rea

Posted 28 Octubre, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

mulleresgatos

Comparezco ante el tribunal de escritoras.

Queridísimas Safo y Virginia

adorada Sei Shonagon

penetrante Simone

no quiero olvidarme de ti

ni de Margaret

ni de Marguerite

María Xosé acude puntual a la cita

y toma asiento, entre Luísa

-quería volverte a ver, perdona-

y Rosalía. Clarice fuma su silencio.

Fleur se dedica a ser elegante

como un puñal enfundado en piel vuelta.

Sor Juana Inés absorbe su tequila y me hace un gesto: te comprendo.

Me comprendéis?

Me comprendéis?

Sí, te comprendemos.

Habéis tenido hijos? Habéis llevado una casa, una nación

una tradición cultural, un ecosistema

una intuición y una esteatopigia

sobre el peso de vuestras espaldas

agitadas de plumas

y escotes de ángel?

Algunas hemos, sí. Otras no hemos, no.

Somos hermanas, entonces?

Lo somos.

No me mintáis. Os admiro.

Nadie te acusa entre nosotras. Para qué nos sigues convocando?

Me acuso de vivir viviseccionada

de no poder escribir lo que desearía y cuanto desearía

por sobredosis de mujeriosidad.

Me acuso de no haber parido la gran novela que prometía a los 12 años

sino un hijo, algo que, según Onetti o Jelinek

impide a las mujeres alcanzar el estatuto de verdaderas artistas.

Me acuso de no pertenecer a vuestra estirpe

de haberme separado de vosotras

de la esfera redonda de vuestra concentración

para mezclar mondas de patatas con teorías de redes

energía oscura del cosmos profundo con una superficial vida de provincias

la sofisticada vergüenza moral de Guantánamo con la emoción barata

de escuchar perorar a mi hijo.

Me acuso de no haber rapado mi cabeza

de no haber vendido todas mis ideas originales [entre 0 y 1] al mejor postor.

De no haber destacado.

De haberme sumido.

De haber dependido de los mass media para traspasar el tiempo.

Ninguna de vosotras hablaría como madre. A excepción de Rosalía

a quien todo se le permite.

No he vivido entre caníbales, Margaret.

No me he arrastrado por el vodevil parisino, Colette.

Ni siquiera he cambiado de sexo, Elisa. Nací mujer

y las leyes me han apoyado con cuotas femeninas. Sí, las leyes. Sólo las leyes.

Y en el fondo podría casarme contigo, Marcela

Jeanette Winterson, Beatriz Cavallé.

En el fondo, he podido abortar cuando he querido.

Y lo he reivindicado todo con el puño en alto y una matriz

de uranio empobrecido.

Sobrevuelo la vida y aquí me encuentro:

escribo sólo gracias a que mi madre

le lee un cuento a mi hijo

le lee un cuento a mi hijo al otro lado del mar de África

le lee un cuento a mi hijo bajo la galaxia Andrómeda

que nos devorará, por lo visto

y juntos, abuela y nieto, forman un sistema lateral en esas redes cuyos nodos son calcio

y espina dorsal de nuestra sociedad

lejos de Google

de McDo

y varios metros por encima del petróleo de mierda

que serpentea esta ciudad camuflado de Zara.

Abuela y nieto: un binomio estéril en la gran ecuación del universo

su expansión se explica sin ellos

la crisis se resuelve sin ellos

todo funciona sin ellos.

Menos yo.

Me diréis, qué nos importa? Noñerías.

Aporta algo a la causa femenina.

Qué aporto?

Un hijo varón.

Cambiarías un lugar en nuestro Parnaso por él?

Nunca.

Olvidarías escribir por él?

Sí.

Rechazas el tiempo masculino, ese tiempo de doncellas y sirvientas

ese tiempo de secretarias y nodrizas

de lavanderas y microeconomistas

de agentes editoriales

y lumis

lumis mecanógrafas que copiarían esto de perlas

a cambio de estar con él?

Lo rechazo.

Eliges no vestirte en la Boutique Posteridad

por verle jugar a tu lado

como hace ahora

burguesa maldita

ingobernable occidental al noroeste del sur

compresa de sangre arrojada a la pantalla que os refleja?

A pesar de todo, lo elijo.

Y el siguiente verso que iba a escribir

-mamá, dime si está bien de sal

conozco su fórmula química

pero no la proporción idónea en cada plato-

lo declino por servirle una cena caliente.

Y luego un baño.

Condenadme.

Queridas bastardas de vuestra propia estirpe.

Condenadme a ser una cualquiera.

Te condenamos.

Imbécil, te condenamos.

Ya eres una de nosotras.

Haz funambulismo para escribir cuatro líneas al día

y vigila

que el periodo no coincida demasiado con la inspiración

ni el embarazo con la escritura de tesis.

Como hemos hecho todas, bastarda de la letra e

como hemos hecho todas

con nuestro pelo achicharrado por el rayo del genio

bastarda y madre y monte de venus

como hemos hecho todas, mujerzuelas escritorzuelas madrezuelas

cazuelas y compotas

sabiendo a cuánto va el kilo de azafrán y el terabyte de ideas nuevas

con qué ángulo cuelgan nuestros pechos y la órbita terrestre

cuántas cocacolas hay en la nevera y en la Palestina de Arendt cuántas naciones

ya eres una de las nuestras.

Te comprendemos, calla la boca.

Escribe, zorra.

Estíbaliz…Espinosa 2009

notas rápidas sobre el lector

Posted 29 Agosto, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores, ojo mecánico

palacedepression

Pienso en el lector. No en ti. En el lector como concepto, como cosa que se maneja, se justifica y se defiende.

En ocasiones me recuerda al concepto de plebe, el lector. Al de pueblo. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Todo para el lector.

La literatura es el camarote de los hermanos Marx. La de cualquier lugar, me temo. La de Venezuela y la de Galicia, la de España y la de las Seychelles. Me pregunto cómo será la literatura de los cayos de Mochima y Morrocoy. En un mes estaré allí, buceando en su literatura, comiendo su literatura con gotas de limón, limpiándome su literatura de entre los dedos de los pies. Envidiando el resplandor de su literatura que tal vez quiera impresionarme a mí, la europea.

Decía que el concepto de lector se acerca y se quema de analogía en el concepto de plebe. La literatura, como toda empresa, es jerárquica hasta cuando no lo parece. Vende jirones de alma humana, pliegues oscuros y sociedades náufragas, hombres con bellos ojos en crisis, sustancia política y metafísica. Vende exilios, sentimentalismos de ganga, frases nobles que aprenderse de memoria. Vende honor perdido. Vende.

Y en todo organismo de venta impera la jerarquía. Los que venden mucho, los bestseller, son tratados desde las tribunas con el desprecio paternal con el que se contempla el mal gusto de los nuevos ricos. Acumulan dinero, sí, pero les falta estilo. El estilo, como la clara de huevo, es inaprehensible. Se lo arrogan los aristócratas.Tal vez no vendan tanto, pero sufren la distancia del respeto y la adulación.

Hay oligarcas. Hay alta burguesía bien situada, clave para acceder al salón del trono.

No existe rey. Todos somos Macbeth.

Hay escritores que dependen de otros escritores. Como los esclavos de los sirvientes, buscan su protección para subir en la escala. Se acercan con naricilla de ciervo. Oh. Normalmente manejan con soltura fortunas de ese capital extraño, que sólo empobrece a quien lo recibe, la lisonja. Caen bien. Son aceptados. Aguantan la bebida que no veas.

