ser texto que

Posted 18 Febrero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores, ciencias y ficciones

pillowbook

Es malvada la escritura.

Es tramposa.

Te hizo creer en tu prodigio personal. Tus cartas imaginativas y audaces, tus exámenes de matrícula de honor, tus redacciones alabadas por las monjas, primeros relatos y poemas llenos de la torpe savia del crecimiento. Por escrito tú eras tóxica como todo lo fabuloso.

Te ramificaste en el aire. Escribiste sobre cortezas desangradas y secas.  Tu cerebro engendró anillos, dendros, celulosa dispuesta a ser escrita, es decir violada cada cierto tiempo.

El mundo lo constituía una palabra. Tú siempre, siempre, tenías la fortuna de poder pronunciarla.

Siempre -siempre- la acertabas.

Con las relaciones personales te empezó a ir peor. En vivo y en directo la gente se arrugaba al conocerte. No es que fueras desagradable, en absoluto. Era sólo que te faltaba algo… no sé. Un acento. Una tipografía discursiva más clara. Negro sobre blanco. La contundencia de tus argumentos por escrito se talaba en el cara a cara. Todos los que te amaban al leerte, que muchos eran, los que caían rendidos tras tus puntos finales, suspensivos, tus dos puntos, los que entraban en coma por tu desprecio hacia las comas, los que adoraban tu pulso, tus negritas, la bastardilla de tus magistrales ingenios verbales,  los que en definitiva ponían los ojos en blanco y lamían la página donde tú pasabas de secuencia genética a secuencia sintáctica… todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo.

Te evitaban en el metro, en el bus. Fingían no verte en la biblioteca, en la frutería. En la sex-shop.

Todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo. En el mundo ese. Real.

No te importaba demasiado. Le preguntaste a tus editoras si la venta de tus libros peligraba. No, respondieron. La venta de tus libros asciende, las cartas de tus fans siguen embutiendo nuestro pequeño puñetero buzón. Sigue adelante, Escritóraliz Escritora. Adelante.

No te convencían.

Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río. A punto de desaparecer. Ante el espejo eres casi transparente. Piensas en tus sólidas editoras, con sus gafas tres veces sólidas. Sólidas y estólidas. E impávidas. Y esdrújulas. No te convencen en absoluto. Para nada. No. Y no.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

Por ejemplo. Tú habías visto a H. aquella mañana. La mañana había sido el anonimato, tú podrías estar muerta o haberte fugado a Brasil. Nadie te había visto. En tu casa no había nadie. El correo se colapsaba de mails sin contestar. No dejaste huellas en la puerta que cerraste con guantes. No generaste basura. Las llamadas no fueron devueltas. El frío cortaba tu rostro hasta hacerlo desaparecer, casi no tenías rostro, éranse una vez un gorro y una bufanda huecos sobre un abrigo hueco ante un par de coquetos guantes huecos. Sólo quedaba de ti el lunar en el centro geométrico de tu cuello, una especie de satélite que orbita tu cráneo sin desplazarse. Casi no existías porque toda tu vida se volcaba en unas 100 páginas apiladas en una mesa. Ellas comían lo que no comías tú, se nutrían de tu esencia y, vistas de reojo, te atreverías a decir que palpitaban sordamente. Componían una historia.

[cuál de las semánticas anteriores precisará ser explicada en el futuro? La palabra mail junto a correo? Urogallo? Sonrisa de Cheshire? Cuál acompañará a la raza humana hasta el momento justo en el que tú lees esto, volviendo inncesaria una nota al pie o un hipertexto?]

Nadie te vio salir ni entrar. No compraste leche. Lo único que accediste a masticar fue un trozo de pan del día anterior o de hacía varios días.

Eras anónima.

Tal vez por eso ver a H. te turbó el ánimo. Era inesperado y en tu  gorro hueco la conversación no se coagulaba, no pedía abrirse paso hasta tu boca. No supiste qué decir. H. esperaba de ti la pirotecnia, el artificio, la revelación del secreto del cosmos, el por qué de esto y aquéllo o, al menos, una puta sugerencia literaria.

Tú. No. Dijiste apenas nada.

Te limitabas a sonreír. Pero la sonrisa es patrimonio de los pánfilos, de los que no tienen nada que ofrecer más que su sonrisa. La sonrisa procede del miedo. Del nervio social. Los chimpancés de Jane Goodall se sonreían por nerviosismo. La sonrisilla nerviosa es el tornillo suelto de ese acto que es sonreír y al que atribuímos seguridad, confianza en uno mismo, facilidad para el orgasmo. Nada que ver con la risa, que pone en funcionamiento la musculatura toda, el esqueleto, la inteligencia: es un proceso contundente, preciso y acabado. La sonrisa es un medio hacer. Un no saber para dónde tirar. En la sonrisilla nerviosa se descubre su verdadero origen rastrero, que muestra los dientes sin control, desesperadamente. Sonreír es para los desesperados. Pero para los desesperados sociales. Existen desesperados intrsopectivos. Kafka, Shostakóvich, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy, Valle-Inclán. No necesitaban sonreírte nunca.

Qué haces sonriéndole a H.?

H. cree que eres simpática. Que le sigues el rollo. Intentas esterilizar tu sonrisa a base de mentalizaciones. Puentes derrumbándose, ahorcados, ayuntamientos estafadores.

Tu expresión varía. H. se marcha, decepcionado de no encontrar a la mujer prodigiosa, a la heroína de todas tus novelas desde Pretensión hasta Lo ovalado del misterio, al yo disimulado en un de todos tus poemas desde Glup hasta Su carbono radiante, a la inteligencia eruptiva mimetizada en largas frases subordinadas de ensayos brillantes como Política para Nintendo y la Play, El cine que empobreció el uranio, Pensamientos siameses o La muerte en contextos de ingravidez.

H. no encuentra nada de eso. Encuentra tan sólo a una mujer aparentemente estúpida con una conversación en forma de glaciar. Se marcha en busca de cualquier perro que le ladre.

Tú percibes entonces, en ese divino momento, que tu humanidad no se parece ni de lejos a tu literatura. Ese pensamiento natural se alía con este otro: entre ser ente literario o ser humana sale ganando el primero.

Entre ser texto o no serlo, eliges serlo.

Así es como llegas a tu casa. Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río.

