de Jane Goodall se sonreían por nerviosismo. La sonrisilla nerviosa es el tornillo suelto de ese acto que es sonreír y al que atribuímos seguridad, confianza en uno mismo, facilidad para el orgasmo. Nada que ver con la risa, que pone en funcionamiento la musculatura toda, el esqueleto, la inteligencia:  un proceso contundente, preciso y acabado. La sonrisa es un medio hacer. Un no saber para dónde tirar. En la sonrisilla nerviosa se descubre su verdadero origen rastrero, que muestra los dientes sin control, desesperadamente. Sonreír es para los desesperados. Pero para los desesperados sociales. Existen desesperados introspectivos. Kafka, Shostakóvich, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy, Valle-Inclán. No necesitaban sonreírte nunca.

Qué haces sonriéndole a H.?

H. cree que eres simpática. Que le sigues el rollo. Intentas esterilizar tu sonrisa a base de mentalizaciones. Puentes derrumbándose, ahorcados, ayuntamientos estafadores.

Tu expresión varía. H. se marcha, decepcionado de no encontrar a la mujer prodigiosa, a la heroína de todas tus novelas desde Pretensión hasta Lo ovalado del misterio, al yo disimulado en un de todos tus poemas desde Glup hasta Su carbono radiante, a la inteligencia eruptiva mimetizada en largas frases subordinadas de ensayos brillantes como Política para Nintendo y la Play, El cine que empobreció el uranio, Pensamientos siameses o La muerte en contextos de ingravidez.

H. no encuentra nada de eso. Encuentra tan sólo a una mujer aparentemente estúpida con una conversación en forma de glaciar. Se marcha en busca de cualquier perro que le ladre.

Tú percibes entonces, en ese divino momento, que tu humanidad no se parece ni de lejos a tu literatura. Ese pensamiento natural se alía con este otro: entre ser ente literario o ser humana sale ganando el primero.

Entre ser texto o no serlo, eliges serlo.

Así es como llegas a tu casa. Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río.

Desapareces en un tifón diminuto que comienza en tus ojos. Tus ojos se transforman en dos puntos, como los de un puto emoticón. Tus orejas todas las orejas, se han curvado siempre como interrogaciones a ambos lados del cráneo; en eso se transforman. En tus brazos los tendones crujen llenándose de una fibra pastosa. Las hebras de papel sustituyen tu sistema vascular. Tu clítoris se metamorfosea en un punto suspensivo, seguido de otros dos, invisibles, subcutáneos. La tinta fluye como si se acabase de derramar por una mesa de trabajo, tus párpados aletean como folios junto a una ventana que un temporal abre de pronto. Un gurruño de papel con frases jamás pronunciadas se desdobla hasta tu lengua, hasta tus pechos bajan enroscadas obscenidades y versos cursis, de la mano, extremo con extremo. Lo cursi y lo obsceno en algún punto se rozan. Te vuelves a un tiempo negrita y cursiva y tachada y letra capitular. El lunar de tu cuello es el punto de partida, tu palabra mayúscula, tu voz.

En el espejo, una lámina de papel se contempla. Se arruga. Cae. Como a todos, sólo le queda esperar. Ser leído.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

El papel se compone de fibras vegetales, es decir, de materia orgánica, o lo que es lo mismo, de elementos que están o han estado vivos.

La historia que cuenta ese papel. Ya no la distinguimos. Salimos de este texto desordenadamente, como lectores compungidos por un final tan melancólico como en el fondo deseable.

Como los textos  rongo-rongo, el manuscrito Voynich, el lineal A, grafittis a lo largo de solitarias vías de tren, mensajes en el interior de celdas, despachos de torturas, paredes íntimas de casas derruidas. Historias mudas. Escrituras que al final no serán ni grandiosas ni vanidosas ni inapropiadas ni rancias.

En un cielo demasiado lleno, solo indescifrables.

2001. Space Oddissey

2001. Space Oddissey