Todos los escritores olvidan en algún momento que los lectores también son escritores y que, por tanto, su juicio es mortal. Quiero decir que se muere y es reemplazado por otros juicios de otros escritores que en sus ratos libres ejercen de lectores, o al revés.

El lector es como el pueblo porque se habla de él de un modo afligido. Cuánto tiene que aguantar. Los pobres lectores. Nuestro público, que tanto nos quiere. Nuestro más fiel perro guardián, dragón del tesoro. Qué haríamos sin el pueblo. A ellos corresponde la última palabra. Yo, como lectora ciudadana, me siento vituperada si… Los poderosos nos oprimen con sus malas gestiones argentarias y sus préstamos morales. Los escritores nos oprimen con su falta de talento, su egolatría y su falsa modestia. El falso engreimiento no nos obligaría a perdonarlos pero, inexplicablemente, se tolera aún peor. A ver quién soporta a un escritor feliz, que no se torture con la soledad, el victimismo o las anfetas. Como lectores, como público, como pueblo, nos gusta creer que perdonamos algo. La magnanimidad. Ah. Atributo de los dioses caprichosos.

El lector se pronuncia en las cifras de ventas y el lector-escritor en las columnas críticas. Dioses atados a columnas críticas. Así son los escritores. Y el lector, que es el pueblo, juzga. Y luego sentencia. Compra. O no compra.

Todos los escritores sufren al escribir porque escribir es una prueba de humanidad. Si uno no escribe y posee capacidad para hacerlo se siente como el vampiro que descubre que no se refleja en el espejo. Desorientado, obligado por las circunstancias a succionar bellos cuellos. Hay quien percibe esa obligación, la obligación de escribir, muy honda y se convence de que es humano, y humanista, con 300 páginas, 700 páginas, 1200 páginas. También se conforman espectros literarios: aquéllos que podrían escribir tanto y de tal modo que ya no lo hacen y se dedican a vagar por largos corredores de ensueño.

Yo podría decir tantas cosas…

Escritores hipnotizados. Escritores contables. Funcionarios de la literatura, cumpliendo vagos plazos y mediocres tramas. Escritores que te obligan de un modo tácito a comprar sus libros. Escritores que se inmiscuyen en tus correos y tus teléfonos para contarte todas y cada una de sus presentaciones. Gandules. Esquiroles que, cuando no se debe escribir, lo hacen. Piratas. Y gente aburrida de sus privilegios de clase que teclea en su apple: mierda es la vida. Y le da a intro.

Hay escritores que suicidan su escribilidad. La tiran por la ventana de una pensión de Harar, o la estrangulan en la cama.

Hay burgueses que descubren que todo es Dinamarca, como quien descubriese la pólvora.Y se presentan con la nariz arrugada a cualquier fiesta. Esto es la literatura! Un podrido elsinor de dorians greys!

Y hemos oído decir que todos los escritores danzan la danza de la muerte alrededor de sí mismos. Parece que escribir e imaginarse mortal son la misma cosa. Me pregunto hasta qué punto ha modificado nuestros hemisferios -derecho e izquierdo- vernos por escrito. Es más que probable que a esos otros hemisferios, el Norte y el Sur, los haya modificado  terriblemente. Se diría que les ayuda a definirse su modo de verse en papel: por ejemplo, Buenos Aires. Nadie deja de observar sus librerías. La gente se anticipa a ellas. Tienen que existir. De dónde si no? De dónde si no Borges, Cortázar, Múgica, Pizarnik, Company? América Latina se conoce por su política ultrajada, pero nos ha escrito el siglo XX. Estados Unidos, desde que se disecciona las tripas ante nosotros, también nos cae bien. Si no fuera por el realismo sucio, rudo y duro que son la misma palabra al revés, no nos íbamos a creer que son los mejores. Disney no nos valía. Hollywood tampoco. Ni siquiera los Coen o Pixar.


Las escritoras. No es improbable que caigan mal. Quizás una mujer que escribe pierde sustancia follable, no lo sé. Una mujer escritora se sobreentiende que exige unos gramos de admiración destinados a otro lugar de su esencia que no es su belleza física. Clarice Lispector era muy guapa, como sabemos. Juan Rulfo también lo era. Nadie parece haberlo advertido nunca.  Rimbaud, un muñeco de porcelana. También me imagino bellos a Samuel Beckett y a Catulo. Creo que Mishima me volvería loco si fuese gay. Qué me dicen del pecho turbulento de Hölderlin, de los labios de Larra, de los ojos claros de Castelao. Keats, Byron y Coleridge siempre serán efebos. Pensativos. Pasmados. La decisión en el rostro de Hugo von  Hoffmansthal. Adónde me lleva todo esto. Era la belleza un juicio literario? Las mujeres escritoras. Si se comportan como enfermeras y escriben libros curativos y autocomplacientes de fácil lectura, reciben su palmadita y su premio. Si escupen o ladran… qué les dejan a los escritores?

Adónde me lleva todo esto, lector, que has venido con tu dulce ingenuidad hasta este punto. Cuál es el punto y seguido de lo literario, sus puntos y comas. Sus puntos suspensivos malditos, hasta dónde y en qué número. Todo para el lector, pero sin. El lector-pueblo. La jerarquía oculta. Esa odiosa sensación de ingresar en un sistema sólo por dejar por escrito así tac tac tac estas palabras.


deje su huella digital aquí, por favor

Posted 19 Agosto, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

one day

one day

[TEXTO MATRIZ DEL SEMINARIO SOBRE BLOGS IMPARTIDO EN LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, MARZO DE 2009]

DEJE SU HUELLA DIGITAL AQUÍ, POR FAVOR

Si la pared o el techo son porosos

y las condiciones de conservación

son favorables, nuestra mano

en negativo podrá perdurar a lo

largo de miles de años.

Nos encontramos dentro de la Cueva del Castillo, en Cantabria. Afuera nieva. La caverna se estremece con la luz y hace dudar a la tiniebla. También nuestras pupilas. Siguen el pálpito de un corazón común. Allí estamos reunidos, hombres y mujeres. Portamos nombres que no trascenderán. Rostros que nadie inmortalizará en una polaroid o un retrato goyesco. Tenemos 15.000 años.

Un hombre y una mujer apoyan sus manos sobre la pared de la cueva. Cada uno la misma. La izquierda. Con la derecha sostienen una concha con dos huesecillos de mirlo y un poco de pigmento desleído. Soplan. Durante unos minutos. Sus zurdas permanecen inmóviles, atrapadas en el color. Cuando despegan las manos de la roca, se han escrito para siempre. No lo saben. No tienen ni idea de lo que durará eso ahí y ni siquiera les importa. No existe conciencia temporal, magnitud  histórica. Obedecen al instinto ciego de perpetuarse. Tanto sirve plasmar ADN en los genes de la prole como plasmar una huella en una pared de roca.