Desapareces en un tifón diminuto que comienza en tus ojos. Tus ojos se transforman en dos puntos, como los de un puto emoticón. Tus orejas todas las orejas, se han curvado siempre como interrogaciones a ambos lados del cráneo; en eso se transforman. En tus brazos los tendones crujen llenándose de una fibra pastosa. Las hebras de papel sustituyen tu sistema vascular. Tu clítoris se metamorfosea en un punto suspensivo, seguido de otros dos, invisibles, subcutáneos. La tinta fluye como si se acabase de derramar por una mesa de trabajo, tus párpados aletean como folios junto a una ventana que un temporal abre de pronto. Un gurruño de papel con frases jamás pronunciadas se desdobla hasta tu lengua, hasta tus pechos bajan enroscadas obscenidades y versos cursis, de la mano, extremo con extremo. Lo cursi y lo obsceno en algún punto se rozan. Te vuelves a un tiempo negrita y cursiva y tachada y letra capitular. El lunar de tu cuello es el punto de partida, tu palabra mayúscula, tu voz.

En el espejo, una lámina de papel se contempla. Se arruga. Cae. Como a todos, sólo le queda esperar. Ser leído.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

El papel se compone de fibras vegetales, es decir, de materia orgánica, o lo que es lo mismo, de elementos que están o han estado vivos.

La historia que cuenta ese papel. Ya no la distinguimos. Salimos de este texto desordenadamente, como lectores compungidos por un final tan melancólico como en el fondo deseable.

Como los textos  rongo-rongo, el manuscrito Voynich, el lineal A, grafittis a lo largo de solitarias vías de tren, mensajes en el interior de celdas, despachos de torturas, paredes íntimas de casas derruidas. Historias mudas. Escrituras que al final no serán ni grandiosas ni vanidosas ni inapropiadas ni rancias.

En un cielo demasiado lleno, solo indescifrables.

2001. Space Oddissey

2001. Space Oddissey


libro de horas

Posted 30 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

Polaroid personal

Polaroid personal. Luz que se procesa en el momento no debido

En el colegio, las pálidas y reconcentradas éramos las más firmes candidatas a ser mártires.

En la guardería, el último año: me fascina una niña nueva que se ha sentado en mi sitio. Cuando una tiene cuatro años, cada sitio es un sitial. Esa usurpación tan natural del fetiche propio tuvo como consecuencia inmediata enamorarme de ella. Juntas nos disfrazamos de las dos únicas identidades bárbaras capaces de hacer sucumbir a una niña (si exceptuamos, claro está, la árabe): ella fue de rusa; yo – detrás de su preciosidad y guiñando los ojos para volverlos oblicuos a base de perseverancia- de japonesa.

Al año siguiente, ya en el colegio, despreciaba a casi todas. Eran seres meones, lloricas y no sabían dibujar. En clase de psicomotricidad demostraban el ritmo propio de una lavadora industrial centrifugando. Y yo no me sentía digna de ninguna.

Sólo de una: de Beatriz.

Su frialdad y su caligrafía eran signos externos de exigir devoción. Copiaba su letra inclinada, de mujer romántica flotando en una urna de vidrio y tenía envidia de su rostro, en el que parecía haber nevado alguna vez. Yo también era pálida. Yo no me daba cuenta.

Asistimos juntas a ballet. Yo era alta, de anchos huesos. Todo lo contrario de la sensación de ingravidez que despega a una bailarina de este mundo. Abandoné ballet (aprendiendo a pronunciar Terpsícore, como venganza). Ella prosiguió e hizo una hermosa función de fin de curso en la que su rostro parecía el ala de una libélula escarchada.Beatriz, concentrada en su perfección. El caso Beatriz fue sutilmente archivado y mi atención dolida procuró otro icono.

Fue extraño, sin embargo, que en la clase de psicomotricidad no hubiese reparado en Inés. Supongo que, a la altura de la clase de psicomotricidad, yo aún buscaba el absoluto, la perfección. No recuerdo a Inés hasta el año siguiente, cuando me dejé llevar por las cosas de este mundo.

Como una especie de aristotelismo, desde un punto de vista pedante.

Necesitaba la amiga primordial. Un ser básico en la madurez emocional de toda niña. De niña, una se siente tan distinta a todo el mundo que busca alguna réplica que la devuelva al mundo: yo quería tener una gemela a toda costa. Porque no me parecía a mi madre, porque mi hermano era mayor, porque mi padre estaba muerto.

Así que con 6 años probaba con la lengua la sal de este mundo.


Sabía que el platonismo era lo único capaz de mantenernos vivos. Sabía que la sal de este mundo no era platónica.


Había que salir fuera de una para saberlo.

El cuerpo de las niñas es tan tibio, tan cómodo. La existencia es una piel suavísima, blanca y rosa como las nubes de gominola. La existencia son caprichos, micrófonos, fiebres altas que nos conceden ojeras de mártir. De niña vomitaba siempre. Muchas niñas lo hacen. Creo que es una reacción ácida al probar la sal de este mundo. En la superficie de mi cuerpo de niña sólo había lunares, ombligo, perlas de agua de piscina.

Dentro respiraba la orfandad y el horror de los seres únicos.

Pero Inés.

Inés me rescató como un príncipe. Me rescató de esa soledad vertiginosa y palpitante que se cose a nosotros con tanto orgullo. Como hacen los príncipes. Sólo que las dos éramos princesas. Había algo simétrico allí que no encajaba. Algo siamés. Pero nos tendimos los brazos y supimos odiarnos como a ninguna. Yo no sabía que Inés ensayaba conmigo sus futuras relaciones con los chicos. Tampoco ella lo sabía. Nadie sabe nada. Y es precioso así.

Estamos en 4º. Subimos una escalera. El recreo ha sido intenso y subimos sudorosas, exultantes de animalidad. Confabulamos. Delante de nosotras, una niña de maciza melena rubia que siempre elige ser el príncipe –algo tan impensable ¿cómo se va a querer ser el príncipe?-. Nos tiene subyugadas.

Con esa melena rubia ningún cráneo de niña puede albergar deseos de príncipe.

Inés y yo.

A cuatro escalones de ella.

Confabulamos. Confabulamos y subimos, llenas de faunesca sonrisa.

Alguna dice –no importa cuál, somos princesas las dos, somos princesas siamesas con un sólo cerebro, en nosotras comparece ese mal- : “Seguro que es un niño disfrazado. Sí, mira, mira. Mira la careta”.

La careta no es sino el cerco de rubor que le coagula la cara. La niña-niño de leoparda melena rubia porta una máscara de sangre bombeada a fuerza de tanto cabalgar en los juegos del patio.

Es el príncipe. El príncipe que vive escondido en una clase de pálidas y reconcentradas niñas de 4º, con opción a ser mártires. Monjas o mártires. El futuro Rey, Dios salve al Rey.

Inés y yo la miramos, subyugadas, palidísimas, y más princesas y malvadas que nunca.

Venido de no sé dónde, un pensamento congelado parece dar una mano de permafrost a nuestro idilio: Pero la reina seré yo.

Y me tiemblan los labios y mi frente se abomba, como les suele suceder a las reinas cuando leen en sus Libros de Horas la fugacidad del poder y de la vida.

Ya por entonces era reina.