El corazón común se acelera y la pared se llena de manos, los cerebros de significado y la pulsión humanística comienza a latir

15.000 años más tarde, el día 17 de septiembre del año 2005, un ejemplar de la misma especie, homo sapiens, se encuentra ante el ordenador una tarde, detrás de unas persianas. Lleva tiempo dándole vueltas a dos ideas: su conciencia es menos suya de lo que le han hecho creer. Su naturaleza es más autómata de lo que la filosofía individualista propugnó, es más hija de su tiempo -los genes de su madre, la alimentación de su bisabuela solitaria, las lecturas de la facultad y el azar- de lo que creía. Es más una criatura mecánica. Para lograr ser una completa criatura mecánica, una parte de su cerebro debe engancharse a alguna sustancia inerte, digital, debe probar las entrañas de la máquina y unir su memoria humana e imprecisa con la memoria cruel y exacta de un ordenador.  Así que brota en su reblandecido cerebro la idea de crear una página personal. Duda entre una página web o un blog. Para la primera tendría que contratar a alguien que manejase el lenguaje html y conceptos básicos de diseño de páginas para la red. Conoce a varias personas, pero no se decide. El estatismo de las páginas web frente al dinamismo y la customización de los blogs es lo que termina por abrirle camino.

Elías Canetti habla de una sociedad en la que todo el mundo es pintado y reza ante su imagen. En principio un blog parecería eso: se habla con acierto y amargura, de los egoblogs, del autobombo, del exceso de yo. Qué sucede en la literatura? No es acaso la literatura en primera persona o con una tercera persona que camufla una primera [Madame Bovary soy yo, Flaubert dixit] una sobredosis sin anestesia de yo, una inmersión a pulmón en un yo?

La escritura en blog también tiene algo de disolución en la nada. Al fin y al cabo, creo que tardaríamos mucho más en acabar con todos los libros y documentos escritos sobre la Tierra que con toda la virtualidad volcada en la red.

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ser texto que

Posted 18 Febrero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores, ciencias y ficciones

pillowbook

Es malvada la escritura.

Es tramposa.

Te hizo creer en tu prodigio personal. Tus cartas imaginativas y audaces, tus exámenes de matrícula de honor, tus redacciones alabadas por las monjas, primeros relatos y poemas llenos de la torpe savia del crecimiento. Por escrito tú eras tóxica como todo lo fabuloso.

Te ramificaste en el aire. Escribiste sobre cortezas desangradas y secas.  Tu cerebro engendró anillos, dendros, celulosa dispuesta a ser escrita, es decir violada cada cierto tiempo.

El mundo lo constituía una palabra. Tú siempre, siempre, tenías la fortuna de poder pronunciarla.

Siempre -siempre- la acertabas.

Con las relaciones personales te empezó a ir peor. En vivo y en directo la gente se arrugaba al conocerte. No es que fueras desagradable, en absoluto. Era sólo que te faltaba algo… no sé. Un acento. Una tipografía discursiva más clara. Negro sobre blanco. La contundencia de tus argumentos por escrito se talaba en el cara a cara. Todos los que te amaban al leerte, que muchos eran, los que caían rendidos tras tus puntos finales, suspensivos, tus dos puntos, los que entraban en coma por tu desprecio hacia las comas, los que adoraban tu pulso, tus negritas, la bastardilla de tus magistrales ingenios verbales,  los que en definitiva ponían los ojos en blanco y lamían la página donde tú pasabas de secuencia genética a secuencia sintáctica… todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo.

Te evitaban en el metro, en el bus. Fingían no verte en la biblioteca, en la frutería. En la sex-shop.

Todos acababan por no querer volver a tropezarse contigo. En el mundo ese. Real.

No te importaba demasiado. Les preguntaste a tus editoras si la venta de tus libros peligraba. No, respondieron. La venta de tus libros asciende, las cartas de tus fans siguen embutiendo nuestro pequeño puñetero buzón. Sigue adelante, Escrítaliz Escritora. Adelante.

No te convencían.

Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río. A punto de desaparecer. Ante el espejo eres casi transparente. Piensas en tus sólidas editoras, con sus gafas tres veces sólidas. Sólidas y estólidas. E impávidas. Y esdrújulas. No te convencen en absoluto. Para nada. No. Y no.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

Por ejemplo. Tú habías visto a H. aquella mañana. La mañana había sido el anonimato, tú podrías estar muerta o haberte fugado a Brasil. Nadie te había visto. En tu casa no había nadie. El correo se colapsaba de mails sin contestar. No dejaste huellas en la puerta que cerraste con guantes. No generaste basura. Las llamadas no fueron devueltas. El frío cortaba tu rostro hasta hacerlo desaparecer, casi no tenías rostro, éranse una vez un gorro y una bufanda huecos sobre un abrigo hueco ante un par de coquetos guantes huecos. Sólo quedaba de ti el lunar en el centro geométrico de tu cuello, una especie de satélite que orbita tu cráneo sin desplazarse. Casi no existías porque toda tu vida se volcaba en unas 100 páginas apiladas en una mesa. Ellas comían lo que no comías tú, se nutrían de tu esencia y, vistas de reojo, te atreverías a decir que palpitaban sordamente. Componían una historia.

[cuál de las semánticas anteriores precisará ser explicada en el futuro? La palabra mail junto a correo? Urogallo? Sonrisa de Cheshire? Cuál acompañará a la raza humana hasta el momento justo en el que tú lees esto, volviendo inncesaria una nota al pie o un hipertexto?]

Nadie te vio salir ni entrar. No compraste leche. Lo único que accediste a masticar fue un trozo de pan del día anterior o de hacía varios días.

Eras anónima.

Tal vez por eso ver a H. te turbó el ánimo. Era inesperado y en tu  gorro hueco la conversación no se coagulaba, no pedía abrirse paso hasta tu boca. No supiste qué decir. H. esperaba de ti la pirotecnia, el artificio, la revelación del secreto del cosmos, el por qué de esto y aquéllo o, al menos, una puta sugerencia literaria.

Tú. No. Dijiste apenas nada.

Te limitabas a sonreír. Pero la sonrisa es patrimonio de los pánfilos, de los que no tienen nada que ofrecer más que su sonrisa. La sonrisa procede del miedo. Del nervio social. Los chimpancés de Jane Goodall se sonreían por nerviosismo. La sonrisilla nerviosa es el tornillo suelto de ese acto que es sonreír y al que atribuímos seguridad, confianza en uno mismo, facilidad para el orgasmo. Nada que ver con la risa, que pone en funcionamiento la musculatura toda, el esqueleto, la inteligencia:  un proceso contundente, preciso y acabado. La sonrisa es un medio hacer. Un no saber para dónde tirar. En la sonrisilla nerviosa se descubre su verdadero origen rastrero, que muestra los dientes sin control, desesperadamente. Sonreír es para los desesperados. Pero para los desesperados sociales. Existen desesperados introspectivos. Kafka, Shostakóvich, Clarice Lispector, Fleur Jaeggy, Valle-Inclán. No necesitaban sonreírte nunca.

Qué haces sonriéndole a H.?

H. cree que eres simpática. Que le sigues el rollo. Intentas esterilizar tu sonrisa a base de mentalizaciones. Puentes derrumbándose, ahorcados, ayuntamientos estafadores.

Tu expresión varía. H. se marcha, decepcionado de no encontrar a la mujer prodigiosa, a la heroína de todas tus novelas desde Pretensión hasta Lo ovalado del misterio, al yo disimulado en un de todos tus poemas desde Glup hasta Su carbono radiante, a la inteligencia eruptiva mimetizada en largas frases subordinadas de ensayos brillantes como Política para Nintendo y la Play, El cine que empobreció el uranio, Pensamientos siameses o La muerte en contextos de ingravidez.

H. no encuentra nada de eso. Encuentra tan sólo a una mujer aparentemente estúpida con una conversación en forma de glaciar. Se marcha en busca de cualquier perro que le ladre.