Y ya había elegido serlo en la arrogante modalidad de mártir.

2002

temporalmente sin nombre

Posted 24 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

tormenta by pequesquimal

tormenta by pequesquimal

El día 23 de enero de 2009 era hoy. Lo tenía ante mí, detrás o entre mí.

Era un día alerta naranja. A pesar de eso, por eso, era un día hermoso.

En la mañana, G. había ido al médico. Me lo dijo ayer. Lo sé porque eso le turbaba un poco el ánimo. Yo le había preguntado. Luego, nuestra rutinaria conversación telefónica de todos los días discurrió por nuestras lecturas. Vila-Matas no le disgustaba aunque luego pareció que sí. El exceso de exhibicionismo cultural. Sus amigos literarios componiendo una vida literaria. Él ahora me ha prestado el Sebald que le había regalado yo. Él me había regalado Sebald una vez, Del natural. Yo le regalé otro, años después, Los anillos de Saturno. Hablamos de Sebald, entonces. Sé que a G. le afecta la nobleza bajo todas sus formas. La nobleza despojada. Durante mucho tiempo G. eligió ser un noble despojado; alguien que nace con todo y desaparece sin nada.

Una especie de civilización conformada por un solo individuo.

Él es sebaldiano, vila-matense, bernhárdico, hikikomori sin tecnología, canettino, kafkiaco, borgesco, nietzschés. Podría decir que es todo el siglo XX convertido en una patología de raíz literaria masculina.

Algo después de esa conversación, tomé un taxi. Fui a buscar a mi hijo. A la guardería. Ese quehacer, junto con el de organizar fiestas culturales neoyorquinas, me parece el colmo del glamour. El taxista era un hombre entusiasta, hablaba y criticaba con entusiasmo. Feliz. Me gustó escucharlo, aunque eso no debe engañarme y conducirme a creer que amo el género humano.

El taxista usó esta expresión deturpada: “a rejatabla”. Yo sonreí. No porque lo pronunciase mal. No con condescendencia. La condescendencia es una aberración moral del carácter que trato de extirparme desde hace tiempo. No me importa que la gente hable mal si lo hace con entusiasmo imaginativo. Hay gente que habla tan bien, que escribe tan bien y dice cosas tan desvaídas, tan muertas que podrían deshacerse y convertirse en polvo dentro de tu cerebro. Llenarlo de polvo. De polvos eruditos. El taxista hablaba así, “a rejatabla”, y pensé en la reja de un arado surcando frases, ideologías, convicciones, haciendo tabula rasa de todo ello. Con ese entusiasmo un poco ciego que a veces se opone a la tétrica lucidez.

El taxista hablaba, decía “a rejatabla” y me miraba de reojo. Es decir, no miraba a la carretera por la que, aseguraba, circulaba mucho imprudente, mucho maleducado. Gente que podría ofender tu moral aparcando mal. Hemos llegado a sentirnos ofendidos por un coche mal aparcado.

Sin duda, este noroeste peninsular es un pequeño receptáculo de bienestar. De bienestar paranoico. Eso pensaba yo el día 23 de enero por la mañana, cuando era hoy.

Luego llegó la tarde. La tarde, como la segunda mitad de cualquier proceso histórico, el imperio asirio, la revolución francesa, os séculos escuros en Galicia, fue diferente. La tarde partió en dos el día. El día dejó de ser homogéneo y de una pieza. A rejatabla, lo partió.

[...]

Por la tarde salí a trabajar como actriz, a una localidad, B., distante una hora y media en coche. Durante todo el día el viento se había dejado sentir como un lobo hambriento. Los telediarios hablaban de la inminencia de algo, las autoridades civiles recomendaban no salir a menos que fuese imprescindible.

En el coche se respira el humo del teatro. Se bromea mucho, con ingenio y malicia, se habla de dinero, de próximas actuaciones, se intercalan las intervenciones con fragmentos de textos teatrales, actuales o pasados – eso es del Ricardo o de la Bailadela?-, se comenta sobre personajes ficticios, sobre antiguos conocidos enfermos, sobre los mejores hoteles y restaurantes de las ciudades concebidas como plazas de conquista, sobre política, sobre intimidades. Somos mujeres.

Las primeras ráfagas de un ejército de vientos nos enmudecen varios minutos.

Llegamos a B. y armamos la obra sobre el escenario, 7 mujeres, 2 técnicos y un director. Pensamos que no acudirá nadie porque la noche ha empalidecido expectativas. El temporal sin nombre, alguien lo llama por su tecnicismo, ciclogénesis explosiva. La tormenta perfecta, en jerga de los marineros, esas criaturas del pasado y de los abismos que componen el pasado del pueblo gallego.

A las nueve menos diez sólo hay tres personas congregadas en la puerta. A las nueve, unas cuarenta. A y cinco comenzamos, chicas.

Mis primeros quince minutos transcurren en escena. Buena parte de la representación la paso en camerinos, pintándome las uñas de color crema de leche, leyendo, pensando cosas que escribir, títulos, temas, sacando fotos aburridas e interminables. Me aventuro a comprar bebida o comida a una de esas solitarias máquinas expendedoras de uno de los pasillos del auditorio. Mi personaje reside teóricamente en el más allá, y yo misma parezco un fantasma que, por un momento, imagina caminar por una nave desolada, fantasmal, asediada por vendavales futuros. Qué hago aquí comprando un kit-kat? [conozco un bloguero que decidió poner todos los nombres comerciales al revés, así a su iPod lo llama doPi] Qué hago aquí, en esta playa del fin de los tiempos, comprando un tak-tik?

Lo compro. Lo como. Regreso al camerino despacio, aspirando el temporal. Fosas abisales. Fosas nasales en alerta. Llama mi madre, ejerciendo su profesión: Quedaos a dormir, hija, no volváis. Recibo mensajes de un amigo que me aconseja lo mismo.

Dos compañeras descienden ahora la escalera de caracol de madera, hacia los camerinos, procedentes del escenario. Me miran con una leve ansiedad, como si yo fuese una estación meteorológica. Hablamos de la posibilidad de no regresar, de quedarnos a dormir, de llamar a protección civil. Hablamos de morirnos. En las conversaciones de teatro se habla de morirse muchas veces, quizá el teatro empezó siendo un asomarse a un abismo temporal, un escenario como un acantilado. De hecho, a día de hoy, como profesión antigua que es, casi arcaica, casi de museo, el teatro entraña cierta peligrosidad, tramoyas, poleas, parrillas de focos, pequeños barrancos en bambalinas, pequeñas amnesias repentinas antes de salir, lejos de la escena alumbrada donde todo es orden, sucesión de hechos, cronologías, genealogías, preguntas y réplicas, desenlaces. Como su opuesto binario, el fondo del teatro es el tártaro y el caos. Es una profesión en regeneradora extinción y, como todo lo antiguo, genera cierta fascinación, cierto esplendor dorado en el ojo de quien lo observa.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

Así que el orden prosigue arriba, en el proscenio, donde se hilan los monólogos con un hilo suavísimo de araña mientras abajo nos morimos de indecisión, nos mesamos el pelo real, alguien se desmaquilla con malhumor, alguien fuma su no saber qué hacer.