Tú percibes entonces, en ese divino momento, que tu humanidad no se parece ni de lejos a tu literatura. Ese pensamiento natural se alía con este otro: entre ser ente literario o ser humana sale ganando el primero.

Entre ser texto o no serlo, eliges serlo.

Así es como llegas a tu casa. Delante del espejo, de tu cuerpo de diario, casi iridiscente, casi comenzando a desaparecer. Tu sonrisa de Cheshire, tus miembros del Griffin de Wells, tu cerebro de lince ibérico, urogallo y cangrejo de río.

Desapareces en un tifón diminuto que comienza en tus ojos. Tus ojos se transforman en dos puntos, como los de un puto emoticón. Tus orejas todas las orejas, se han curvado siempre como interrogaciones a ambos lados del cráneo; en eso se transforman. En tus brazos los tendones crujen llenándose de una fibra pastosa. Las hebras de papel sustituyen tu sistema vascular. Tu clítoris se metamorfosea en un punto suspensivo, seguido de otros dos, invisibles, subcutáneos. La tinta fluye como si se acabase de derramar por una mesa de trabajo, tus párpados aletean como folios junto a una ventana que un temporal abre de pronto. Un gurruño de papel con frases jamás pronunciadas se desdobla hasta tu lengua, hasta tus pechos bajan enroscadas obscenidades y versos cursis, de la mano, extremo con extremo. Lo cursi y lo obsceno en algún punto se rozan. Te vuelves a un tiempo negrita y cursiva y tachada y letra capitular. El lunar de tu cuello es el punto de partida, tu palabra mayúscula, tu voz.

En el espejo, una lámina de papel se contempla. Se arruga. Cae. Como a todos, sólo le queda esperar. Ser leído.

by Gerhard Richter

by Gerhard Richter

El papel se compone de fibras vegetales, es decir, de materia orgánica, o lo que es lo mismo, de elementos que están o han estado vivos.

La historia que cuenta ese papel. Ya no la distinguimos. Salimos de este texto desordenadamente, como lectores compungidos por un final tan melancólico como en el fondo deseable.

Como los textos  rongo-rongo, el manuscrito Voynich, el lineal A, grafittis a lo largo de solitarias vías de tren, mensajes en el interior de celdas, despachos de torturas, paredes íntimas de casas derruidas. Historias mudas. Escrituras que al final no serán ni grandiosas ni vanidosas ni inapropiadas ni rancias.

En un cielo demasiado lleno, solo indescifrables.

2001. Space Oddissey

2001. Space Oddissey


libro de horas

Posted 30 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

Polaroid personal

Polaroid personal. Luz que se procesa en el momento no debido

En el colegio, las pálidas y reconcentradas éramos las más firmes candidatas a ser mártires.

En la guardería, el último año: me fascina una niña nueva que se ha sentado en mi sitio. Cuando una tiene cuatro años, cada sitio es un sitial. Esa usurpación tan natural del fetiche propio tuvo como consecuencia inmediata enamorarme de ella. Juntas nos disfrazamos de las dos únicas identidades bárbaras capaces de hacer sucumbir a una niña (si exceptuamos, claro está, la árabe): ella fue de rusa; yo – detrás de su preciosidad y guiñando los ojos para volverlos oblicuos a base de perseverancia- de japonesa.

Al año siguiente, ya en el colegio, despreciaba a casi todas. Eran seres meones, lloricas y no sabían dibujar. En clase de psicomotricidad demostraban el ritmo propio de una lavadora industrial centrifugando. Y yo no me sentía digna de ninguna.

Sólo de una: de Beatriz.

Su frialdad y su caligrafía eran signos externos de exigir devoción. Copiaba su letra inclinada, de mujer romántica flotando en una urna de vidrio y tenía envidia de su rostro, en el que parecía haber nevado alguna vez. Yo también era pálida. Yo no me daba cuenta.

Asistimos juntas a ballet. Yo era alta, de anchos huesos. Todo lo contrario de la sensación de ingravidez que despega a una bailarina de este mundo. Abandoné ballet (aprendiendo a pronunciar Terpsícore, como venganza). Ella prosiguió e hizo una hermosa función de fin de curso en la que su rostro parecía el ala de una libélula escarchada.Beatriz, concentrada en su perfección. El caso Beatriz fue sutilmente archivado y mi atención dolida procuró otro icono.

Fue extraño, sin embargo, que en la clase de psicomotricidad no hubiese reparado en Inés. Supongo que, a la altura de la clase de psicomotricidad, yo aún buscaba el absoluto, la perfección. No recuerdo a Inés hasta el año siguiente, cuando me dejé llevar por las cosas de este mundo.

Como una especie de aristotelismo, desde un punto de vista pedante.

Necesitaba la amiga primordial. Un ser básico en la madurez emocional de toda niña. De niña, una se siente tan distinta a todo el mundo que busca alguna réplica que la devuelva al mundo: yo quería tener una gemela a toda costa. Porque no me parecía a mi madre, porque mi hermano era mayor, porque mi padre estaba muerto.

Así que con 6 años probaba con la lengua la sal de este mundo.


Sabía que el platonismo era lo único capaz de mantenernos vivos. Sabía que la sal de este mundo no era platónica.


Había que salir fuera de una para saberlo.

El cuerpo de las niñas es tan tibio, tan cómodo. La existencia es una piel suavísima, blanca y rosa como las nubes de gominola. La existencia son caprichos, micrófonos, fiebres altas que nos conceden ojeras de mártir. De niña vomitaba siempre. Muchas niñas lo hacen. Creo que es una reacción ácida al probar la sal de este mundo. En la superficie de mi cuerpo de niña sólo había lunares, ombligo, perlas de agua de piscina.

Dentro respiraba la orfandad y el horror de los seres únicos.

Pero Inés.

Inés me rescató como un príncipe. Me rescató de esa soledad vertiginosa y palpitante que se cose a nosotros con tanto orgullo. Como hacen los príncipes. Sólo que las dos éramos princesas. Había algo simétrico allí que no encajaba. Algo siamés. Pero nos tendimos los brazos y supimos odiarnos como a ninguna. Yo no sabía que Inés ensayaba conmigo sus futuras relaciones con los chicos. Tampoco ella lo sabía. Nadie sabe nada. Y es precioso así.

Estamos en 4º. Subimos una escalera. El recreo ha sido intenso y subimos sudorosas, exultantes de animalidad. Confabulamos. Delante de nosotras, una niña de maciza melena rubia que siempre elige ser el príncipe –algo tan impensable ¿cómo se va a querer ser el príncipe?-. Nos tiene subyugadas.

Con esa melena rubia ningún cráneo de niña puede albergar deseos de príncipe.

Inés y yo.

A cuatro escalones de ella.

Confabulamos. Confabulamos y subimos, llenas de faunesca sonrisa.

Alguna dice –no importa cuál, somos princesas las dos, somos princesas siamesas con un sólo cerebro, en nosotras comparece ese mal- : “Seguro que es un niño disfrazado. Sí, mira, mira. Mira la careta”.

La careta no es sino el cerco de rubor que le coagula la cara. La niña-niño de leoparda melena rubia porta una máscara de sangre bombeada a fuerza de tanto cabalgar en los juegos del patio.

Es el príncipe. El príncipe que vive escondido en una clase de pálidas y reconcentradas niñas de 4º, con opción a ser mártires. Monjas o mártires. El futuro Rey, Dios salve al Rey.

Inés y yo la miramos, subyugadas, palidísimas, y más princesas y malvadas que nunca.