Tal vez imaginamos remolinos en la autopista, remolinos en la autopista de madrugada, vórtices donde se perderían nuestras voces jóvenes y viejas, nuestros matices de personajes, todos nuestros discursos ante audiencias futuras y nuestros susurros en orejas enfermas y queridas como conchas. La autopista se ha transfigurado en un monstruo de las profundidades, quizás proceda del cretácico, tal vez no nos devuelva a nuestra casa sino a nuestro terror ancestral, a nuestro código genético. Y si la autopista nos desintegra en moléculas sin motivos, en virus a la búsqueda de nuevas víctimas vivas, en calcetines fríos, en galaxias extintas dentro de bellos cráneos?

Les digo que casi he tomado la decisión -me cuesta tomar decisiones, soy por ello una persona lenta, atortugada, torturada- de no viajar, de quedarme.

Casi están convencidas.

La obra finaliza entre aplausos indecisos también. Hay poca gente hoy. Tenemos frío y ganas de amor y sopa. Bajamos a cambiarnos, a ponernos nuestras ropas. Hay cierta discusión, alguien grita un poco, alguien sale a fumar un cigarro y entra con la decisión de quedarse. Otra vez se habla de la muerte. Hay alguien que aún no sabe nada. Qué dicen nuestras parejas, nuestros familiares, los amigos? Lo peor aún está por venir. La borrasca, la tormenta sin nombre, perfecta, danza extasiada hacia el norte y entre las doce y las tres de la mañana se esperan los mayores desperfectos, el peligro máximo.

Son las once y veinte.

Hablamos en el vestíbulo del auditorio. La gente se ha marchado, ha envuelto sus buenas impresiones en sus abrigos neutros y se ha ido. Los árboles, no. En el vestíbulo, la gigantesca escultura negra de una tortuga marina nos contempla, colgada de la pared. Es un aviso? Un designio? En este lugar del mundo es imposible no pensar en los marinos. La flota está amarrada. Alerta roja en el mar.

[...]

Cada cierto tiempo, en este lugar del mundo donde el mar fue significante y significado, suceden cosas que nos obligan a mirarlo de nuevo. El Mar Egeo o el Prestige, los marineros perdidos, Ramón Cambeiro tres veces nacido, barcos con nombres hundidos La Isla, Centauro I, O Bahía, Río Bouzós, Ferralemes, los más de 300 barcos naufragados en la historia de nuestra costa, el Nautilus de Nemo bajo Vigo, Lugrís, los percebeiros,  el mítico Gran Sol [o gran lenguado, grand sole]… el océano ha perdido la condición de protagonista principal de esta obra y a veces nos lanza largos soliloquios.

Mi sueño recurrente es el tsunami que arrasa mi ciudad. Creo que esto lo he dicho ya en algún otro lugar.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

[...]

Decidimos quedarnos. Quedarnos en B. A veces son buenos los planes B. La noche se alborota y durante la cena decide dejarnos a oscuras charlando de nuestras sombras privadas. Llegamos de milagro al hotel, envueltas en tinieblas y bufandas. Una vez allí, un hombre muy antiguo nos prepara siete candelabros de botellas de cerveza para iluminar medievalmente nuestras habitaciones. Subimos proyectando esas sombras exaltadas que, seguro, engendraron en su momento toda la literatura gótica: al amor y al terror de las lámparas de aceite. Se habla de Poe estos días, veo su rostro disconforme, con la frente anormalmente ancha, en muchas publicaciones. La manga de mi abrigo verde se mancha con cera de vela. Poe le tenía miedo a la oscuridad. En la habitación el confort es invisible. Sólo se palpa en la planta de los pies, en forma de moqueta espero que limpia.

Coloco la vela sobre la mesita. Me desnudo. Me guardo a dormir. Antes leo y escribo frases que tiemblan igual que las sombras, las señales de tráfico y los eucaliptos australianos y pinos americanos a lo largo de toda la autopista que nos separa de nuestro punto A.

El punto B, a oscuras, respira adormilado.

Soplo la vela. Echo convenientemente de menos a los míos. Me duermo enroscada. El viento prosigue, esta vez sí a rajatabla, un trabajo arcaico ayudado por la lluvia y el enfrentamiento térmico de masas de aire.

Me duermo temporalmente sin nombre, sin casa, sin luz y sin familia. Y en este pequeño exilio de juguete echo de menos la mañana, la otra mitad de este día ahora en alerta roja, y escribo estas líneas para que sea otro el ciclón que se las lleve.

[...]

Me levanto un poco antes de que amanezca y, por suerte porque no tenía mechero, ha vuelto la luz. Me ducho largo. Algunas compañeras ya leen la prensa en el vestíbulo y, una vez todas juntas como ovejitas, vamos a desayunar. Nos reímos de la noche inesperada, para el anecdotario. Para contar a los nietos, se dice en ocasiones como esta. Como si a nuestros nietos les fuese a interesar. Todo tiene un aire amigable, de armisticio con el clima.

En el viaje de vuelta en coche por un momento me recordamos a generales contemplando desde sus cabalgaduras los restos mortales de un inmenso campo de batalla, jirones de señales, árboles mutilados y puestos cuidadosamente a un lado de la vía, arbustos que se han despedido de la tierra y han volado muchos metros, vaticanos rayos de sol por entre las nubes, teatralmente colocados ahí para hacernos pensar en las grandezas celestes y equivocarnos acerca de su origen.

Somos generales paseando una tregua.

Miramos alternativamente a un lado y a otro de la carretera. Pienso en las batallas que, con toda probabilidad, se habrán librado bajo estos campos. Aquí donde ahora un árbol languidece decapitado, algún hombre se ahorcó hace muchos siglos. Es un pensamiento masculino, me digo. Porque las mujeres han librado otras batallas en estos campos estremecidos que hoy se desperezan tan tranquilos, un poco descoyuntados, pero tranquilos; me imagino muchachas que, atravesando uno cualquiera camino a su casa, fueron fecundadas contra su voluntad, una batalla silenciosa a ras de hierba. Recuerdo una canción de una cantante venezolana que he escuchado este verano con la abuela Borges, La embarazada del viento, en la que se narra con humor el caso de una mujer que dice haberse echado a dormir y haberse levantado preñada de un mal viento. La capciosa madre intenta sacar el parecido, pero resulta que el niño tiene el nariz de uno y los cachetes de otro y las manazas del de más allá, con lo cual lo más útil es concluir que verdaderamente se trata del hijo de un ventarrón. También los supersticiosos legionarios romanos temían estos lugares en los que las yeguas eran fecundadas por el viento y alumbraban caballos salvajes. Bestas.