Venido de no sé dónde, un pensamento congelado parece dar una mano de permafrost a nuestro idilio: Pero la reina seré yo.

Y me tiemblan los labios y mi frente se abomba, como les suele suceder a las reinas cuando leen en sus Libros de Horas la fugacidad del poder y de la vida.

Ya por entonces era reina.

Y ya había elegido serlo en la arrogante modalidad de mártir.

2002

temporalmente sin nombre

Posted 24 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: bastidores

tormenta by pequesquimal

tormenta by pequesquimal

El día 23 de enero de 2009 era hoy. Lo tenía ante mí, detrás o entre mí.

Era un día alerta naranja. A pesar de eso, por eso, era un día hermoso.

En la mañana, G. había ido al médico. Me lo dijo ayer. Lo sé porque eso le turbaba un poco el ánimo. Yo le había preguntado. Luego, nuestra rutinaria conversación telefónica de todos los días discurrió por nuestras lecturas. Vila-Matas no le disgustaba aunque luego pareció que sí. El exceso de exhibicionismo cultural. Sus amigos literarios componiendo una vida literaria. Él ahora me ha prestado el Sebald que le había regalado yo. Él me había regalado Sebald una vez, Del natural. Yo le regalé otro, años después, Los anillos de Saturno. Hablamos de Sebald, entonces. Sé que a G. le afecta la nobleza bajo todas sus formas. La nobleza despojada. Durante mucho tiempo G. eligió ser un noble despojado; alguien que nace con todo y desaparece sin nada.

Una especie de civilización conformada por un solo individuo.

Él es sebaldiano, vila-matense, bernhárdico, hikikomori sin tecnología, canettino, kafkiaco, borgesco, nietzschés. Podría decir que es todo el siglo XX convertido en una patología de raíz literaria masculina.

Algo después de esa conversación, tomé un taxi. Fui a buscar a mi hijo. A la guardería. Ese quehacer, junto con el de organizar fiestas culturales neoyorquinas, me parece el colmo del glamour. El taxista era un hombre entusiasta, hablaba y criticaba con entusiasmo. Feliz. Me gustó escucharlo, aunque eso no debe engañarme y conducirme a creer que amo el género humano.

El taxista usó esta expresión deturpada: “a rejatabla”. Yo sonreí. No porque lo pronunciase mal. No con condescendencia. La condescendencia es una aberración moral del carácter que trato de extirparme desde hace tiempo. No me importa que la gente hable mal si lo hace con entusiasmo imaginativo. Hay gente que habla tan bien, que escribe tan bien y dice cosas tan desvaídas, tan muertas que podrían deshacerse y convertirse en polvo dentro de tu cerebro. Llenarlo de polvo. De polvos eruditos. El taxista hablaba así, “a rejatabla”, y pensé en la reja de un arado surcando frases, ideologías, convicciones, haciendo tabula rasa de todo ello. Con ese entusiasmo un poco ciego que a veces se opone a la tétrica lucidez.

El taxista hablaba, decía “a rejatabla” y me miraba de reojo. Es decir, no miraba a la carretera por la que, aseguraba, circulaba mucho imprudente, mucho maleducado. Gente que podría ofender tu moral aparcando mal. Hemos llegado a sentirnos ofendidos por un coche mal aparcado.

Sin duda, este noroeste peninsular es un pequeño receptáculo de bienestar. De bienestar paranoico. Eso pensaba yo el día 23 de enero por la mañana, cuando era hoy.

Luego llegó la tarde. La tarde, como la segunda mitad de cualquier proceso histórico, el imperio asirio, la revolución francesa, os séculos escuros en Galicia, fue diferente. La tarde partió en dos el día. El día dejó de ser homogéneo y de una pieza. A rejatabla, lo partió.

[...]

Por la tarde salí a trabajar como actriz, a una localidad, B., distante una hora y media en coche. Durante todo el día el viento se había dejado sentir como un lobo hambriento. Los telediarios hablaban de la inminencia de algo, las autoridades civiles recomendaban no salir a menos que fuese imprescindible.

En el coche se respira el humo del teatro. Se bromea mucho, con ingenio y malicia, se habla de dinero, de próximas actuaciones, se intercalan las intervenciones con fragmentos de textos teatrales, actuales o pasados – eso es del Ricardo o de la Bailadela?-, se comenta sobre personajes ficticios, sobre antiguos conocidos enfermos, sobre los mejores hoteles y restaurantes de las ciudades concebidas como plazas de conquista, sobre política, sobre intimidades. Somos mujeres.

Las primeras ráfagas de un ejército de vientos nos enmudecen varios minutos.

Llegamos a B. y armamos la obra sobre el escenario, 7 mujeres, 2 técnicos y un director. Pensamos que no acudirá nadie porque la noche ha empalidecido expectativas. El temporal sin nombre, alguien lo llama por su tecnicismo, ciclogénesis explosiva. La tormenta perfecta, en jerga de los marineros, esas criaturas del pasado y de los abismos que componen el pasado del pueblo gallego.

A las nueve menos diez sólo hay tres personas congregadas en la puerta. A las nueve, unas cuarenta. A y cinco comenzamos, chicas.

Mis primeros quince minutos transcurren en escena. Buena parte de la representación la paso en camerinos, pintándome las uñas de color crema de leche, leyendo, pensando cosas que escribir, títulos, temas, sacando fotos aburridas e interminables. Me aventuro a comprar bebida o comida a una de esas solitarias máquinas expendedoras de uno de los pasillos del auditorio. Mi personaje reside teóricamente en el más allá, y yo misma parezco un fantasma que, por un momento, imagina caminar por una nave desolada, fantasmal, asediada por vendavales futuros. Qué hago aquí comprando un kit-kat? [conozco un bloguero que decidió poner todos los nombres comerciales al revés, así a su iPod lo llama doPi] Qué hago aquí, en esta playa del fin de los tiempos, comprando un tak-tik?

Lo compro. Lo como. Regreso al camerino despacio, aspirando el temporal. Fosas abisales. Fosas nasales en alerta. Llama mi madre, ejerciendo su profesión: Quedaos a dormir, hija, no volváis. Recibo mensajes de un amigo que me aconseja lo mismo.

Dos compañeras descienden ahora la escalera de caracol de madera, hacia los camerinos, procedentes del escenario. Me miran con una leve ansiedad, como si yo fuese una estación meteorológica. Hablamos de la posibilidad de no regresar, de quedarnos a dormir, de llamar a protección civil. Hablamos de morirnos. En las conversaciones de teatro se habla de morirse muchas veces, quizá el teatro empezó siendo un asomarse a un abismo temporal, un escenario como un acantilado. De hecho, a día de hoy, como profesión antigua que es, casi arcaica, casi de museo, el teatro entraña cierta peligrosidad, tramoyas, poleas, parrillas de focos, pequeños barrancos en bambalinas, pequeñas amnesias repentinas antes de salir, lejos de la escena alumbrada donde todo es orden, sucesión de hechos, cronologías, genealogías, preguntas y réplicas, desenlaces. Como su opuesto binario, el fondo del teatro es el tártaro y el caos. Es una profesión en regeneradora extinción y, como todo lo antiguo, genera cierta fascinación, cierto esplendor dorado en el ojo de quien lo observa.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

Así que el orden prosigue arriba, en el proscenio, donde se hilan los monólogos con un hilo suavísimo de araña mientras abajo nos morimos de indecisión, nos mesamos el pelo real, alguien se desmaquilla con malhumor, alguien fuma su no saber qué hacer.