[...]

Hace dos años, en octubre, yo deshacía en la madrugada el mismo trayecto de B. a A. una noche de mucho viento y lluvia, tras una actuación con un pianista en el mismo auditorio.

Dos semanas después, en el cuarto de baño de mi casa de entonces, un rosa intenso en un palo de plástico me revelaba embarazada.

[...]

Los romanos le tenían miedo a este lugar. Creo que antes de los primeros pobladores, los que llenaron de petroglifos el granito y el seixo, antes de los soldados que temían pasar el río Limia y olvidar, antes de los suevos y la reina Lupa, antes de las Casitérides, antes de, antes, aquí sólo había bestias paridas por el viento. El viento es nuestro habitante más antiguo. Ya he dicho eso en otro lugar. Nuestro viaje de vuelta no fue entonces con la mirada de los generales al día siguiente al examinar los despojos de la guerra. Fue con el mirar curioso, el mirar contemplado,  de los que reciben su dosis periódica de visita de antepasados ruidosos y algo ciclópeos.

Temporalmente nos quedamos sin nombre para todos ellos y los llamamos, con cierto fervor, temporales.

Hungarian Peasant Dances, de Béla Bártok

nieve vieja [1]

Posted 10 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

El segundo texto que colgué en ese otro blog, -el siamés, el polo sur de todo este rollo bipolar de llevar varios blogs, ese blog mimado en el que escribo con más frecuencia y en gallego-  fue este:

ENTRADA DEL 24 DE FEBRERO 2006

Post que dedico a una María de Liége, que vio nevar, y a una Elena de Córdoba, que no vio nevar, pero sí la nieve y las fotos de la nieve y a la gente hablando de cómo y qué bonita y plácida y fotogénica estaba la nieve.

Nieva.

Si un texto cualquiera o una película cualquiera comienzan así, a mí ya me cautivaron. Una manera muy japonesa de ordenar el mundo: hacerlo nevar.

De ordenar los textos: cubrirlos de nieve.

Una manera hermosa de morir o matar: en la nieve.

El frío tiene un encanto primitivo, de penúltima glaciación. La congelación es un hermoso y letal estado de la materia. Quizás porque se derriten los glaciares, porque sube la temperatura de la tierra, porque exhalar un aliento visible seduce. El frío será un valor en el futuro. Un bien escaso, como la delgadez hoy en día en los países opulentos. Como el agua en los desiertos árabes. Como la vida en los mundos inertes.

Los cristales de nieve posan sobre pestañas mecánicas. Clic. Clic.
Parpadean. Los copos siguen ahí.

La nieve es un drama sin ningún tipo de diálogo. Una tragedia en la que no se chilla. Tiene la templanza de los acuarios, la rotundidad de las guillotinas, el silencio de los sistemas solares.

Yo quería que este invierno nevase. Por muchas razones. Pero la principal… porque quería que este invierno nevase. Aquí. Quería posar mi vientre sobre la nieve, como una redonda osa polar. Criohibernar. Quería hibernar. Quería invernar. Y quería hinbernar.

La nieve facilita ciertos ritos. Ciertas comunicaciones secretas. Ciertos paisajes excesivos.
Y cae del cielo. Alguien agita este puebliño metido en una semiesfera de cristal y sucede.

Lista de cosas que los humanos encontrarán en la nieve

Marfil de mamut
Un agujero en medio de un lago helado en el que estuvo pescando un esquimal
El cuchillo del esquimal
Gotas de sangre
A los protagonistas del cuento de Navidad, de Dickens
A Robert Walser, que se murió en la nieve
A Eduardo Manostijeras
Tres cuervos
A una doncella muy hermosa comiendo una manzana envenenada
A algún protagonista de un cuento ruso, de nombre Iván
A alguna protagonista de un cuento chino, de nombre Li
Huellas de cromagnones
Tigres siberianos
Hamlet, sin Ofelia
Niños
Hombres en el cerco de Stalingrado
Un muñeco con una zanahoria de nariz
Un guante sin su par, perdida
Una bota sin su par, perdida
Un meteorito calcinado
Monedas que se hunden, se hunden, ya no se ven
Un haiku que empieza: Nieva
Alguien que resbala y cae
Una reina destronada
Camelias blancas
Un charco de sangre
Un animal herido
Una Alhambra
Ropa interior Victoria’s Secret
Esquíes formando una X
Instrumentos bondage sadomaso
Ríos de lava
Piedras de basalto
Una máquina quitanieves semienterrada
La ushanka ucraniana de piel de conejo que perdí ayer
Huellas de alguien que caminó hacia atrás
durante un rato
y luego
otra vez
otra vez
Nieve

Datos de interés: No nieva

BSO: Pyramid song, Radiohead. No habla de snow ni nada de eso, pero a mí Thom Yorke siempre me dio la sensación de cantar desde dentro de un arcón congelador

nieve vieja [0]

Posted 10 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

Estos días leo la palabra nieve. Repetida. En blogs. En noticias. Alguien me telefonea: vamos a ver la nieve. La nieve es una convocatoria. Imperativa. La nieve es un desafío. La nieve es un campo de juegos.  De duelo. En Evgeni Onegin lo es. Eso me lleva  a pensar en textos sobre nieve. De Nothomb. De Shonagon. Imagino que todos esos rusos que aún no he leído también habrán escrito sobre snieg. Nieve.

El 5 de noviembre del año 2005 publiqué una entrada en …mmmm…, por entonces llamado como kosmos, titulada Neve. Estaba embarazada sin saberlo mientras escribía eso. Esto último es irrelevante, pero ahora diré algo que no lo es: aquella fue la primera de dos entradas sobre el tema, que creo que en la literatura occidental comienza a ser obsesivo. Al despertarme, tras una mala noche, he pensado en una antología sobre textos o referencias a la nieve. En canciones, en películas, en cuadros.  En textos científicos. Cristales de nieve. Nieves perpetuas. No, es cursi. Demasiado peliculero. En blanco. Bah, el manido juego de palabras.

En el desayuno tomé, aunque parezca una broma, Nevaditos de Reglero. Aparecerían en mi antología, claro. Aunque esa concesión a la cultura pop me resulta algo extraña. Aparecería también un hotel de Nevada? Aparecerían Las Vegas? Aparecerían rayas de coca y pantallas de televisores sin sintonizar?

Fregué las tazas. Fregar es un acto muy sensato que, aunque deja volar la imaginación, te mantiene clavado a la tierra. No hay antología. No creo que la haya. Sólo hay unos textos que hoy quise traducir y colgar aquí.