Tal vez imaginamos remolinos en la autopista, remolinos en la autopista de madrugada, vórtices donde se perderían nuestras voces jóvenes y viejas, nuestros matices de personajes, todos nuestros discursos ante audiencias futuras y nuestros susurros en orejas enfermas y queridas como conchas. La autopista se ha transfigurado en un monstruo de las profundidades, quizás proceda del cretácico, tal vez no nos devuelva a nuestra casa sino a nuestro terror ancestral, a nuestro código genético. Y si la autopista nos desintegra en moléculas sin motivos, en virus a la búsqueda de nuevas víctimas vivas, en calcetines fríos, en galaxias extintas dentro de bellos cráneos?

Les digo que casi he tomado la decisión -me cuesta tomar decisiones, soy por ello una persona lenta, atortugada, torturada- de no viajar, de quedarme.

Casi están convencidas.

La obra finaliza entre aplausos indecisos también. Hay poca gente hoy. Tenemos frío y ganas de amor y sopa. Bajamos a cambiarnos, a ponernos nuestras ropas. Hay cierta discusión, alguien grita un poco, alguien sale a fumar un cigarro y entra con la decisión de quedarse. Otra vez se habla de la muerte. Hay alguien que aún no sabe nada. Qué dicen nuestras parejas, nuestros familiares, los amigos? Lo peor aún está por venir. La borrasca, la tormenta sin nombre, perfecta, danza extasiada hacia el norte y entre las doce y las tres de la mañana se esperan los mayores desperfectos, el peligro máximo.

Son las once y veinte.

Hablamos en el vestíbulo del auditorio. La gente se ha marchado, ha envuelto sus buenas impresiones en sus abrigos neutros y se ha ido. Los árboles, no. En el vestíbulo, la gigantesca escultura negra de una tortuga marina nos contempla, colgada de la pared. Es un aviso? Un designio? En este lugar del mundo es imposible no pensar en los marinos. La flota está amarrada. Alerta roja en el mar.

[...]

Cada cierto tiempo, en este lugar del mundo donde el mar fue significante y significado, suceden cosas que nos obligan a mirarlo de nuevo. El Mar Egeo o el Prestige, los marineros perdidos, Ramón Cambeiro tres veces nacido, barcos con nombres hundidos La Isla, Centauro I, O Bahía, Río Bouzós, Ferralemes, los más de 300 barcos naufragados en la historia de nuestra costa, el Nautilus de Nemo bajo Vigo, Lugrís, los percebeiros,  el mítico Gran Sol [o gran lenguado, grand sole]… el océano ha perdido la condición de protagonista principal de esta obra y a veces nos lanza largos soliloquios.

Mi sueño recurrente es el tsunami que arrasa mi ciudad. Creo que esto lo he dicho ya en algún otro lugar.

by Zena Holloway

by Zena Holloway

[...]

Decidimos quedarnos. Quedarnos en B. A veces son buenos los planes B. La noche se alborota y durante la cena decide dejarnos a oscuras charlando de nuestras sombras privadas. Llegamos de milagro al hotel, envueltas en tinieblas y bufandas. Una vez allí, un hombre muy antiguo nos prepara siete candelabros de botellas de cerveza para iluminar medievalmente nuestras habitaciones. Subimos proyectando esas sombras exaltadas que, seguro, engendraron en su momento toda la literatura gótica: al amor y al terror de las lámparas de aceite. Se habla de Poe estos días, veo su rostro disconforme, con la frente anormalmente ancha, en muchas publicaciones. La manga de mi abrigo verde se mancha con cera de vela. Poe le tenía miedo a la oscuridad. En la habitación el confort es invisible. Sólo se palpa en la planta de los pies, en forma de moqueta espero que limpia.

Coloco la vela sobre la mesita. Me desnudo. Me guardo a dormir. Antes leo y escribo frases que tiemblan igual que las sombras, las señales de tráfico y los eucaliptos australianos y pinos americanos a lo largo de toda la autopista que nos separa de nuestro punto A.

El punto B, a oscuras, respira adormilado.

Soplo la vela. Echo convenientemente de menos a los míos. Me duermo enroscada. El viento prosigue, esta vez sí a rajatabla, un trabajo arcaico ayudado por la lluvia y el enfrentamiento térmico de masas de aire.

Me duermo temporalmente sin nombre, sin casa, sin luz y sin familia. Y en este pequeño exilio de juguete echo de menos la mañana, la otra mitad de este día ahora en alerta roja, y escribo estas líneas para que sea otro el ciclón que se las lleve.

[...]

Me levanto un poco antes de que amanezca y, por suerte porque no tenía mechero, ha vuelto la luz. Me ducho largo. Algunas compañeras ya leen la prensa en el vestíbulo y, una vez todas juntas como ovejitas, vamos a desayunar. Nos reímos de la noche inesperada, para el anecdotario. Para contar a los nietos, se dice en ocasiones como esta. Como si a nuestros nietos les fuese a interesar. Todo tiene un aire amigable, de armisticio con el clima.

En el viaje de vuelta en coche por un momento me recordamos a generales contemplando desde sus cabalgaduras los restos mortales de un inmenso campo de batalla, jirones de señales, árboles mutilados y puestos cuidadosamente a un lado de la vía, arbustos que se han despedido de la tierra y han volado muchos metros, vaticanos rayos de sol por entre las nubes, teatralmente colocados ahí para hacernos pensar en las grandezas celestes y equivocarnos acerca de su origen.

Somos generales paseando una tregua.

Miramos alternativamente a un lado y a otro de la carretera. Pienso en las batallas que, con toda probabilidad, se habrán librado bajo estos campos. Aquí donde ahora un árbol languidece decapitado, algún hombre se ahorcó hace muchos siglos. Es un pensamiento masculino, me digo. Porque las mujeres han librado otras batallas en estos campos estremecidos que hoy se desperezan tan tranquilos, un poco descoyuntados, pero tranquilos; me imagino muchachas que, atravesando uno cualquiera camino a su casa, fueron fecundadas contra su voluntad, una batalla silenciosa a ras de hierba. Recuerdo una canción de una cantante venezolana que he escuchado este verano con la abuela Borges, La embarazada del viento, en la que se narra con humor el caso de una mujer que dice haberse echado a dormir y haberse levantado preñada de un mal viento. La capciosa madre intenta sacar el parecido, pero resulta que el niño tiene el nariz de uno y los cachetes de otro y las manazas del de más allá, con lo cual lo más útil es concluir que verdaderamente se trata del hijo de un ventarrón. También los supersticiosos legionarios romanos temían estos lugares en los que las yeguas eran fecundadas por el viento y alumbraban caballos salvajes. Bestas.

[...]

Hace dos años, en octubre, yo deshacía en la madrugada el mismo trayecto de B. a A. una noche de mucho viento y lluvia, tras una actuación con un pianista en el mismo auditorio.

Dos semanas después, en el cuarto de baño de mi casa de entonces, un rosa intenso en un palo de plástico me revelaba embarazada.

[...]

Los romanos le tenían miedo a este lugar. Creo que antes de los primeros pobladores, los que llenaron de petroglifos el granito y el seixo, antes de los soldados que temían pasar el río Limia y olvidar, antes de los suevos y la reina Lupa, antes de las Casitérides, antes de, antes, aquí sólo había bestias paridas por el viento. El viento es nuestro habitante más antiguo. Ya he dicho eso en otro lugar. Nuestro viaje de vuelta no fue entonces con la mirada de los generales al día siguiente al examinar los despojos de la guerra. Fue con el mirar curioso, el mirar contemplado,  de los que reciben su dosis periódica de visita de antepasados ruidosos y algo ciclópeos.