ENTRADA 5 DE NOVIEMBRE 2005

El 9 de enero del año 2003 envié un mensaje múltiple a todos los seres registrados en mi móvil. El mensaje decía:

está nevando

Ese mismo día escribí un microcuento que entró a formar parte de La Criatura. El cuento decía:

9 de enero

está nevando

Me deleitaba lo que no iba a decir de aquel día. Como la nieve: un no decir nada.

A finales del año pasado me entregué a la búsqueda de un objeto fetiche: una esfera de cristal con casitas sobre las que neva cuando se le da la vuelta. Son viejos pisapapeles. Nadie usa ya pisapapeles. Usted es usuario de pisapapeles? Como los tirantes o el linimento o el bromuro en internados masculinos. Cosas que atestiguan que hubo un mundo antes que nosotros. Que no es una ilusión óptica de los viejos libros de Historia. Que nuestro enfermizo interés por el pasado tiene fetiches en forma de hierros para la ropa, carteles de cabaret o raspaderas de sílex.

O pisapapeles condenados a ser emblemas de algún futuro Museo del Kitsch.
Buscaba un pueblo nevado para pisotear todos mis papeles.

No hay mayor alisador de tiempo que la nieve. La nieve es la mejor palabra que se le pudo ocurrir al cielo. Podemos callar ante ella. Poco más. Adorarla. Marcas de rodillas en la nieve.
Reconocer que ni crisálida (tenía un profesor de esos con un hilo de baba entre los labios que a los 12 años nos aseguraba: crisálida  es la palabra más hermosa de la lengua castellana), ni katiuska ni ventilador superan en elegancia a la palabra nieve (ahora que releo, también baba sería una palabra hermosa: es abuela en ruso. Tiene algo babélico, morboso)

El refinamento es frío.Tanizaki lo dice.

Quien nunca ha enmudecido ante la nieve ignora el valor de no decir nada. Es como ese truco de hacer callar estando callado. Difícil decir algo significativo cuando se asiste a una nevada. El intento es patético.

Habrá quien coma nieve, quien se vista de nieve, quien se sacuda de orgasmos en la nieve, quien viva en casas de nieve y se dedique al intercambio de nieve. Habrá una reina de las nieves que lleve en su mano de nieve una esfera de cristal con los mundos todos para gobernarlos a su despótico capricho. Habrá también un Abominable Hombre de las Nieves que desprecie el contacto humano por algún despecho incurable. La palabra de la nieve y el mundo de la nieve merecen un silencio grande que hable por todos nosotros, por todo lo que sentimos aquí.

Los sentimientos pueden tomarse fríos. Adquieren consistencia en el frío. Somos los bastardos de ciertas glaciaciones. Tenemos derechos irrenunciables sobre el dominio y el imperio de la nieve.

lista de huellas que me pisotearon

Posted 5 Diciembre, 2008 by estíbaliz...
Categories: listismo

By Oleg Dou

By Oleg Dou

1.- La historia interminable y Jim Botón y Lucas el maquinista, Michael Ende

2.- El misterio de la isla de Tökland, Joan Manuel Gisbert

3.- El maravilloso mago de Oz, L. Frank Baum

4.- Antoñita la Fantástica en el País de la Fantasía, Borita Casas

5.- Esther, Purita Campos

6.- Emma, Trini Tinturé

7.- El gran número. Fin y principio, Wislawa Szymborska

8.- Pedro Páramo, Juan Rulfo

9.- Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy

10.- El libro de la almohada, Sei Shonagon

11.- Residencia en la tierra, Pablo Neruda

12.-La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar

13.- Más allá del bien y del mal, Nietzsche

14.- Elegías de Duino, Rilke

15.- Starwatcher, Moebius

16.- Cantos caucanos, Avilés de Taramancos

17.- Esferas, Peter Sloterdijk

18.- Hojas de hierba, Walt Whitman

19.- Felicidade clandestina, Clarice Lispector

20.- Os outros feirantes, Alvaro Cunqueiro

21.- Mafalda, Quino

22.- Claudine en la escuela, Colette

23.-  Alicia en el País de las Maravillas y a través del espejo, Lewis Carroll

24.- (Cito), Emma Couceiro

25.- El elogio de la sombra, Tanizaki

26.- Luces de bohemia y Flor de santidad, Valle-Inclán

27.- El sueño del monstruo, Enki Bilal

28.- Iniciación a la astronomía, Jean Lacroux/Vincent Chaix

29.- El Quijote, Cervantes

30.- Higiene del asesino, Amélie Nothomb

31.- El maestro y Margarita, Mikhail Bulgákov

32.- El odio a la música, Pascal Quignard

33.- Orlando, Virginia Woolf

34.- Paisaje con grano de arena, Wislawa Szymborska

35.- Poemas y Ficciones, Borges

36.- Hormigón, Thomas Bernhard

37.- Tic-Tac, Suso de Toro

38.- De aquí al infinito, Ian Stewart

39.- El porqué de las cosas, Quim Monzó

40.- Livro das devoracións, Pilar Pallarés

41.- Desgracia, J. M. Coetzee

42.- Ruído, Luísa Villalta

43.- La gravedad y la gracia, Simone Weil

44.- Metafísica de los tubos, Amélie Nothomb

45.- El sabotaje amoroso, Amélie Nothomb

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mail a un escritor

Posted 1 Diciembre, 2008 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

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vectores


Hola, A., qué hay

Música.

El tema.

No soy muy indie. Creo. Mis amigos de la facultad [D. entre ellos] iban a Benicàssim, compraban discos de Subterfuge y conocían a mil grupos. Yo no. Una amiga se hizo a su vez amiga de Los Planetas y de Chucho y de Los Enemigos y hasta se piró a alguna gira con ellos. Yo no.

A mí me van otras cosas. Tuve una fase folk Hedningarna-Capercaillie, una fase preadolescente Madonna, una fase nacionalista Milladoiro, una fase cantautora negra Tracy Chapman, una fase experimental Pink Floyd-King Crimson, una fase siniestra The Cure-Joy Division, una fase dura Rage against the machine, una fase soy de los noventa Pavement-Pearl Jam-Nirvana,una fase lírica Verdi-Puccini, una fase medieval Livre Vermell de Montserrat, una fase impresionista Debussy-Ravel, una fase “soy así” Björk, una fase “soy asá” Tom Waits, una fase húngara Béla Bártok, una fase jazz Ella Fitzgerald, una fase cuba Bola de Nieve…

A día de hoy escucho PJ Harvey, Radiohead y bandas sonoras. La del último emperador, por ejemplo. A los quince años me vestía todos los días con el uniforme del colegio escuchando eso. El mundo me parecía la Ciudad Prohibida.

Era manierista.