Temporalmente nos quedamos sin nombre para todos ellos y los llamamos, con cierto fervor, temporales.

Hungarian Peasant Dances, de Béla Bártok

nieve vieja [1]

Posted 10 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

El segundo texto que colgué en ese otro blog, -el siamés, el polo sur de todo este rollo bipolar de llevar varios blogs, ese blog mimado en el que escribo con más frecuencia y en gallego-  fue este:

ENTRADA DEL 24 DE FEBRERO 2006

Post que dedico a una María de Liége, que vio nevar, y a una Elena de Córdoba, que no vio nevar, pero sí la nieve y las fotos de la nieve y a la gente hablando de cómo y qué bonita y plácida y fotogénica estaba la nieve.

Nieva.

Si un texto cualquiera o una película cualquiera comienzan así, a mí ya me cautivaron. Una manera muy japonesa de ordenar el mundo: hacerlo nevar.

De ordenar los textos: cubrirlos de nieve.

Una manera hermosa de morir o matar: en la nieve.

El frío tiene un encanto primitivo, de penúltima glaciación. La congelación es un hermoso y letal estado de la materia. Quizás porque se derriten los glaciares, porque sube la temperatura de la tierra, porque exhalar un aliento visible seduce. El frío será un valor en el futuro. Un bien escaso, como la delgadez hoy en día en los países opulentos. Como el agua en los desiertos árabes. Como la vida en los mundos inertes.

Los cristales de nieve posan sobre pestañas mecánicas. Clic. Clic.
Parpadean. Los copos siguen ahí.

La nieve es un drama sin ningún tipo de diálogo. Una tragedia en la que no se chilla. Tiene la templanza de los acuarios, la rotundidad de las guillotinas, el silencio de los sistemas solares.

Yo quería que este invierno nevase. Por muchas razones. Pero la principal… porque quería que este invierno nevase. Aquí. Quería posar mi vientre sobre la nieve, como una redonda osa polar. Criohibernar. Quería hibernar. Quería invernar. Y quería hinbernar.

La nieve facilita ciertos ritos. Ciertas comunicaciones secretas. Ciertos paisajes excesivos.
Y cae del cielo. Alguien agita este puebliño metido en una semiesfera de cristal y sucede.

Lista de cosas que los humanos encontrarán en la nieve

Marfil de mamut
Un agujero en medio de un lago helado en el que estuvo pescando un esquimal
El cuchillo del esquimal
Gotas de sangre
A los protagonistas del cuento de Navidad, de Dickens
A Robert Walser, que se murió en la nieve
A Eduardo Manostijeras
Tres cuervos
A una doncella muy hermosa comiendo una manzana envenenada
A algún protagonista de un cuento ruso, de nombre Iván
A alguna protagonista de un cuento chino, de nombre Li
Huellas de cromagnones
Tigres siberianos
Hamlet, sin Ofelia
Niños
Hombres en el cerco de Stalingrado
Un muñeco con una zanahoria de nariz
Un guante sin su par, perdida
Una bota sin su par, perdida
Un meteorito calcinado
Monedas que se hunden, se hunden, ya no se ven
Un haiku que empieza: Nieva
Alguien que resbala y cae
Una reina destronada
Camelias blancas
Un charco de sangre
Un animal herido
Una Alhambra
Ropa interior Victoria’s Secret
Esquíes formando una X
Instrumentos bondage sadomaso
Ríos de lava
Piedras de basalto
Una máquina quitanieves semienterrada
La ushanka ucraniana de piel de conejo que perdí ayer
Huellas de alguien que caminó hacia atrás
durante un rato
y luego
otra vez
otra vez
Nieve

Datos de interés: No nieva

BSO: Pyramid song, Radiohead. No habla de snow ni nada de eso, pero a mí Thom Yorke siempre me dio la sensación de cantar desde dentro de un arcón congelador

nieve vieja [0]

Posted 10 Enero, 2009 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

Estos días leo la palabra nieve. Repetida. En blogs. En noticias. Alguien me telefonea: vamos a ver la nieve. La nieve es una convocatoria. Imperativa. La nieve es un desafío. La nieve es un campo de juegos.  De duelo. En Evgeni Onegin lo es. Eso me lleva  a pensar en textos sobre nieve. De Nothomb. De Shonagon. Imagino que todos esos rusos que aún no he leído también habrán escrito sobre snieg. Nieve.

El 5 de noviembre del año 2005 publiqué una entrada en …mmmm…, por entonces llamado como kosmos, titulada Neve. Estaba embarazada sin saberlo mientras escribía eso. Esto último es irrelevante, pero ahora diré algo que no lo es: aquella fue la primera de dos entradas sobre el tema, que creo que en la literatura occidental comienza a ser obsesivo. Al despertarme, tras una mala noche, he pensado en una antología sobre textos o referencias a la nieve. En canciones, en películas, en cuadros.  En textos científicos. Cristales de nieve. Nieves perpetuas. No, es cursi. Demasiado peliculero. En blanco. Bah, el manido juego de palabras.

En el desayuno tomé, aunque parezca una broma, Nevaditos de Reglero. Aparecerían en mi antología, claro. Aunque esa concesión a la cultura pop me resulta algo extraña. Aparecería también un hotel de Nevada? Aparecerían Las Vegas? Aparecerían rayas de coca y pantallas de televisores sin sintonizar?

Fregué las tazas. Fregar es un acto muy sensato que, aunque deja volar la imaginación, te mantiene clavado a la tierra. No hay antología. No creo que la haya. Sólo hay unos textos que hoy quise traducir y colgar aquí.

ENTRADA 5 DE NOVIEMBRE 2005

El 9 de enero del año 2003 envié un mensaje múltiple a todos los seres registrados en mi móvil. El mensaje decía:

está nevando

Ese mismo día escribí un microcuento que entró a formar parte de La Criatura. El cuento decía:

9 de enero

está nevando

Me deleitaba lo que no iba a decir de aquel día. Como la nieve: un no decir nada.

A finales del año pasado me entregué a la búsqueda de un objeto fetiche: una esfera de cristal con casitas sobre las que neva cuando se le da la vuelta. Son viejos pisapapeles. Nadie usa ya pisapapeles. Usted es usuario de pisapapeles? Como los tirantes o el linimento o el bromuro en internados masculinos. Cosas que atestiguan que hubo un mundo antes que nosotros. Que no es una ilusión óptica de los viejos libros de Historia. Que nuestro enfermizo interés por el pasado tiene fetiches en forma de hierros para la ropa, carteles de cabaret o raspaderas de sílex.

O pisapapeles condenados a ser emblemas de algún futuro Museo del Kitsch.
Buscaba un pueblo nevado para pisotear todos mis papeles.

No hay mayor alisador de tiempo que la nieve. La nieve es la mejor palabra que se le pudo ocurrir al cielo. Podemos callar ante ella. Poco más. Adorarla. Marcas de rodillas en la nieve.
Reconocer que ni crisálida (tenía un profesor de esos con un hilo de baba entre los labios que a los 12 años nos aseguraba: crisálida  es la palabra más hermosa de la lengua castellana), ni katiuska ni ventilador superan en elegancia a la palabra nieve (ahora que releo, también baba sería una palabra hermosa: es abuela en ruso. Tiene algo babélico, morboso)

El refinamento es frío.Tanizaki lo dice.

Quien nunca ha enmudecido ante la nieve ignora el valor de no decir nada. Es como ese truco de hacer callar estando callado. Difícil decir algo significativo cuando se asiste a una nevada. El intento es patético.

Habrá quien coma nieve, quien se vista de nieve, quien se sacuda de orgasmos en la nieve, quien viva en casas de nieve y se dedique al intercambio de nieve. Habrá una reina de las nieves que lleve en su mano de nieve una esfera de cristal con los mundos todos para gobernarlos a su despótico capricho. Habrá también un Abominable Hombre de las Nieves que desprecie el contacto humano por algún despecho incurable. La palabra de la nieve y el mundo de la nieve merecen un silencio grande que hable por todos nosotros, por todo lo que sentimos aquí.

Los sentimientos pueden tomarse fríos. Adquieren consistencia en el frío. Somos los bastardos de ciertas glaciaciones. Tenemos derechos irrenunciables sobre el dominio y el imperio de la nieve.

lista de huellas que me pisotearon

Posted 5 Diciembre, 2008 by estíbaliz...
Categories: listismo

By Oleg Dou

By Oleg Dou

1.- La historia interminable y Jim Botón y Lucas el maquinista, Michael Ende

2.- El misterio de la isla de Tökland, Joan Manuel Gisbert

3.- El maravilloso mago de Oz, L. Frank Baum

4.- Antoñita la Fantástica en el País de la Fantasía, Borita Casas

5.- Esther, Purita Campos

6.- Emma, Trini Tinturé

7.- El gran número. Fin y principio, Wislawa Szymborska

8.- Pedro Páramo, Juan Rulfo

9.- Los hermosos años del castigo, Fleur Jaeggy

10.- El libro de la almohada, Sei Shonagon

11.- Residencia en la tierra, Pablo Neruda

12.-La vuelta al día en 80 mundos, Julio Cortázar

13.- Más allá del bien y del mal, Nietzsche

14.- Elegías de Duino, Rilke

15.- Starwatcher, Moebius

16.- Cantos caucanos, Avilés de Taramancos

17.- Esferas, Peter Sloterdijk

18.- Hojas de hierba, Walt Whitman

19.- Felicidade clandestina, Clarice Lispector

20.- Os outros feirantes, Alvaro Cunqueiro

21.- Mafalda, Quino

22.- Claudine en la escuela, Colette

23.-  Alicia en el País de las Maravillas y a través del espejo, Lewis Carroll

24.- (Cito), Emma Couceiro

25.- El elogio de la sombra, Tanizaki

26.- Luces de bohemia y Flor de santidad, Valle-Inclán

27.- El sueño del monstruo, Enki Bilal

28.- Iniciación a la astronomía, Jean Lacroux/Vincent Chaix

29.- El Quijote, Cervantes

30.- Higiene del asesino, Amélie Nothomb

31.- El maestro y Margarita, Mikhail Bulgákov

32.- El odio a la música, Pascal Quignard

33.- Orlando, Virginia Woolf

34.- Paisaje con grano de arena, Wislawa Szymborska

35.- Poemas y Ficciones, Borges

36.- Hormigón, Thomas Bernhard

37.- Tic-Tac, Suso de Toro

38.- De aquí al infinito, Ian Stewart

39.- El porqué de las cosas, Quim Monzó

40.- Livro das devoracións, Pilar Pallarés

41.- Desgracia, J. M. Coetzee

42.- Ruído, Luísa Villalta

43.- La gravedad y la gracia, Simone Weil

44.- Metafísica de los tubos, Amélie Nothomb

45.- El sabotaje amoroso, Amélie Nothomb

46.- Elizabeth Costello, J. M. Coetzee

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mail a un escritor

Posted 1 Diciembre, 2008 by estíbaliz...
Categories: deviated devotions

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Hola, A., qué hay

Música.

El tema.

No soy muy indie. Creo. Mis amigos de la facultad [D. entre ellos] iban a Benicàssim, compraban discos de Subterfuge y conocían a mil grupos. Yo no. Una amiga se hizo a su vez amiga de Los Planetas y de Chucho y de Los Enemigos y hasta se piró a alguna gira con ellos. Yo no.

A mí me van otras cosas. Tuve una fase folk Hedningarna-Capercaillie, una fase preadolescente Madonna, una fase nacionalista Milladoiro, una fase cantautora negra Tracy Chapman, una fase experimental Pink Floyd-King Crimson, una fase siniestra The Cure-Joy Division, una fase dura Rage against the machine, una fase soy de los noventa Pavement-Pearl Jam-Nirvana,una fase lírica Verdi-Puccini, una fase medieval Livre Vermell de Montserrat, una fase impresionista Debussy-Ravel, una fase “soy así” Björk, una fase “soy asá” Tom Waits, una fase húngara Béla Bártok, una fase jazz Ella Fitzgerald, una fase cuba Bola de Nieve…

A día de hoy escucho PJ Harvey, Radiohead y bandas sonoras. La del último emperador, por ejemplo. A los quince años me vestía todos los días con el uniforme del colegio escuchando eso. El mundo me parecía la Ciudad Prohibida.

Era manierista.

Pero indie…indie creo que no escucho mucho. Yoquésé. Radiohead aún es indie? Arctic Monkeys son indies? Ya no me acuerdo de todas esas cosas. Ahora escucho canciones para niños con djembés y balalaikas…

Está bien que no quieras reproducirte. Lo que te oculté en el anterior correo es que los hijos te preservan del introvertido suicidio invitándote a extrovertidos homicidios. Yo sólo tengo un hijo. 2 años. Relación intensa. Gran relación, madre-hijo bla y bla.

D. no creo que vaya a escribirte. Es tímido. Mejor intentad encontraros algún día por ahí, por azar, comprando un libro de Auster, por ejemplo, o en las venas abiertas del metro de Madrid, que son todas América Latina. Sería bárbaro eso.

Creo que volveré por Madrid el año que viene, por cuestiones de trabajo. Si tal, ya os avisaré y os presento.

También creo conocer a Alex Nortub, y también os caeríais bien, me figuro. Sois de un estilo. Pero Nortub vive lejos de Madrid.

No tengo novelas actuales, sólo 5 escritas entre los 10 y los 14. A boli rojo una, boli verde otra [en 5 libretas] y a Olivetti Lettera las demás. No te las mando. No creo que puedas mostrarme tu magnanimidad con ellas.

Novela mail? No desprende un tufillo a posmodernidad, eso? Dior mío, puedo soportar oler a ser humano. Pero a ser humano posmoderno?

No lo sé. Tendría que pensarlo. Pensarlo con la nariz.

La cuestión, como dice la Violetera, es la pereza. Hace unos años una revista de esas digitales reunía textos sobre los pecados capitales: tenías que elegir uno y escribir la chorrradilla al respecto. Casi todos los participantes, supuestamente escritores, además de la consabida lujuria y la consabida gula, elegían precisamente la pereza. La pereza me pareció la marca de fábrica del ser escritor.

Yo no elegí ninguno de esos tres.

Claro que yo tampoco soy escritora. Lo único que he publicado han sido libros de poemas. En gallego.

Como se me cataloga por eso? No sé.  En mis biobibliografías de los últimos años sólo aporto datos biográficos estúpidos como “es B+ para un japonés, Tigre para un chino”.

No sé, a veces siento que se me va la vida.

En fin, bicas