Pero indie…indie creo que no escucho mucho. Yoquésé. Radiohead aún es indie? Arctic Monkeys son indies? Ya no me acuerdo de todas esas cosas. Ahora escucho canciones para niños con djembés y balalaikas…

Está bien que no quieras reproducirte. Lo que te oculté en el anterior correo es que los hijos te preservan del introvertido suicidio invitándote a extrovertidos homicidios. Yo sólo tengo un hijo. 2 años. Relación intensa. Gran relación, madre-hijo bla y bla.

D. no creo que vaya a escribirte. Es tímido. Mejor intentad encontraros algún día por ahí, por azar, comprando un libro de Auster, por ejemplo, o en las venas abiertas del metro de Madrid, que son todas América Latina. Sería bárbaro eso.

Creo que volveré por Madrid el año que viene, por cuestiones de trabajo. Si tal, ya os avisaré y os presento.

También creo conocer a Alex Nortub, y también os caeríais bien, me figuro. Sois de un estilo. Pero Nortub vive lejos de Madrid.

No tengo novelas actuales, sólo 5 escritas entre los 10 y los 14. A boli rojo una, boli verde otra [en 5 libretas] y a Olivetti Lettera las demás. No te las mando. No creo que puedas mostrarme tu magnanimidad con ellas.

Novela mail? No desprende un tufillo a posmodernidad, eso? Dior mío, puedo soportar oler a ser humano. Pero a ser humano posmoderno?

No lo sé. Tendría que pensarlo. Pensarlo con la nariz.

La cuestión, como dice la Violetera, es la pereza. Hace unos años una revista de esas digitales reunía textos sobre los pecados capitales: tenías que elegir uno y escribir la chorrradilla al respecto. Casi todos los participantes, supuestamente escritores, además de la consabida lujuria y la consabida gula, elegían precisamente la pereza. La pereza me pareció la marca de fábrica del ser escritor.

Yo no elegí ninguno de esos tres.

Claro que yo tampoco soy escritora. Lo único que he publicado han sido libros de poemas. En gallego.

Como se me cataloga por eso? No sé.  En mis biobibliografías de los últimos años sólo aporto datos biográficos estúpidos como “es B+ para un japonés, Tigre para un chino”.

No sé, a veces siento que se me va la vida.

En fin, bicas

desollad a J. M. Coetzee

Posted 28 Octubre, 2008 by estíbaliz...
Categories: ojo mecánico

White Snow and Red Rose, ilustración de Jeanne Harbour

Iba a decir que después de  leer a Coetzee, con su fingida 3ª persona donde cualquier cosa que le suceda al personaje hiere más por el patético e infructuoso intento de alejarnos de él, después de quemar, arder, abrasarme las pupilas por las líneas de Desgracia, Infancia y Juventud… iba a decir que su estilo es desolador.

Pero no. Me faltó una letra. Es desollador.

Por qué este señor no nos dice cómo se llama? A qué viene esa preservación de un nombre propio cualquiera? Acaso es tan importante? Acaso revela algo de su pasado, de sus deseos, de alguna bastardía? O es sólo por ingresar en esa estirpe filoamericana de las siglas literarias?

H.D, D.H. Lawrence, T.S. Eliott, E.M. Foster, E. M. Cioran, J.D. Salinger, e. e. cummings, P.D. James…?

P.J. Harvey?

Coetzee es aparentemente simple. Aparentemente normal. Aparentemente escritor.

Pero su verdadera profesión es, por mucho que le pese a su vegetarianismo, la de carnicero. Se le da bien sopesar tu corazón con el de sus personajes. Sabe escanciar tu bilis. Atragantar tus intestinos con una piedra que se saca del zapato. Y, por encima de todo, su cometido principal es desollarte, desollarte al mismo tiempo que una especie de destino, fatum, némesis, aburrimiento, olvido… desuella a sus personajes.

Nunca, nunca elijan para su samsara ser personaje de este tipo vanidoso, cruel, anodino. Es un extraordinario escritor. Un viviseccionador.

[Ella escribía esto en su mundo y escuchaba, como tantas otras veces, a Radiohead. Weird Fishes Arpeggi]

la ordenación de un cosmos en el interior de un rostro.

Posted 18 Octubre, 2008 by estíbaliz...
Categories: bazar, ojo mecánico, through the looking-glass

Hace unas semanas escribí un cuento con ese título, quizás provisional.

foto tomada por Sandra G. Rey www.flickr.com/pequesquimal

El hecho de dejarlo aquí y por escrito puede resultar definitivo e incluso condenatorio si yo decido, por ejemplo, presentar ese relato a un premio. Resulta evidente que un blog no es un libro, y sin embargo todo este aluvión de páginas personales actualizadas lleva un tiempo royendo como una carcoma esas blandas pastas de papel que son los conceptos de autoría, de edición, de publicación. Me hago pública por derramar cosas aquí? Dejo de ser inédita por hablar de ese cuento, por colgarlo en este espacio invisible para muchos?

No voy a colgarlo aquí. El cuento. Me lo guardo. Aún no está maduro para ver la luz, para ser editado. Si esto que hago aquí puede llamarse editar.

A fin de cuentas… qué rayos quiere decir exactamente ser édito? Simplemente hacer que un texto abandone un cajón o -lo que ya viene siendo lo mismo- un cómodo limbo de ceros y unos en un documento de una carpeta de un ordenador personal?

Estoy publicando esta frase?

O no es muy diferente a pegarla en un papel en un semáforo por lo que pasa gente diversa de diversas nacionalidades, edades, estudios…?

Realmente, cuál es el estatuto digamos legal o moral de tener un blog? Si uno abrió un blog hay 6 años y jamás publicó un libro, pero cuelga posts regularmente… puede llamarse escritor a sí mismo? Puede hacerlo con propiedad? Puede hacerlo con dignidad?

Escribe.

Cuál es la diferencia? Los intermediarios? La infraestructura que decide, corrige, edita, imprime, encola, fija un precio y distribuye y organiza una presentación? Con todos mis respetos, sí. Pero sucede que a veces esa infaestructura se ha revelado igual de parcial y subjetiva que uno mismo, en sí mismo, ensimismado cuando decide abrir un blog porque considera que atesora algo esencial que mostrar al mundo.

Son arenas movedizas y tramposas. Yo he publicado libros en papel pero siempre arrastré un punzante pudor a llamarme escritora. Esperaba un reconocimiento por parte de los demás, un reconocimiento que, de no anticiparlo uno mismo, no surge espontáneamente. No me bastó haber publicado 3 libros para llamarme escritora.

Me faltó haber lanzado algo a mi estilo, en mi atmósfera. Me faltó escribir aquí.

Esa fue la dosis que precisé.

Porque, de alguna manera, es indudable que aquí permanezco inédita. Y eso me proporciona una perspectiva muy diferente de lo que me queda por hacer.

Virginidad.

lista de títulos que no serán libro

Posted 25 Noviembre, 2007 by estíbaliz...
Categories: listismo

Moebius

Las listas de cosas que una no hará jamás adquieren el estatuto de la saudade. Son como cartas sin enviar encontradas en el bolsillo de un muerto o carteles de fiesta en una ciudad bombardeada. Son lo que pudimos ser y no fuimos, son álvaros de campos concentrados, son genios encerrados en la intimidad de las botellas.

Una vez dentro de ese espacio filosófico las potencialidades del ser son plenas y así lo que nunca sucedió, ese imperceptible desvío del devenir, se vuelve explosivo. Un gran suceso. Sabemos que eso no tendría por qué haber sido así, pero nos gusta pensarlo. Todo habría sido mejor si…

Supongo que todo habría sido mucho mejor se yo hubiera reunido las fuerzas necesarias para publicar libros como estos que enumero y no los que publiqué. Es un pensamiento sucio, victimista, y por una vez no me importa. La puerta que abren es precisa para que yo respire porque todo yo necesita, al menos, la posibilidad de haber sido.

Siempre que me asaltan pensamientos así pienso en G. A él le secuestraron incluso esa posibilidad de haber sido. La mezclaron en un cóctel químico, en un vaso de precipitado. Y desde entonces, todo en él es precipitación y vacío.

Volvamos a las listas de cosas.

1.- De este lado del telescopio: no sé muy bien por qué, pero este habría sido un libro inolvidable. Lástima. No debo escribirlo jamás.

2.- Halo: un efecto interesante que acompaña nuestra percepción del mundo y de las personas. Pero hay trampa. Una parte de Zoommm se llama así. Y también un poema viejo. Llamaré Halo a un libro hipnótico y errante, uno de esos que flota con elegancia, para no ser escrito nunca. Tan sólo descrito

3.- Un glaciar a la deriva: eso es puramente escribir. Escribir bien. La ironía justa exige semejantes distancias

4.- Distancia: una novela sobre las ganas de no decir

5.- Arrasamiento: supongo que este sería un libro definitivo sobre algo. Tal vez un último libro de poesía antes de dedicarme por siempre jamás a lo efímero, a cantar, a deambular, a peinar niños, a medirme el escote…

6.- Criatura y telescopio: aleatoriamente, este sería un libro de textos muy cortitos

7.- Eco: una palabra evocadora, la ninfa que enamora de Narciso y vive condenada a repetir lo que otros dicen. Pienso que es una figura fatalmente literaria porque la literatura, al igual que toda arte o similar, funciona como una superposición de estructuras en eco. De ahí que Cervantes, Borges o Auster sean considerados [nos gusten o no] quintaesencias literarias: porque el material de sus invenciones fue extraído directamente de las entrañas y de los magmas de la literatura. Ocurre incluso con el cine o la pintura. Esa autofagia, también llamada intertextualidad en los círculos dantescos de la cultura oficial, posee un alto valor a día de hoy porque utiliza como referencias referentes previos y, por lo tanto, satisface nuestro mono platónico de reminiscencia.

Starwatcher, Moebius

8.- María Río: un alter ego. La verdad, durante un tiempo pensé buscarme un pseudónimo chorras, tipo Anónima. Las únicas veces que firmé con pseudónimos en mi vida, en revistas de universidad y así, empleé Galadriel [antes de la peli, desde luego] y Mitilene [excepto en internet, donde uso la criatura mecánica, opia o la criatura]. Y también María Río. Como alter ego no está mal. Sospecho que es una persona mucho más riquiña que yo, con ese nombre de galleta. Si mi nombre peca de filosófico y aristocrático, María Río funciona como una especie de niña postiza, un ser crisálida, entre proletario, anónimo y 1/6.600.000

9.- Textura: tal vez un libro de pequeños cuentos, textos, texturas. Algo a lo mejor difícil de clasificar en las bibliotecas.

10.- Z: tenía un libro de poemas llamado así que no sé dónde puse

11.- El genio encerrado en la botella: un libro de artículos o microensayos.

12.- Casi quasar: un hallazgo eufónico que me recuerda al título inicial de este blog, como kosmos

13.- Vodevil: quizás porque el factum de escribir arranca de una vileza. Quiero perdurar por encima de los demás. O, como mínimo, por encima de mí, de mi diseño mortal. La cultura de consumo y el espectáculo de variedades ofrecen metáforas muy ajustadas y actuales para esa vieja necesidad [necedad?] humana.

14.- Intimidación: la grandeza de un libro nunca escrito tiene, como mínimo, que intimidar. Las escritas grandiosas, los grandes párrafos de Lolita, Neruda, Macbeth, Vallejo, Woolf, llegaron a confundirme. Cuando leía Residencia en la tierra me dolía la cabeza. Esa sensualidad en los adjetivos, todo ese contoneo verbal y la imaginería vertiginosa jamás antes imaginada lograron intimidarme hasta tal punto que hube leerlo en la habitación sentada contra la puerta para que nadie abriese. En todo semejante al onanismo, a un onanismo de descubrimiento. Después de leer textos así, una traga saliva a grandes tragos, luminosos, como quien bebiera uranio. Hay un desagrro en el tejido espacio-tiempo. Comprendemos algo, un algo fugaz que es algo. Y nos sentimos amenazados. Sí, amenazados de belleza. Intimidados pues, allá en la noche de nuestro cráneo, hubimos de imaginar barbaridades léxicas semejantes, teníamos los elementos, las sensaciones, nos faltó la gramática. Llegaron ellos, Clarices, Jaeggys, Cortázares, Vallejos, Szymborskas, Tizones, Rivas, Coetzees y lo hicieron. Con un boli, pluma o qwerty. Lo escribieron. Esa connivencia, esa clandestina electricidad de uno a otro, ese arco voltaico entre un cráneo que escribe y un cráneo que lee dentro de una cama con una bombilla de 60… eso intimida. Es fantasmal. Espantoso. En cierto sentido, monstruoso y tan apetecible.

15.- [...]: por supuesto, Puntos suspensivos es uno de los nombres que barajé siempre para cualquier cosa. Un blog que ya llevo, por ejemplo. Incluso el propio signo, sin más, aunque suene a capricho estilo Prince. Supongo que todo libro se fabrica de los silencios de otros libros y, si es verdad que no existe el libro definitivo, cualquier gran obra [y también aquellas menores] consiste en una fina línea de puntos en suspensión hasta la siguiente.

Datos de interés: en Marte también amanecen con rocío. Sin duda, habrá poetas marcianos que escriban textos llamados Orballo en Utopia Planetia o El rocío que no nos dejó arrancar. Determinar si  esa es una buena o una mala noticia para el resto del sistema solar, dejo que lo decidan ustedes.